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Nº 865 - 25 de enero de 2010
En torno a la tragedia haitiana

por Santiago Carrillo

La trágica catástrofe de Haití ha venido a iluminar una situación que debería convertirse en el punto de partida de una serie de reflexiones sobre la marcha de este mundo tan globalizado como disparatadamente desigual. Porque Haitís hay bastante más de uno en nuestro planeta, donde se desconocen los más indispensables avances de la civilización moderna y la mayoría de la gente vive como se vivía hace cientos de años: muriéndose de hambre, en viviendas primitivas y míseras, sin protección alguna de la salud, sin escuelas, sin técnicas modernas cuya inexistencia anula toda posibilidad de defenderse de las catástrofes naturales. En Haití, la vida era ya una lucha dramática contra el atraco, la miseria, la incapacidad y la corrupción de las élites gobernantes antes del terremoto. Ahora se dan cifras alucinantes de muertos y heridos. Ciudades como Puerto Príncipe, totalmente destruidas. La respuesta mundial es un amplio movimiento de solidaridad. Pero incluso la llegada de esa ayuda a los supervivientes encuentra dificultades por las malas redes de comunicaciones agravadas con el seísmo.

Hoy es un deber volcarse en la ayuda a Haití. Todo lo que vaya para allí será poco. Pero lo grave es que no se aprovecha esta terrible experiencia para pensar en serio por dónde marcha esto que llamamos la globalización, que en vez de orientarse hacia una mayor igualdad en las condiciones de vida del conjunto de países que coexisten en la Tierra, aumenta día tras día la desigualdad que los separa.

¿Acaso no hay razones suficientes para plantearse la exigencia de un nuevo tipo de globalización, de una profunda reorientación de la política y la economía mundial? Y cuando hablo de orientación me refiero a que la humanidad, a estas alturas, posee recursos suficientes para llevar a todos los rincones lo necesario para superar las condiciones de vida de los pueblos que hoy se debaten en el subdesarrollo, de los varios Haitís que hoy viven con la esperanza de emigrar al mundo desarrollado o de luchar contra la opulencia de este último. El foso que separa a unos de otros países hoy puede tener la forma de un conflicto nacional-religioso, pero lo que alimenta este conflicto es la tremenda desigualdad entre pueblos ricos y pueblos pobres, desigualdad que los modernos medios de comunicación han dado a conocer incluso en los rincones más atrasados.

Mientras no se afronte esa reorientación, por más barreras que se levanten en lo que hoy se denomina Occidente, seguirán llegando en masa los inmigrantes. Y lo que es peor, el terrorismo seguirá aumentando, y pensar que al terrorismo se le vence con invasiones, ocupaciones militares y bombardeos con modernos misiles y aviones que destruyen vidas humanas indiscriminadamente, es una quimera. Con esa política hay el peligro real de que el terrorismo aumente exponencialmente y la amenaza de guerra sea cada vez mayor. Si una parte de lo que hoy se gasta en armamento y grandes ejércitos se invirtiera en ayudar al desarrollo de los países pobres, resolveríamos muchos de los problemas que hoy tenemos.

Para ello hace falta una revolución en las mentes de los que gobiernan el mundo en la ideología dominante en los países desarrollados. Hace falta un enfoque más racional, más humano, en la política y en la economía de los países más desarrollados, basada en el interés general, colectivo de los habitantes del planeta y no en el interés individual de una minoría de banqueros y grandes empresarios en cuyo beneficio funciona el actual tipo de globalización.

Una parte del alejamiento que se está dando hoy entre políticos y ciudadanos en los países de Occidente reside en que estos últimos intuyen que estamos en una encrucijada histórica ante la que los primeros no están dando la talla. Y esto es muy peligroso, ya que es urgente salir de la rutina, de los senderos trillados de un sistema capitalista envejecido, obsoleto. Hacen falta mentes innovadoras. Eso es lo que reclaman en el fondo los que se quejan de la falta de grandes líderes. Aunque lo que falta, sobre todo, son los grandes partidos, organizaciones sociales, movimientos populares que encarnen ese giro hacia el cambio y medios de comunicación que participen en ese impulso. •

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