Nº 865
25/1/2010

 

Haití, Voltaire y monseñor Munilla

El 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, un terremoto de intensidad 9 en la escala de Ritcher destruyó la ciudad de Lisboa y provocó miles de víctimas en la capital portuguesa y en el sudoeste de la Península Ibérica.

Aquel desastre conmovió al mundo y generó un formidable seísmo filosófico, económico, político y religioso. La mejor referencia de aquella formidable sacudida de las conciencias la representa el filosofo francés François Marie Arouet, más conocido como Voltaire, contemporáneo del suceso. Este personaje, que ejercía una enorme influencia en la Europa dieciochesca, dedicó un hermoso poema al acontecimiento y un delicioso cuento: Cándido. En esta sarcástica narración aparece un tal  Panglóss, con el que Voltaire ridiculiza a Leibniz, filósofo muerto unas décadas antes del terremoto, que inspiró la filosofía predominante en la época de que se vivía en el mejor de los mundos posibles. 

Lo acontecido en Lisboa dividió a Europa en dos grandes partidos: el de la Iglesia, que lo interpretó como un castigo a los pecados portugueses, y el de quienes se volvieron indignados contra un Dios capaz de semejante fechoría.

Han pasado dos siglos y medio y, si hay que creer al obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, la Iglesia mantiene su vieja tesis de que desastres como el de Haití son menos importantes que la descristianización de la sociedad moderna. El otro partido, el de los indignados con Dios, también tiene hoy sus adeptos. Sin embargo, el predominante, al menos en el occidente laico, en el que caben creyentes, ateos y agnósticos, es el que sostiene que hay que liberar a Dios de semejantes responsabilidades, jubilándole, y agradeciéndole los servicios prestados.

El terremoto de Haití, registrado el 12 de enero con una magnitud de grado 7 en la escala de Ritcher, parece más obra del Diablo que del buen Dios. Sólo al Demonio se le puede ocurrir castigar a uno de los países más castigados del mundo, a una nación de miseria y analfabetismo, atrapada por la superstición, sin apenas Estado y con nula capacidad para afrontar tamaña desgracia.

Pero los ciudadanos se han hecho mayores a lo largo de los dos siglos y medio transcurridos. Ahora, una parte de la humanidad, la más próspera del globo, ha consagrado uno de sus mayores logros: la separación del trono y el altar. El terremoto de Haití es producto de causas naturales todavía imprevisibles y mucho menos evitables por la ciencia;  pero la responsabilidad de evitar males mayores es cosa nuestra, de la Humanidad, y exige solidaridad y buena organización.

Cuando el terremoto de Lisboa, la comunidad internacional no podía hacer más que llorar. El que ha destruido Haití es tan doloroso como aquél pero, más allá de la tragedia indescriptible, puede representar un avance en los protocolos de respuesta a las catástrofes y en el Derecho Internacional. Desde esta última perspectiva habrá que perfeccionar el principio de intervención humanitaria, sin necesidad de pedir permiso a los gobiernos que, por maldad o debilidad, no estén en condiciones de proteger a sus ciudadanos.

La llegada de los marines USA, la toma del aeropuerto, su instalación en los jardines de lo que fuera el palacio presidencial, devenido en una escultura de escombros, refleja los cambios a los que asistimos. Se ha demostrado que, ante desastres semejantes, la ONU se muestra como un monstruo burocrático impotente. La organización internacional, que, con todas sus deficiencias, es lo mejor que han conseguido las naciones, ha sido sustituida, sin protesta alguna por parte de la institución, por el país más potente de la tierra.

En estas circunstancias me parecen infundadas las críticas formuladas contra Estados Unidos de exceso de protagonismo o de imperialismo, procedentes en su mayoría de Francia, la patria del chovinismo. Barack Obama ha actuado comme il faut, asumiendo su responsabilidad de primera potencia y adelantándose a los órganos ad hoc de la comunidad internacional, que para todos habrá tiempo.

En aquellos tiempos de mediados del siglo XVIII en que la tierra sepultó a la capital lusa, cuando las luces de la Ilustración preconizaban la Revolución Francesa, Portugal tuvo la suerte de tener al frente del Gobierno a un tecnócrata inteligente que limitó los flecos de la catástrofe, especialmente el de las epidemias. La frase que pronunció entonces este hombre preclaro, Sebastião de Melo, que posteriormente recibiría el título de marqués de Pombal, siguen teniendo hoy alguna vigencia: "Que qué hay que hacer, pues muy sencillo: “Cuidar de los vivos y enterrar a los muertos”. O sea, menos lamentaciones y ponerse a trabajar con celo y ordenadamente. Y lo hizo desplegando al ejército en la ciudad, enterrando a los muertos o lanzándolos al mar y ahorcando a una treintena de saqueadores.

Y si alguien quiere rezar que lo haga, monseñor Munilla

José García Abad


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