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Internacional
Nº 865
25/1/2010
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El centroizquierda pierde sus primeras elecciones tras dos décadas de gobierno

CHILE: 20 AÑOS NO ES NADA

El ajustado pero claro triunfo del millonario Sebastián Piñera en las elecciones presidenciales chilenas marca el fin de un ciclo que se arrastraba desde la oposición a Pinochet durante los años 80. Ahora la coalición de gobierno saliente deberá replantearse como oposición tras dos décadas ininterrumpidas en el poder. El principal desafío de Piñera será cumplir sus promesas de campaña sin desmantelar el paraguas social que la Concertación deja tras de sí. También deberá resolver su doble militancia de empresario y político.

Por Felipe Ramírez (Buenos Aires)

La coalición de Gobierno más exitosa de la historia de Chile". Ésta es la forma como se defiende en estos días –tanto quienes forman parte como sus simpatizantes– a la chilena Concertación de Partidos por la Democracia, la alianza partidaria que gobernó Chile de forma ininterrumpida desde 1990, tras el fin de la dictadura de Augusto Pinochet. Aunque las recriminaciones están a la orden del día, sobre todo por la dificultad de responder a la pregunta de cómo es posible que el Gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, con una popularidad superior al 70 por ciento, no haya podido traspasar tamaño apoyo al candidato que encarnaba la continuidad de su mandato.

Se puede hablar de la gran campaña de su rival, el millonario Sebastián Piñera, de cuánto invirtió y de la forma en cómo encaró la contienda electoral. Pero más que un triunfo de la derecha, ésta es en el fondo una derrota de la Concertación. Finalmente, fueron los errores y falta de renovación interna de la coalición los principales aliados del actual presidente electo. El más grave fue la nominación de su candidato, el senador y ex presidente (1994-2000) Eduardo Frei Ruiz-Tagle. El proceso de selección se vio ensuciado por la falta de unas primarias abiertas entre todos los miembros de la coalición que quisieranpresentarse (el ex presidente Ricardo Lagos, de gran apoyo popular, no accedió a competir porque él sólo aceptaba presentarse si era ungido por aclamación). El Partido Socialista nombró como su candidato al democristiano Frei sin consultar a las bases, que querían llevar a un hombre propio. Derrotar luego al candidato del Partido Radical, el más pequeño de los cuatro que conforman el conglomerado, fue un juego de niños, y dentro de las filas del socialismo muchos mordieron el polvo de la rabia.

Es así como se explica la emergencia del joven Marco Enríquez-Ominami. Fue la gran vedette durante la campaña, y al final obtuvo un 20,13 por ciento de los votos en la primera vuelta del 13 de diciembre, una base de apoyo estuvo compuesta por desencantados de la coalición gobernante. Aunque el joven diputado salido de las filas del Partido Socialista anunció que votaría por Frei pocos días antes de la definición, dejó en libertad de acción a sus seguidores. En la segunda vuelta del 17 de enero, Frei obtuvo un 13 por ciento extra proveniente de los votos de Enríquez-Ominami, mientras que Piñera se quedó con un 7 por ciento, muestra clara de que el descontento con el candidato oficialista era insoslayable.

El histórico triunfo de Piñera es el primero que la derecha chilena obtiene desde las Presidenciales de 1958, cuando fue electo Jorge Alessandri (1958-1964). Y aunque nofue demasiado holgado (51,61 por ciento de Piñera contra 48,39 por ciento de Frei), es un carpetazo sobre la mesa de la sociedad chilena. Tras 20 años de gobierno de la Concertación, la administración de Michelle Bachelet se apura para gestionar de la mejor forma el traspaso de la administración a la gente de Piñera. No se trata sólo de definir los cargos principales, que cambian a cada Gobierno, sino de abrir las ventanas y sacudir todo el manejo del aparato estatal, de los mandos medios y menores de las distintas reparticiones públicas que se distribuyen de norte a sur del país.

La gente de Piñera ya anunció que no renovará contratos a quienes estuvieran en un cargo gracias a amistades políticas, lo que necesitará de mucho aceite para que la rueda del aparato estatal funcione sin hacer demasiados chirridos.

Desafíos. A partir del 11 de marzo, los principales retos de Piñera pasarán por cumplir sus promesas de campaña sin desmantelar el aún débil sistema de protección social armado principalmente por Bachelet y su predecesor, Ricardo Lagos. La principal de ellas es la creación de "un millón de nuevos buenos empleos". La pregunta es cómo se puede hacer esto rápidamente sin caer en la tentación de precarizar el trabajo. Al día siguiente de la elección, las cámaras empresariales no tardaron en salir a pedir modificaciones en la legislación laboral fortalecida por el actual senador electo, Osvaldo Andrade, ministro de Bachelet en esa cartera. La canción es conocida: mayor flexibilidad; bajar el salario mínimo, actualmente en 165.000 pesos (poco más de 230 euros, con el costo de vida más alto de la región); bajar las indemnizaciones por despido; quitar poder de negociación a las organizaciones sindicales.

Otro problema que de seguro enfrentará el presidente electo será llevar adelante su prometida "modernización" de Codelco, la mayor productora de cobre del mundo y principal caja del Estado chileno. El pueblo chileno es muy quisquilloso respecto de una posible privatización de la que consideran "su" empresa, una de las dos (la otra es la petrolera Enap) que pasó sin sobresaltos el vaciamiento del Estado chileno llevado a cabo por Pinochet y su gente durante los años 80. Aunque sin especificar, Piñera ya anunció que habría "cambios", poniendo en alerta a sus trabajadores.

Durante la campaña, la Concertación centró sus críticas a Piñera en dos ejes: los vínculos del actual presidente electo con ex funcionarios de la dictadura y defensores de Pinochet, y la doble militancia de Piñera, como político y financista. Su fortuna, superior a los 1.200 millones de dólares (unos 850 millones de euros), lo hacen uno de los hombres más ricos de la región, levantando cuestionamientos sobre cómo podrá desprenderse de sus negocios sin que esto intervenga en la administración estatal (o cómo administrar el Estado sin pensar en el dinero). Entre varias inversiones, Piñera es dueño de un canal de televisión y de Colo-Colo, el club de fútbol más popular del país (aunque él es hincha de uno de sus principales rivales), lo que le ha hecho acreedor del mote de el Berlusconi chileno; y también posee algunas de las extensiones privadas de terreno más grandes de Chile en el sur del país, gran reserva de los recursos hídricos del mundo. Sin embargo, su buque insignia es la ex aerolínea estatal Lan Airlines, que se ha convertido en la principal flota de la región, evaluada en más de 4.000 millones de dólares (más de 2.800 millones de euros). Durante el último debate presidencial Piñera prometió desprenderse de su paquete del 19,03 por ciento de la propiedad de la firma antes de asumir el 11 de marzo. Después de las elecciones, entre lunes y miércoles, el volumen de transacciones de la sociedad a través de la cual controla dicho paquete fue mayor que todo lo transado durante 2009. Un alza del 21,43 por ciento el martes obligó al organismo regulador a suspender su operación. Al día siguiente tuvo que hacer lo mismo cuando los papeles se cotizaban un 52,94 por ciento al alza.

Sobre sus relaciones con la dictadura, flaco favor le hizo el presidente del Senado y aliado, Jovino Novoa, al decir que el Estado debería "revisar" los procesos contra militares acusados de violaciones a los derechos humanos durante la época de Pinochet. Piñera ha tratado de desprenderse lo más posible del autoritarismo de la derecha chilena, pero al parecer sus aliados no podrán contenerse.

Aunque en el frente interno los cambios no deberían ser demasiado drásticos, en el concierto regional la elección de Piñera podría modificar el actual equilibrio de fuerzas entre los distintos países. Desde ya se espera un efecto contagio hacia Argentina. Los medios argentinos, fuertemente enfrentados con el Gobierno, han saludado con ganas la elección chilena, destacando la tranquilidad del proceso y, sobre todo, "la necesidad de que exista alternancia en el poder". La presidenta Cristina Fernández saludó con tibieza, dos días después de la elección, a Piñera; y Evo Morales no ve con buenos ojos la dureza con que el presidente electo se ha referido a la posibilidad de dar a Bolivia una salida al mar, negociaciones que, aunque lentas, han avanzado durante la administración de Bachelet. Así, tal vez la mayor beneficiada con el triunfo de Piñera en la región sea la retórica del presidente venezolano Hugo Chávez, quien tendrá razones para hablar de una derechización de la región y de la necesidad de enfrentar este proceso. Hasta ahora la sintonía entre Santiago y Caracas no ha sido mala, pero está muy lejos de los lazos que el bolivariano mantiene con La Paz, Buenos Aires o Quito.

Para enfrentar estos fantasmas, Bachelet ya invitó a Piñera para que la acompañe en su última reunión con el Grupo de Río, que se llevará a cabo en México en febrero próximo. Con la intención de no afectar las relaciones internacionales de Chile –que asumirá la secretaría pro témpore del grupo–, la mandataria buscará presentar en sociedad a Piñera. Será su debut y una buena oportunidad de ver cómo se conducirá con sus vecinos de cara a los próximos cuatro años. •

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