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Nº
864 - 18 de enero de 2010 |
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De la reconquista episcopal del nacionalismo vasco y catalán, del aborto y del Rey Juan González Bedoya, ex senador del PSOE y próximo a IU es especialista en El País de temas religiosos. Apuntaba el domingo 10 de enero y a propósito de la consagración como obispo de San Sebastián del polémico José Ignacio Munilla, esta observación: “Al margen de debates sobre el procedimiento de elección [de los prelados católicos], es evidente que Munilla llega a San Sebastián para cambiar de rumbo. No le van bien las cosas a la Iglesia católica en el País Vasco. Tampoco en Cataluña. Pese a la preponderancia, durante décadas, del nacionalismo, autoproclamado católico, el retroceso de la Iglesia romana en esas dos comunidades no ha parado de agudizarse, en número de sacerdotes y seminaristas, pero también hasta en el comportamiento fiscal de los fieles. Guipúzcoa y Barcelona figuran a la cola en el listado de cotizantes a Hacienda que ponen la equis en el IRPF a favor de la Iglesia católica. Hay regiones que doblan sus porcentajes, como Castilla-La Mancha y Navarra.” Colige el analista religioso del diario de Prisa que los nombramientos de obispos obedecen a la Teología Pastoral a la que define como “ciencia del cuidado de las almas”. Es decir, si no entiendo mal la reflexión de González Bedoya, que respaldan la cúpula de la Iglesia, el Papa y sus colaboradores más cercanos, habría llegado a la conclusión de que los obispos que más se preocupen del “cuidado de las almas” son, a la vez, los que conseguirán recuperar el descenso actual de feligreses en territorios como Guipúzcoa y la provincia de Barcelona, al parecer dos localidades que no se rascan el bolsillo para proteger a la Iglesia. ¿Es pues una cuestión de almas o más bien de euros? No tengo respuesta acerca del comentario de González Bedoya, pero si un obispo como Munilla, que da diariamente, según el periodista aludido, “lecciones de catecismo en Radio María”, ha de ser el que devuelva las almas descarriadas al redil de la ortodoxia, habrá que convenir que sólo los fanáticos o los cortos de inteligencia serán los que fortalezcan una Iglesia cada vez más endeble y, a criterio de muchísima gente, retrógrada y pasada de rosca, instalada fuera del tiempo y de la evolución de la sociedad. Esta Radio María es un instrumento a escala internacional y con poderosas raíces latinoamericanas para adoctrinar en plan comecocos, al estilo tradicional y rancio, a meapilas, devotos, santurrones y carcas. Pero dejemos a Munilla a la espera de que González Bedoya explique con mayor claridad frases como, por ejemplo, la que se refiere al “nacionalismo autoproclamado católico”, en el que cabe como mínimo una cierta ambigüedad o incluso un reproche más o menos contenido en relación a ese tipo de nacionalismo que él ubica en Euskadi y en Cataluña. Verdad es, en todo caso, que por lo general los obispos tanto vascos como catalanes han visto con simpatía desde hace mucho tiempo los postulados nacionalistas y este fenómeno puede estar siendo erradicado desde el Vaticano. Sin embargo, en el ámbito del catolicismo no parece exagerado subrayar que el nacionalismo español sí dispone de una batería de jerarcas católicos que han llegado a sacralizar la unidad de España, presentando lo contrario como un pecado mortal o parecido. Tanto Antonio María Rouco Varela como el también cardenal Antonio Cañizares, quien forma parte del Gobierno pontificio, han defendido con ardor casi guerrero, desde la derrota del PP el 14 de marzo de 2004, a España. Al fin y al cabo, nada de esto debe extrañarnos, puesto que la Iglesia española protagonizó con orgullo el llamado nacionalcatolicismo durante los cuarenta años de franquismo en un esfuerzo denodado por unir la cruz y la espada o el altar y el trono. Andan pues de reconquista en el País Vasco, apartando de sus puestos de responsabilidad a los sacerdotes y obispos por un lado pronacionalistas y, por el otro, bastante más progresistas que sus colegas españoles. El caso del arzobispo y cardenal de Barcelona, Martínez Sistach, resulta, en este mosaico del poder católico, un tanto peculiar, porque parece jugar a veces a su aire, que no es el mismo aire que frecuentan los conservadores. Acostumbrados a ejercer sin pausa una gran presión política, aunque intenten diluir el contenido político en un ejercicio sólo de apariencias, la Conferencia Episcopal Española no desperdicia oportunidad, con ocasión y sin ella, según la tesis paulina, para hacerse oír, demostrar que existe y que continua disponiendo de un amplio canal de influencias. No cesan en sus objetivos y es sabido que en los últimos años han convertido el aborto en su prioridad. Han movido las fichas del tablero y andan inquietos intentado poner al Rey contra la pared exigiéndole que no firme la nueva Ley del Aborto. Sueñan con el fallecido Rey Balduino de Bélgica, quien dimitió por un día para así abstenerse de firmar una ley de aborto en su país, lo cual no deja de ser una maniobra de hipocresía propia de los que amontonan escrúpulos. Tienen púlpitos a montones y, aparte de la humilde aún Radio María, tienen la COPE en su versión radiofónica y en su versión televisiva y digital. Se les fue el Rasputín Jiménez Losantos y asimismo el inefable pastor protestante César Vidal. Los años triunfales, con la COPE anunciando calamidades, han dado paso a un período de alguna prudencia y de más aburrimiento. Pero la jerarquía es i-nasequible al desaliento y quieren que les obedezca el Rey. Hasta ahora ha trampeado con habilidad todos los obstáculos que le han ido poniendo los salvadores de almas. Habrá que comprobar si cede o no a la avalancha antiaborto que se nos ha venido encima. ¡Dios salve al Rey! |
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