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Nº 865 - 25 de enero de 2010

Javier Rebollo, director


"LA GLOBALIZACIÓN HA HECHO EL MUNDO

CADA VEZ MÁS PEQUEÑO"

La segunda película de Javier Rebollo, 'La mujer sin piano', retrata las 24 horas de un ama de casa que una noche decide escapar. El mismo día en que cuatro presidentes se reúnen en las Azores para no dejar escapar a un país encendido por el imperialismo norteamericano y en el que todavía hay muertos. El horror que la guerra en Iraq produce a Rebollo, le ha servido para relativizar sus personajes, insignificantes al lado de esa tragedia histórica.

Por Isabel Alcázar

Javier Rebollo nació en Madrid y comenzó haciendo documentales de gran formato para TVE entre 1996 y 2002. Rodó un ciclo de cortometrajes alrededor de un personaje que encarnaba la actriz Lola Dueñas, que también protagonizó su primer largometraje, Lo que sé de Lola, premiada con el Cipresci en el Festival de Cine de Londres, el Gran Premio del Festival de Cine de Marsella, el de Seúl, el de Mejor Ópera Prima en los festivales de Guadalajara (México) y Chicago y fue nominada al premio Goya a la Mejor Dirección Nobel, en 2006. Su segunda película La mujer sin piano, es cine de autor dentro del más diverso cine que se hace hoy en España y Rebollo lamenta que ese abanico no pueda tener el reconocimiento y el apoyo del público por el monopolio de algunas grades empresas audiovisuales.

—¿Qué pretendía contar en esta película de tanta melancolía y tristeza?
—Bueno, creo que La mujer sin piano es una película que se puede abordar por muchos lados: es dramática, es cómica, tiene un contenido político importante y es un melodrama y a mí me gusta que pueda ser muchas películas a la vez. A mí me encantan las mujeres con maleta, me vienen muchas películas a la cabeza de mujeres con una maleta paseando solas en la noche. Toda lapelícula es como de puntos suspensivos y eso provoca una ansiedad, que esos puntos suspensivos sean resueltos en algún momento y creo que lo están pero no de una manera directa. Cada espectador tiene que recomponerlos al acabar la película. Hoy las películas están muy explicadas y por eso se vuelven tontas. Esta película quiere hablar de otra manera con el espectador, no sé lo que pretendía pero si sé que yo no quería utilizar un método que está gastado, el que tiene que ver con la televisión, el teatro, con los videojuegos, que para mí eso no es cine. A mí me gustan las herramientas genuinas del cine, lo que pasa es que ahora hay demasiadas imágenes en el mundo moderno, demasiado ruido, información y películas como ésta quizás sorprenden aquí pero no en Francia, Taiwán o Tailandia. Espero que la gente responda a pesar de la dictadura del mercado y la censura encubierta que vivimos actualmente.

—¿También trata esta película sobre el tedio cotidiano en la sociedad del primer mundo en el que todo está resuelto, mientras el tercero se debate por sobrevivir?
—El tedio está mal visto, y creo que el aburrimiento puede ser un auténtico propósito literario y vital, como decía Josep Pla. Además, lo que mucha gente considera aburrido, para otros es distraído y sucede que la gente ya no sabe aburrirse y tiene que estar ocupada siempre. El mundo moderno nos obliga a no parar, a la alta velocidad, a la comida rápida, a los canales de televisión, etc. y eso nos ha llevado a vivir peor porque tenemos menos tiempo para todo. Mi película trata sobre eso, lo complicado que es hoy vivir en el mundo moderno y en el que las relaciones personales cada vez son más difíciles, la globalización ha hecho el mundo cada vez más pequeño, hay más nacionalismos y cada vez es más difícil relacionarse con el otro. Podría ser el revés. Esos nacionalismos baratos te dicen que todos somos iguales en una Europa sin fronteras y luego un pueblo de Albacete reivindica sus naranjas porque dice son las mejores del mundo. Somos más globales y a la vez más iguales y el mundo es más aburrido; antes cabía en un viaje, en un álbum de fotos, ahora hemos conocido a todos los hombres y amado a todas las mujeres del mundo, hemos viajado a todos los países y el mundo ha perdido misterio. Esta película trata también de los espacios, al uniformarse todos los sitios no tienen rastro de historia, han perdido lo que les dotaba de pasado, como dice el antropólogo francés Marc Augé,"hemos pasado de la modernidad a la sobremodernidad, de los lugares a los no lugares desprovistos de historia y hemos pasado de lo real a lo virtual", y mi película trata de esto, de lo ambiguo que se ha vuelto el mundo y de lo difícil que es darse al otro, comunicarse, porque somos más individualistas. La mujer de mi película se da a un desconocido en esos no lugares y yo he tratado de rescatar algunos que están a punto de desaparecer.

—Su primera película, Lo que sé de Lola, es más compleja y cara, ¿por qué en la segunda ha buscado la sencillez ?
—Para cambiar el paso y es muy saludable. Después de una película grande lo que toca es una pequeña, no como los directores vanidosos que entran en la dinámica de que después de la primera película hay que hacer otra más grande y la siguiente aún mayor. Yo creo que después de una película cara hay que hacer una más humilde para poder coger la siguiente de otra manera, como hacían John Ford y Truffaut. Además eso depende de lo que pase por tu cabeza.

—Cuando piensa en una historia, ¿ve antes las imágenes o las ideas que quiere desarrollar?
—Yo soy un director de imágenes y como decía Goethe, "el ojo es el órgano que me ayuda a comunicarme con el mundo". A mí son las imágenes las que me entran y las ideas, si llegan, llegan después. Lo que pasa es una forma que piensa y aunque tú no quieras, la forma está ahí y hay que pensar en quien la mira. Creo que es más saludable tener una forma que acaba encontrando a la idea y en esa tensión de la forma a la caza de las ideas y éstas a la caza de las formas, está mi cine. Ésta es una forma de trabajar. Por ejemplo, Ken Loach hace una película sobre los astilleros en huelga en el muelle de Bristol, que viene a demostrar su tesis sobre esa huelga, pero para mí eso es aburrido. No se cómo va resultar La mujer sin piano, que trata de una mujer que ha dejado de ser mujer para convertirse en esposa y deja de ser esposa para pasar a ser madre y luego, con el despotismo de los hijos de hoy, esas madres hacen de abuelas-esclavas; pero también trata de una historia de amor melodramática.

—Esta película, de las llamadas de autor, ¿a quién va dirigida?
—Va dirigida a ese tipo de mujeres que va a desaparecer y que representa el personaje de Carmen Machi, pero yo no hago cine pensando en el espectador, creo que hay que pensar en la película y confiar en que ella encuentre su público. A mí me gustaría encontrar espectadores para todos los gustos, el que busque el melodrama, el que quiera encontrar una película política, lo que pasa es que a causa de la televisión, Internet y la publicidad estamos haciendo espectadores perezosos a los que hay que lavarles los ojos y además, hay una asignatura pendiente en la escuela española que es la cultura y la educación. A diferencia de Francia, donde el cine, los libros y las artes forman parte de la primera enseñanza y viven la cultura de otro modo, en España nos tragamos todo el cine que llega de EE UU, porque en términos bélicos, eso es una invasión que estamos sufriendo todo el mundo y sobre todo nosotros, porque Francia sabe zafarse y Corea también. Pero aquí hay colaboracionistas que son determinados ex-h ibidores, distribuidores y productores que se asocian a las Mayors norteamericanas para sobrevivir y forman un monopolio dejándonos a los pequeños fuera y como las cosas van mal, han abierto el abanico a un cine mucho más comercial.

—¿Por qué la referencia política del día de las Azores en su película?
—Porque cada película hay que datarla y cada historia tiene su tiempo y su lugar. El día de las Azores no debe olvidarse porque todavía hay muertos en Iraq, un país encendido por el imperialismo norteamericano que hizo una guerra contra la ONU y muchas opiniones. Ese día estaban allí Aznar, Bush, Blair y el presidente de la CE, Barroso. Lo puse en mi película para que no se olvide, una imagen en la que Aznar estaba al lado de Barroso, le miró de arriba abajo y como no le gustó se puso junto a Bush. Esa imagen me produjo horror y me sirvió para relativizar mis personajes insignificantes al lado del peso de la Historia. •

 
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