5 1
Números anteriores
Buscador
Nº 865
25/1/2010

Baile agarrado: Ucrania, Rusia y Occidente

EI conflicto energético surgido en enero de 2009 sirvió para poner de manifiesto, con la gravedad de un invierno muy crudo, la obligada naturaleza triangular en la relación de Ucrania, Rusia y Occidente, cuya calidad, o ausencia de ella, afecta a todas las partes y al mismo tiempo. Por diferencias en los precios del gas Rusia cortó sus suministros a Ucrania y ésta hizo lo propio con Occidente, hasta que mediante frenéticas presiones ambos países alcanzaron un acuerdo el 18 de enero. El conflicto evidenció que a Rusia le importaban menos los precios que el deterioro en la posición del entonces presidente de Ucrania, pro occidental, Viktor Yushenko, y, de paso, que las malas relaciones entre Ucrania y Rusia van en contra de Occidente por la razón energética y otras razones, también por promover reacciones autoritarias y nacionalistas. La guerra de Georgia, verano de 2008, intensificó tales amenazas y contribuyó a convencer por las malas que con Ucrania y otros países de la periferia rusa el entendimiento y el compromiso, la confianza, se relacionan de manera directa y generan buenos resultados sólo si Rusia acompaña y los comparte.

A los 18 años de su independencia y pocos años después de la llamada Revolución Naranja de diciembre de 2004, Ucrania no es un Estado fracasado pero sí muy débil por sus notorias divisiones regionales y culturales, el profundo faccionalismo de la élite del poder, la elevada precariedad institucional y la sustancial corrupción; todo ello en una época de elecciones generales se ha sometido de nuevo a un implacable análisis, acarreado además por el profundo impacto que en Ucrania ha tenido la crisis económica mundial, perjudicando seriamente sus exportaciones de acero y productos químicos y acentuando su alta dependencia energética. No es excluible que el país atraviese una repetida fase de elevada inestabilidad política y social, similar a la de los primeros años de la independencia, y que se vea obligado a abordar otra vez esa transición política desde el sistema comunista nunca completada con la Revolución Naranja, pese a las grandes esperanzas que suscitó; lo que ocurre es que el nuevo intento se llevaría a cabo frente a una Rusia en la actualidad más firme y decidida, más segura de sí misma, con nostalgias imperiales y tentaciones intervencionistas, la de Putin y no la de Yeltsin.

Si la eventual integración de Ucrania en la Unión Europea y la Alianza Atlántica genera en Rusia movimientos de inquietud, este país dispondrá de medios más que suficientes para molestar a su vecino, no sólo en el plano de la energía. Pero, a diferencia de otras élites poscomunistas en países europeos de la antigua área soviética, las élites ucranianas no han recibido claros mensajes occidentales de atracción e invitación; quizás no han parecido convenientes tales mensajes porque Ucrania es un país grande y poblado, porque pertenece al mundo de los más delicados sentimientos rusos y porque, finalmente, la mitad de Ucrania mira hacia hacia Kiev y Bruselas, pero la otra mitad hacia Moscú. En el peor de los casos es probable que Rusia decida aprovecharse de la debilidad y la ingratitud de los ucranianos, y de lo que pueda considerar como imprudencia y atrevimiento en los mensajes occidentales hacia lo que fue la joya del Imperio Ruso y de la Unión Soviética. En Rusia no ha desaparecido el resentimiento hacia una Ucrania que al independizarse precipitó la desintegración de la Unión Soviética, y que con la Revolución Naranja desafió el modelo autoritario de Vladimir Putin, al sugerir que la democracia poscomunista era viable en un país también eslavo que además había sido fuertemente sovietizado.

En conflicto del gas entre Rusia y Ucrania puede repetirse en cualquier momento. También pueden surgir otros. En la cuestión energética, pero asimismo en los derechos de la minoría rusa y en el control de Crimea, Rusia puede activar a voluntad la presión sobre Ucrania. Puede defender los derechos de los rusos en Crimea y amenazar su vinculación a Ucrania, perjudicarla a base de aumentar los precios del gas que le exporta o los aranceles sobre los productos de la exportación ucraniana; también puede impulsar las tendencias secesionistas en la parte oriental del país, mayoritariamente de religión cristiana ortodoxa y de lengua rusa. Todo ello si Occidente, y por supuesto Ucrania, no consiguen mantener una relación triangular de compromiso y entendimiento con Moscú, y unos y otros políticos tensan la cuerda más de lo que los intereses rusos permiten. Tal es el panorama de riesgo que se renueva en Ucrania tras sus elecciones presidenciales del 17 de enero, y el que condiciona la proyección de Occidente. El fortalecimiento del país, su estabilidad y la calidad de sus relaciones con Occidente, es un todo que se relaciona de manera muy directa con lo que corresponde a Rusia. Para Occidente es complicado favorecer a un país a costa del otro, o sin favorecerle también.•

Números anteriores
Buscador