Nº 866
1/2/2010

 

Los 400 euros golpean de nuevo

Estos días escucho en las emisoras de radio la perplejidad indignada de pensionistas que, en su primera paga del año, esperaban una subida de su nómina, tal como se les prometió,  y que se encuentran con una disminución de la misma.

Acostumbrados como estaban nuestros jubilados a que la inflación les proporcionara una paga extraordinaria al iniciar el nuevo año, constatan que, debido a que los precios se moderaron con una miserable subida de un 0,8 por ciento, la cosa no da para la extra que les ayudaba a superar la cuesta de enero. Su poder adquisitivo, los ingresos en relación al coste de la vida, no ha disminuido por este hecho, pero la sensación generalizada es que se les ha birlado una mensualidad. Parte de la frustración se debe a lo que los economistas llaman “ilusión monetaria”, pero de ilusión también se vive.

Muchos pensionistas han sufrido un recorte más real atribuible a la disminución o supresión de la desgravación de los 400 euros y, en algunos casos, a la elevación de las retenciones de Hacienda. Como se sabe, de dicha desgravación sólo se beneficiarán ahora quienes perciban menos de 8.000 euros al año y se reduce progresivamente para los que ingresen entre 8.000 y 12.000 euros.

La desgravación de los 400 euros, lineal, igual para todos los contribuyentes, everybody, inesperado regalo electoral, fue recibida como maná caído de la Moncloa. El Gobierno aseguró que semejante rebaja lineal de impuestos, en idéntica cantidad para Botín y su jardinero, tendría carácter permanente. Al no cumplir el Gobierno con su promesa, el contribuyente, humano al fin, no agradeció el regalo mientras duró, sino que maldijo que le arrebataran lo que era suyo, pues lo prometido es deuda, Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita, etc. Los 400 euros se han convertido en un bumerán aunque esta vez el presidente haya tenido la consideración de someter el descuento fiscal a la debida gradación en razón de las rentas de cada cual, como debería haber hecho  cuando lo arbitró. Es lo que suele suceder cuando las cosas se hacen mal, cuando no se piensa lo que se hace.

Lo de los 400 euros, que detrajo del Tesoro Público 5.700 millones de euros, fue, más allá de la incidencia en el bolsillo de los contribuyentes, un formidable error que hay que unir al cheque bebé, también indiferente a la renta de los ciudadanos, calificada por uno de los ministros de "medida democristiana" y la supresión total del Impuesto sobre el Patrimonio, maldecida por los sindicatos, que hubieran preferido una sana correspondencia con la riqueza de cada cual. En total, el Estado dilapidó con tan extravagante trilogía unos 8.000 millones de euros que ahora, cuando el déficit público roza el 10 por ciento del PIB, trata de recuperar con una subida de impuestos que en su mayor parte procederá de todos los bolsillos por medio del IVA, y de los asalariados a través del IRPF.

Semejante impulso de generosidad electoralista fue mucho peor que un error, del que por cierto sólo Zapatero se hace responsable: fue una muestra de inconsecuencia política de un presidente socialista que copió la receta de George Bush. La afición se quedó de piedra cuando el presidente explicó su medida en el Congreso de los Diputados citando con nombre y apellidos, como fuente de autoridad, al diablo yanqui.

Desde entonces observé con cierta atención las intervenciones de los distintos parlamentarios socialistas y no escuché una sola voz que defendiera semejante parida. Consta que Pedro Solbes era contrario a la misma y que tanto Miguel Sebastián como David Taguas le dieron forma a regañadientes pero la idea hay que atribuírsela plenamente al presidente del Gobierno.  A cada cual, lo suyo, tal como manda un elemental principio de justicia.

Zapatero se encontró con que le sobraba dinero y, en extraña comunicón con la doctrina neoconservadora, decidió "devolvérselo a la sociedad". Como si el Estado fuera un logrero chupasangres y como si los recursos públicos no tuvieran otras aplicaciones más justas y eficientes; aquella medida ni siquiera sirvió para estimular el consumo pues, como era de esperar cuando ya se divisaba la crisis, el sensato ciudadano optó por el ahorro y no por el gasto. Parecería que el presidente era el único que no vislumbraba la tormenta.

La medida sirvió para poco cuando se introdujo pero ha cabreado al eliminarse. El Gobierno la justificó en que el Producto Interior Bruto crecía a la sazón al 3,8% y el superávit público había superado los 23.000 millones de euros en 2007. Sin embargo, Zapatero, no ignoraba los síntomas evidentes de la crisis de los que había sido informado puntual y hasta dramáticamente por su vicepresidente económico y por el director de su Oficina, además de por las advertencias unánimes de los gurús. Como es sabido, el presidente optó por conjurarla negando su existencia, e incurrió en lo que quizás pueda calificarse como su error capital.

José García Abad


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