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Nº 865 - 25 de enero de 2010

 

Cincuenta años de Albert Camus

Por Mauro Armiño

Entre los berenjenales en que le gusta meterse a Sarkozy, presidente de la República Francesa, los dos más recientes provocan risa: a él, francés de primera generación, hijo de huidos del antiguo telón de acero, le ha dado por plantear el problema de la identidad nacional francesa, con la emigración, desde luego, latiendo por debajo; el segundo problema es más tonto todavía: los franceses inauguraron a la muerte de Victor Hugo una cosa llamada Panteón de Hombres Ilustres donde unas veces ponen a unos y otras los sacan; a Sarko se le ha ocurrido la propuesta de entronizar en ese panteón a Albert Camus, ahora que se cumplen los cincuenta años de su muerte; no sólo ha topado con el rechazo de la izquierda, sino que Jean Camus, hijo del autor de El extranjero, se ha alzado (“un contrasentido” con la vida de su padre) contra esa recuperación y apropiación por parte de la derecha de alguien que no fue nada suyo por más que, en cierto modo, representó el papel de adversario de Jean-Paul Sartre en la disputa ideológica en torno al tema del comunismo como solución para una organización social menos injusta que la ofrecida por el capitalismo.

Menos mal que no hay panteón de hombres ilustres entre nosotros; a lo mejor no se ha suscitado el problema porque, dejando a un lado a Cervantes, Velázquez, Goya y tres o cuatro más de los que ya no me acuerdo, aquí no hay más ilustres que sus Ilustrísimas señorías, colmo de la ilustración. Si en Francia pasa lo que ha pasado a veces con varias calaveras de sus prohombres, imagínese lo que ocurriría en países de Caín y de Caínes. Al revolucionario Marat, nada más ser asesinado en su bañera por Charlotte Corday, lo llevaron al Panteón de Hombres Ilustres; al año siguiente, cuando las tornas revolucionarias cambiaron, lo sacaron de ahí y su cráneo terminó en la cloaca de Montparnasse.

En ese panteón están, además de los restos de Victor Hugo, los de Voltaire, Rousseau, Zola, entre otros, a los que hace poco sumaron los de Alexandre Dumas: es decir, entran hasta los autores de best-sellers que no es mucho lo que aportan a la grandeur de Francia, salvo películas de mosqueteros. Esa panteonización de Camus tiene, además, otra derivada: ¿y por qué no Sartre? ¡Ah!, es otro cantar, estaba demasiado escorado a una izquierda que fracasó. Sartre se divertiría mucho viendo entronizado a su amigo-adversario: ni siquiera para sí quería el constante medalleo y los premios argumentándolo con cierto sentido: “No creo que un hombre pueda transformarse en monumento nacional sin perder toda su fuerza y volverse un puro objeto de piedra, como el Louvre, o un almacén, también como el Louvre”.

Francia ha soportado de todo este mes de enero, al celebrar el cincuenta aniversario de la muerte de Camus, el 4 de enero de 1960: al lado de trabajos serios, un biopic televisivo se ha centrado en el cotilleo sobre las mujeres de su vida, de su esposa Francine, pero sobre todo en los amoríos de sus últimos diez años, cuando la actriz francesa de origen español María Casares predominaba, digámoslo así, en el corazón camusiano sin derecho a exclusivas. Pero, cotilleos aparte, Francia ha celebrado esos 50 años con una nuevas Obras completas en la Pléiade (2006-2008), donde se recupera en su totalidad la obra periodística, por ejemplo. Es ahí donde se aprecia, sobre todo, su enfrentamiento práctico con Sartre: Camus se afilió al Partido Comunista para escapar de él enseguida, mientras Sartre tragó con todo: con el estalinismo, al que defendió en un momento en que el debate en la izquierda francesa, si no europea, se centraba en asumir el estalinismo con sus crímenes y sus depuraciones. Y cuando Albert Camus se borró del Partido Comunista cayeron sobre él las acusaciones de individualista burgués y recalcitrante, y algunas otras cosas peores. Pero a mediados de los cuarenta Camus ya tenía claro lo que luego expondría en su discurso de recepción del premio Nobel en 1957: la nobleza “de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: el rechazo a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”.

Al servicio de los que sufren la Historia. A la larga, el triunfante Sartre ha ido a parar al olvido –pasa su travesía en el desierto–, mientras Camus, rechazado, acusado de filósofo aficionado, ha terminado más vivo que su amigo-adversario: como novelista, como autor dramático y también como ensayista en la parte, llamémosla metafísica, de El hombre rebelde y El mito de Sísifo. Pero no se trata de saber quién ha ganado, sino de comprender aquella época con sus intensos debates –entre nosotros, por ejemplo, no existen, sólo cree que entre batuecos puedan darse la bondad algo ingenua de Iñaki Gabilondo, o su infundada esperanza de que este país tenga arreglo– . Y la lucidez de Camus supera con mucho el gran error sartriano: “El escritor no puede ponerse al servicio de los que hacen la Historia. Está al servicio de los que la sufren”. Cuando aparece El hombre rebelde y Sartre replica en Les Temps modernes en tono más que furibundo, Camus ya ha puesto las bases de su pensamiento; después de hacer el inventario de las revoluciones de la historia, niega y rechaza su ebriedad, las prácticas estalinianas, la manía del progresismo desbocado hacia un futuro desconocido. Con contradicciones, como puede verse en Los justos (1948), donde acepta al terrorista kamikaze, al terrorista que se inmola, el problema que Camus no aborda es qué pasa con los que esa inmolación mata.

Camus estuvo comprometido –vieja palabra también de la época– con las causas perdidas: contra el franquismo, su apoyo a la huelga general de Barcelona, a los militantes anarquistas condenados a muerte por el dictador, a la revolución en Asturias, por sólo hablar de asuntos referidos a España: adhesiones, textos de ayuda, tracs que ahora se recogen en las citadas Obras completas. Pero no es el compromiso, sino la visión que en 1957 expresa en su discurso del Nobel, lo que todavía está vivo, más si cabe, ahora: “Cada generación, sin duda, se cree llamada a rehacer el mundo. La mía sabe sin embargo que no lo rehará. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida donde se mezclan las revoluciones fallidas, la técnica que ha enloquecido, los dioses muertos y las ideologías extenuadas, donde mediocres poderes pueden hoy destruirnos pero no saben convencernos…” ¿De qué está hablando sino de hoy? Pero un hoy mucho más deteriorado a escala planetaria, con un futuro ecológico más que dudoso en un plazo tan corto que en sus peores pesadillas Camus no hubiera podido soñarlo, con estados de guerra permanente, con terrorismos que tienen el peor de sus orígenes, el religioso, con religiones fanáticas que atacan la evolución histórica del ser humano y añoran viejas inquisiciones que dicten la ley…

Esa duda, esa sospecha constante sobre el futuro nos acerca más a Camus que la contundencia con que Sartre determinó que había que reproducir las viejas revoluciones pasando por encima de todos los cadáveres; el viejo Sartre, subido sobre un bidón en mayo del 68, arengando a los obreros, se había convertido ya en un visionario dueño de todas las certezas; ahora sabemos que la incertidumbre camusiana, y el convivir con ella, ha sido más acertada, aunque más penosa; exige buscar la libertad por encima de dogmas, entre la duda y la certeza de no llegar a ninguna parte.

Leer a Camus. Por suerte, caso raro, la obra de Albert Camus está bien editada en España: en 1996 se publicó en cinco volúmenes de Alianza Tres lo más representativo de la obra camusiana, controlada por José María Guelbenzu, y sus títulos, hasta trece, siguen vivos en la Biblioteca Camus (Alianza): Calígula, El hombre rebelde, El mito de Sísifo, Estado de sitio, El Extranjero, La caída, Los justos, la adaptación de Los posesos, etc. Libros de uno de los clásicos más indiscutibles del siglo XX que merece mucho más la pena leer o releer que lo consuetudinario con que nos regalan las editoriales y nuestra propia mediocridad. Al año siguiente se publicó la voluminosa biografía de Camus por Olivier Todd (Tusquets) que me tocó traducir; no sé si está agotada. No ha sido tanta su suerte en teatro: el gran Tamayo volvió a montar el Calígula censurado que había estrenado durante el franquismo sin reponer las frases y réplicas censuradas; y mi condiscípulo de banco de instituto en San Sebastián, Eloy de la Iglesia, ya desaparecido, hizo una versión televisiva de esa misma obra para TVE, sobre la que es mejor correr un tupido velo y pedir a los dioses que no se le ocurra a la televisión pública reponerla. Pero, de vez en cuando, pequeñas compañías de provincias reponen sus textos a la chita callando; nadie da voz a los pequeños grupos de amantes del teatro: en estos días iniciales de febrero, la compañía Contramundum estrena Los justos –si me he enterado es porque utilizan mi traducción de esa obra– por la Comunidad de Madrid. Ya que no con compañías oficiales, tres o cuatro títulos de Camus siguen subiendo a las tablas; el telón ha caído hace ya mucho, tanto en Francia como entre nosotros, sobre el teatro de Sartre.

 
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