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| Nº 863 - 11 de enero de 2010 |
Larra, sin vuelta a las Batuecas
Por Mauro Armiño Algo tarde, pero dentro de 2009, año del bicentenario, Mariano José de Larra ha tenido, digamos, un recuerdo entre nosotros: desde el 18 de diciembre pasado al 14 de febrero venidero la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales le dedica una exposición en la Biblioteca Nacional bajo el titulo de uno de sus artículos, Fígaro de vuelta, mientras la editorial Cátedra, sacaba el pasado otoño sus Obras completas preparadas por Joan Estruch Tobella, que avanzan mucho la clásica de Carlos Seco Serrano. Por los resultados puedo dudar de que la exposición, cuyo catálogo recoge el ciclo de conferencias dado con motivo del centenario, se haya planteado con buenas intenciones; si las ha habido, sólo han llegado hasta los viejos tópicos que siempre han condenado a Larra al infierno de su significado incomprendido. Este país sigue sin poder digerir a Larra; durante el franquismo, la edición de Aguilar largaba un prólogo infame en que se subrayaba su carácter de escritor “costumbrista” y se achacaba la dureza de su crítica a terribles dolores de estómago. El asesor editorial, Arturo del Hoyo, sutil escritor condenado por la posguerra –había sido teniente del ejército republicano– a trabajos alimenticios que hizo con excelente sentido y empeño –preparar en la medida que las circunstancias lo permitían sucesivas ediciones de Obras Completas de García Lorca, por ejemplo–, me contó que fue una especie de pacto con la censura para poder publicar sus artículos completos. Los tres tomos antológicos de artículos de Clásicos Castellanos (Espasa) se vieron despojados de los inteligentes prólogos que llevaban antes de la guerra, firmados por Lomba Pedraja. Luego Larra quedó como un cuerpo inerte, a disposición de profesores de universidad que buen cuidado tuvieron de no abordar el pensamiento político larriano; un ejemplo, la mayoría de las ediciones recientes no informan de un dato que da sentido a Los barateros, artículo escrito para describir el ajusticiamiento de un preso que se había batido en duelo –prohibido por la ley– con otro en la cárcel; el dato ocultado, y lo que Larra denuncia es que Mendizábal, jefe de Gobierno, e Istúriz, líder de la oposición, se habían retado a duelo y lo sabía medio Madrid y parte de la otra media. Pensamiento sin digerir. Era deseable esperar, dentro de lo que de sí da el país, que este centenario avanzara hacia el análisis del pensamiento de Larra; porque se llevan décadas en esa dirección que el mundo académico no acepta: encallados en el análisis superficial y muy poco político de la época, en el entorno romántico y costumbrista, en el amor descalabrado de la Armijo, etc. no acierta a ver en Larra su significado esencial; porque si Larra está vivo es porque la España, que él llamó Batuecas, de entonces y la de ahora se parecen demasiado y no está muerta aquella conjunción de realidades por las que terminó mandándonos a todos a paseo y pegándose el tiro. Se habían dado pasos, digo, en esta dirección: dejando a un lado a los “noventayochos”, Juan Goytisolo –otro enrabietado contra esto– en 1961, con su artículo La actualidad de Larra; un número que la Revista de Occidente le dedicó 1967, con piezas de riguroso análisis y visión circunstanciada a pesar de las restricciones de la época, y donde, por ejemplo, Gustavo Fabra Barreiro ya analizaba a Larra como escritor dialéctico; pero vaya usted a hablarles a los universitarios (profesores, me refiero) de “dialéctico”, que echan a correr; o el ensayo de Cecilio Alonso Literatura y poder (1971); o el poema A Larra con unas violetas, de Luis Cernuda que cala al personaje, por citar sólo cuatro ejemplos de una dirección que no aparece en el ciclo de conferencias dado este año. No sé si Goytisolo o Cecilio Alonso han sido invitados y han rechazado participar, pero lo cierto es que sus páginas dedicadas a Larra lo explican mejor que todo esta bambolla centenarial (neologismo despectivo, por si alguien busca en el diccionario). Y desde luego, bastaba con reeditar o leer el número de Revista de Occidente (Fabra Barreiro, Lourdes Ortiz, Sánchez Reboredo, Helio Carpintero, Mateo del Peral, etc.) para estar al cabo de la calle de cómo se interpreta a Larra. El comisario de la exposición, profesor Romero Tobar, no se ha roto las meninges: de las estanterías de la Nacional han salido primeras ediciones de Larra, periódicos de la época, algunos libros de escritores coetáneos, grabados, etc. Del Museo Romántico y del Museo de Historia algunos cuadros y grabados; por cuenta de la familia Larra, de su heredero Jesús Miranda de Larra, han corrido algunos objetos vestimentarios y cartas manuscritas. Dos cositas más, y exposición y centenario liquidado habemus. Se sabe que es más arduo preparar una exposición de escritores que de pintores, pongo por caso. Pero se puede aprender: si quieren ustedes recordamos cómo se hizo el centenario de Marcel Proust en la Bibliothèque Nationale de París, con varios catálogos, con los mejores especialistas, abarcando Proust, su mundo y, si me apuran, hasta el gato que no tuvo. Y, entre las muchas cosas que pueden echarse en falta, además de las famosas pistolas –con el Museo Romántico cerrado hace años, no pueden verse–, todo un lienzo de muro: el teatro y el mundo del teatro de Larra, con su implicación como traductor o adaptador –una docena de obras– y sus artículos de crítica teatral. Sociedad Estatal de las Batuecas. Y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones podía copiar también cómo se hace un catálogo; un diseño horrible, pobre, sin ninguna gracia, con un papel basto y grueso al que no le veo más sentido que aumentar el gasto; encima, el ejemplar que me tocó estaba totalmente combado, no sé si por mal secado de la goma o porque el grosor del papel tira demasiado a las cubiertas de pacotilla. Colmo de los colmos: me pasé a ver la muestra la mañana laborable del 24, y me di de bruces en la cerrada reja con otros visitantes. A Larra, aunque les arreó algunos varapalos, no le dio tiempo de escribir alguna comedieta titulada Mamá, yo quiero ser funcionario, pero debe de tener su aquél esta progresada España donde por convenios sindicales, moscosos, puentes, santos, santísimas, fiestas de guardar, de no guardar y demás mandingas y farfollas: en estas Batuecas más de medio país no trabaja ni doscientos días al año. Economía sostenible. ¿En qué país estamos? Seguimos en el larriano país. ¿Es el país, o es que Larra era pequeñito de estatura? Porque, además de tildarlo de “costumbrista” –esos artículos de “costumbres” expresan el pensamiento de un moralista a la francesa (mismo origen latino, mœurs, moral), La Bruyère, La Rochefoucauld, etc.–, se sigue hablando casi del dolor de estómago que explicaría su “mala leche” contra España. José Luis Varela insiste en su conferencia “Larra, etopeya incompleta”, con un simplista análisis freudiano, y tira por ese lado: era pequeñito, se enamoró de una joven que resultó ser la querida del padre, la soledad egoísta del hijo único, esnob, fumador compulsivo, depresivo, y un largo etcétera. Sería cosa de saber si Blanco White, Luis Cernuda o Juan Goytisolo –que no quisieron ni quieren saber nada de las Batuecas– miden más de uno sesenta, si tuvieron un amor desnortado y cuántas veces recurren al estomatólogo o al psiquiatra, y así explicar sus enjundiosos ataques contra una España que es la que en ellos generan la “mala leche”. El nivel de las conferencias larrianas es muy bajo, es decir, profesoral; en las Batuecas estamos llamando conferencia a cuatro fichas contando la biografía o recordando los periódicos de la época; quizá sea obligado ese bajo nivel por el bajo nivel de los batuecos; pero para conferenciar, o se dice algo original y nuevo, o se va uno a la Universidad. El vídeo que acompaña la muestra insiste en lo mismo; no intervienen todos los que son, pero sí unos cuantos que no son: ¿qué pinta Luis Alberto de Cuenca en asunto larriano? ¿Para decir vulgaridades y hablar del “desequilibrio grande de su personalidad”? O el periodista Raúl del Pozo, para recordar aquello de que Larra era “un quinqui vestido por Pierre Cardin”? Creen algunos salvarse con la agudeza facilona de la frasecita, pero no hay agudeza sin ingenio ni ingenio sin agudeza: léase a Baltasar Gracián. Si algo bueno ha habido este año ha sido los dos tomos de las Obras completas de Larra, a cargo de Joan Estruch, que añade novedades textuales como artículos, poemas, cartas, documentos y utiliza criterios lógicos para, por ejemplo, calificar de adaptación No más mostrador, pieza teatral que venía figurando como obra de autoría larriana. Quizá debería habérsele añadido alguna nota más, un estudio más amplio y no sólo biográfico, sino analítico en profundidad, siguiendo el ejemplo de La Pléiade francesa; uno es algo afrancesado, qué le vamos a hacer. No se editan todos los días unas Obras completas de Larra, y la colección Biblioteca Áurea en la que figura tal vez habría debido ampliar sus criterios editoriales, que, si en el caso de Los tres mosqueteros de Dumas son suficientes, no lo parecen para sacar el pensamiento de Larra del rincón oscuro y tanto tiempo manipulado donde yace. |
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