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Nº 863
11/1/2010

¡Bien por Bono!

por Enric Sopena*

EI catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova –en su libro sobre República y guerra civil– describe el paisaje religioso de España de modo somero y exacto: "Había más catolicismo en el norte que en el sur, en los propietarios que en los desposeídos, en las mujeres que en los hombres. La mayoría de los católicos eran antisocialistas y gente de orden. A la izquierda, republicana y obrera, se la asociaba con el anticlericalismo".

¿Se podía ser entonces socialista y católico a la vez? El Papa Pío IX había condenado el socialismo, a través de su encíclica Quanta Cura, con el Sillabus como epílogo, hacia finales del siglo XIX. Lo condenó junto a cualquier otro atisbo de visión progresista de la vida y la sociedad. Pío X condenó el modernismo en el que se englobaban corrientes ideológicas, opuestas a l'Ancien Régime. Su sucesor, Pío XI, creía que una persona no podía ser buen católico y verdadero socialista.

Pero Pío XI fue, durante su reinado, más lejos. En febrero de 1929, firmó con el Gobierno de Mussolini el Tratado de Letrán mediante el cual se creó el Estado independiente y soberano del Vaticano. El partido católico de Luigi Sturzo, contrario al fascismo y germen de la posterior Democracia Cristiana, fue disuelto poco después.

En las elecciones de marzo de 1929, el Papa pidió el voto de los católicos para Mussolini. Su Santidad calificó al líder fascista como "un hombre enviado a nosotros por la Providencia". El 20 de julio de 1933, el Pontífice llegó a una especie de Concordato con la Alemania nazi, firmado por el entonces Nuncio en Berlín, el cardenal Pacelli, elegido Papa más tarde con el nombre de Pío XII.

Pío XII autorizó que los comunistas italianos fueran excomulgados. Protegió a los criminales de guerra de la II Guerra Mundial. El año 1953, la Santa Sede y el Gobierno de España –con el general Franco en su máximo esplendor como asesino– aprobaron el Concordato que, por cierto, aún se arrastra hoy en día.

Pío XII llegó a enfrentarse con Alcide de Gásperi, dirigente carismático de la Democracia Cristiana, porque no quería pactar con la extrema derecha y sí con la izquierda. El Papa hizo cuanto estuvo en su mano para evitar que el primer alcalde de Roma, tras la caída del fascismo, fuera un socialista. No lo consiguió.

Luego vino el oasis de la mano de Juan XXIII. Fue un mandato breve que intentó, con la mejor voluntad, una reforma profunda de la Iglesia mediante el Concilio Vaticano II. Duró poco, porque la Curia, compuesta en su mayoría por obispos y cardenales integristas, puso todo tipo de palos en la rueda de la esperanza hasta torcerla. Juan XXIII murió pronto. Pablo VI no aguantó el vendaval conservador y enarboló en demasiadas ocasiones bandera blanca.

Juan Pablo II y Benedicto XVI borraron muchas de las huellas positivas del Concilio. La Iglesia se ha derechizado sin freno. En España, el cardenal Tarancón no fue la norma, sino la excepción. ¿Puede, pues, sorprenderse alguien del acoso creciente que sufre José Bono, socialista y católico, por parte de la jerarquía eclesiástica?

Desde el panfleto del cardenal Rouco Varela también golpean a Bono. Lo hacen los herederos de quienes bautizaron la Guerra Civil denominándola Cruzada de Liberación Nacional. Es decir, aquellos que bendecían, en nombre de Dios, a quienes montaron el 18 de julio y los cuarenta años de oprobio y represión. ¡Bien por Bono! •

*Director de El Plural

 
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