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| Nº 864 - 18 de enero de 2010 |
Profecía de la Gran Guerra
Por José María Ridao Cada tragedia tiene su profecía, pero las víctimas sólo la escuchan cuando ya nada tiene remedio. Eso es al menos lo que da a entender el historiador Michael Howard al evocar a Ivan Stanilavovich Bloch, un banquero y escritor en horas libres polaco que en 1899 publicó La guerra futura, tal vez el más certero y clarividente análisis de cuanto habría de suceder a partir del verano de 1914, cuando el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo precipitó al mundo en la catástrofe. A diferencia de los utopistas, que primero conciben sus ensoñaciones y luego buscan algún fundamento retrospectivo, Bloch se propuso escribir sobre el futuro a partir de la estricta experiencia del pasado. En concreto, de la fulgurante victoria de Prusia sobre Francia en 1870 y el posterior desarrollo de la tecnología militar. “Bloch calculaba –escribe Michael Howard– que en las guerras libradas con semejantes armas [ametralladoras, fusiles, cañones de largo alcance] sería imposible la ofensiva”. Y continúa Howard: “Las batallas degenerarían rápidamente en sangrientos puntos muertos. El coste para mantener estos enormes ejércitos en el campo sería prohibitivo. Las economías de las potencias beligerantes tendrían que estirarse tanto que las consiguientes penurias impuestas a la población civil conducirían de manera indefectible y en todas partes a las revoluciones que las clases dominantes de toda Europa empezaban a temer”. Bloch se convirtió en un autor leído por el gran público y, al mismo tiempo, despreciado por los estados mayores de los principales ejércitos europeos, incluso cuando fue propuesto para el premio Nobel en 1901, justo un año antes de su muerte. Los militares de carrera le reprochaban los cálculos matemáticos erróneos en los que se apoyaban sus teorías. No creían que las operaciones relámpago fueran imposibles porque, según sostenía Bloch, cien hombres en una trinchera pudieran aniquilar una fuerza atacante cuatro veces superior que intentase atravesar una zona de fuego de 300 yardas. Ni tampoco que, a partir de esta forzada inmovilidad de los ejércitos, los factores económicos en la retaguardia estuvieran llamados a decidir la victoria o la derrota más que la estrategia sobre el terreno. Paradójicamente, Bloch tuvo razón en lo que, según los militares de carrera, se equivocaba y erró, en cambio, en lo que resultó ser cierto. Como demostraron fehacientemente las inútiles carnicerías del Somme, el Marne o Verdún, las principales operaciones relámpago de la Primera Guerra Mundial degeneraron en “sangrientos puntos muertos” que sólo acabaron resolviéndose por las penurias de la retaguardia, precisamente porque las tropas atrincheradas tenían, según el pronóstico de La guerra futura, una aplastante ventaja sobre las que se lanzaban al asalto y nada podía decidirse sobre el terreno. Pero como puso de manifiesto el estallido mismo del conflicto, Bloch se equivocó al considerar que, conscientes de estas limitaciones, las grandes potencias no se dejarían arrastrar a una “gran guerra” condenada a “convertirse en un suicidio”. Entre la paz y el suicidio, sin embargo, no lo dudaron: eligieron el suicidio, desencadenando una espiral bélica tan inconsciente como imparable que, fijando el epicentro en Sarajevo, acabaría involucrando a reclutas de treinta y dos países distintos en los cinco continentes. La primera impresión al atravesar casi un siglo después el puente frente al que Gavrilo Princip asesinó al Archiduque Francisco Fernando es la de la indiferencia del paisaje: si una escueta placa no diera cuenta del hecho, nada permitiría deducir que en ese lugar, en ese punto exacto junto a un apacible río de aguas transparentes, se puso en marcha la siniestra maquinaria que dejaría dieciocho millones de cadáveres en campos y ciudades en un radio tan extenso como el de la tierra. Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, acusándola de estar detrás del magnicidio. Rusia se colocó entonces al lado de Serbia y, de inmediato, Alemania corrió en socorro de Austria-Hungría, lo que, a su vez, precipitó la participación de Francia al lado de Rusia. A los pocos días del atentado, la profecía de Bloch quedó sepultada bajo la patriótica algarabía de la movilización general y el mundo se dispuso a librar una guerra que los Gobiernos imaginaban corta, los pacifistas, inconcebible y la opinión pública, por su parte, como un espectáculo inesperado al que, sin embargo, tal vez valiera la pena asistir. “No veía en la guerra ni una carrera ni un ideal –escribe a este respecto Gabriel Chevalier, un joven francés que recogería su experiencia como soldado en una estremecedora novela, El miedo–, sino un espectáculo del mismo orden que un rally de coches, una semana de la aviación o una competición de atletismo en un estadio”. Nada tenía de extraño, pues, que experimentase el “deseo de ir a un campo de batalla, de conocer, por fin, lo que pasaba allí”. Al otro lado del Atlántico, la impresión más extendida parecía coincidir con la de Chevalier: “Había una guerra. ¿Cómo era una guerra? –escribe John dos Passos en un prólogo de 1968 a Iniciación de un hombre: 1917, su primera novela–. Queríamos comprobarlo con nuestros propios ojos”. Puesto que Estados Unidos no había entrado todavía en conflicto con las potencias centrales, Dos Passos tuvo que alistarse en los servicios voluntarios de la Cruz Roja como conductor de ambulancias, una actividad que, por otra parte, se acomodaba mejor con el credo pacifista que defendía. “Respetaba a los objetores de conciencia –continúa el prólogo de 1968– y, en ocasiones, pensé que debía tomar ese mismo partido, pero, ¡qué diablos!, no quería perderme el espectáculo”. La correspondencia de sus primeros tiempos en el frente, antes de que los servicios voluntarios de la Cruz Roja fueran transferidos a la sección norteamericana de la organización y, después, al servicio sanitario del Ejército, da cuenta de que Dos Passos, al igual que tantos otros jóvenes movilizados, sigue pensando que está ante una experiencia excitante: “Francia en guerra –le confiesa en una carta a un amigo llamado Arthur– resulta mucho más agradable que América en tiempo de paz”. Y todavía en 1968 ésa será la impresión que el autor de Manhattan Transfer conserve de aquellos momentos recién llegado a Europa: “Debo reconocer que gocé enormemente con el viaje y la aventura después de cuatro insípidos años de estudios universitarios”. La opinión de Dos Passos –lo mismo que la de Chevalier y la de la opinión pública de todo el mundo– no tardará en transformarse, a medida que vaya descubriendo que la guerra no es sólo un mal abstracto aunque digno de ser contemplado en primera persona, sino un suplicio cotidiano para centenares de miles de individuos sobre los que ronda una muerte atroz, despedazados por una bomba o envenenados con gas tóxico. La curiosidad por “la página en blanco” con la que los reclutas llegan a los frentes se convierte, primero, en incomprensión, en extrañeza: Tom Randolph, uno de los personajes de Iniciación de un hombre no acaba de entender la “maldita estupidez” de que, estando sin duda tan cansados como lo están él y sus compañeros, los artilleros enemigos sigan disparando de madrugada en lugar de retirarse a dormir. Pero, a continuación, la incomprensión, la extrañeza se transforma, a su vez, en una clarividencia de la que sólo pueden participar quienes malviven entre el fango. En una pausa entre combates, el médico de la compañía avanza cautelosamente la idea de que “en nuestra mente como en todo lo demás, estamos mucho más cerca de los alemanes que de otros seres”, observando con aprensión la reacción a sus palabras. Pero Martin Howe, el recluta que está junto a él, va incluso más lejos: “¿Se refiere a que los soldados, en las trincheras, sea cual sea el lado al que pertenecen, están más apartados de sus hogares que unos de otros?” Y al comprobar que el médico asiente, Martin estalla, “indefenso”, según lo describe Dos Passos, “ante el torrente de su encendida sublevación”: “¡Dios mío, qué absurdo es todo esto! ¿Por qué no podemos acercarnos y hablar con ellos? Nadie lucha por nada…” Ivan Stanilavovich Bloch había advertido que la guerra sería un suicidio para las potencias que se arrojasen a ella, y ésa es exactamente la conclusión a la que llega Dos Passos en Iniciación de un hombre: 1917. Sentado entre sus camaradas, el personaje Martin Howe resume el estado de ánimo de los jóvenes cuya curiosidad condujo hasta los frentes: “Nadie de nosotros cree ahora que la guerra sea justa ni útil ni nada”. Y concluye: “Es sólo un método terrible para el mutuo suicidio”. El puente junto al que Gavrilo Princip asesinó al Archiduque Francisco Fernando, poniendo en marcha la siniestra maquinaria que arrastraría a millones de jóvenes como Dos Passos, no está lejos de la Biblioteca de Sarajevo, incendiada durante el asedio serbio conducido por Radovan Karadzic casi un siglo después. Cómo saber si uno de los libros calcinados no fue La guerra futura, los seis volúmenes en los que Bloch tuvo razón en lo que se equivocaba y erró en lo que resultó ser cierto. Como cada tragedia, también ésta tuvo su profecía y también las víctimas sólo la escucharon cuando ya nada tenía remedio. |
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