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Nº 859 - 7 de diciembre de 2009

El ministro se convierte en pieza clave del Gobierno

La hora de Moratinos

Aunque últimamente se le acumulen los problemas, Miguel Ángel Moratinos atraviesa uno de sus mejores momentos políticos desde que Rodríguez Zapatero lo nombrara titular de Exteriores. Al margen del secuestro del Alakrana, cuyo final feliz empieza a rentabilizar el Gobierno, o el de los cooperantes en Mauritania, para cuya gestión va a tener las manos más libres, el ministro tiene ante sí la inminente presidencia española de la Unión Europea en la que Moncloa tiene puestas todas sus esperanzas. Después de que su nombre llegara a sonar como candidato firme al puesto de Alto Representante de la Unión, Zapatero lo retiene como uno de sus actuales tesoros. En sus discretas manos de diplomático está que el presidente, crisis económica aparte, remonte el vuelo tras su semestre europeo.

Por Inmaculada Sánchez

De la foto del primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en las escalinatas de Moncloa en 2004 sólo permanecen en sus mismos puestos dos personas: Maria Teresa Fernández de la Vega y Miguel Ángel Moratinos. Con sano orgullo puede enseñarla hoy el ministro.

Empezó con mal pie. Fue el primer miembro del gobierno socialista de quien el PP pidió el cese debido a su patinazo público acusando en un programa de televisión al anterior gobierno de Aznar de apoyar el golpe de Estado contra Hugo Chávez de 2002. Luego, su escaso “instinto asesino” como político le dejó comerse el terreno por el entonces titular de Defensa, José Bono, quien viajaba y ejercía de jefe de la diplomacia española gracias a sus buenas relaciones con Washington siempre que podía. Era el ministro que llenaba cada mes los puestos de cola del barómetro del CIS  en valoración ciudadana. Y el que más chistes provocaba.

“Curro”, como le llaman sus cercanos y compañeros de partido, ha sabido mantener, sin embargo, el apoyo de Zapatero y, sin grandes alharacas, hacerse un hueco en su núcleo duro, hoy más restringido e infranqueable que en los primeros años del leonés en la Moncloa.

No le soliviantó que el “jefe” le “colocara”, en distintas fases, a dos de sus mujeres de confianza, Leire Pajín para Cooperación, al principio, y Trinidad Jiménez, para Relaciones con Iberoamérica, algo después, en sus secretarías de Estado. Él, con Bernardino León como número dos y Alberto Navarro para la Unión Europea, fue capeando marejadas y oleajes.

El giro copernicano impreso por Zapatero en la política exterior de los anteriores gobiernos de Aznar no fue fácil de gestionar, explican ahora algunos de los que lo vivieron.Menos aún con un presidente novato e inseguro en las relaciones internacionales. Ya en la segunda legislatura, el hecho de que León fuera requerido a Moncloa para ocupar la Secretaría General de Presidencia confirmaba que la gente de Moratinos estaba más cerca de Zapatero de lo que muchos pensaban.

Esta discreta impresión se está visualizando finalmente, sin embargo, en estas últimas semanas. Tras la resolución del complejo escenario del secuestro de los pescadores del Alakrana, el presidente sólo felicitó públicamente en un primer momento a Moratinos –aunque posteriormente también haya mencionado a la vicepresidenta De la Vega y a la ministra de Defensa, Carme Chacón–. Ahora, tras el inesperado secuestro en Mauritania hasta el PP ha virado radicalmente su estrategia y se ha puesto, en silencio, al servicio de las gestiones del Gobierno.

El “desembarco” del presidente y de todo su equipo monclovita en la política europea no ha hecho más que confirmar el firme suelo que actualmente pisa el titular de Exteriores.  Mientras la habitual asistencia de Zapatero a los mítines de fin de semana del PSOE daba paso a una gradual retirada, en Moncloa y el Palacio de Santa Cruz, sede de Asuntos Exteriores, se preparaban para la solemne llegada del primer mandatario español a las instituciones europeas. Un aterrizaje que ha tenido como idoneo colchón el  insospechado pacto de Zapatero con Durao Barroso.

“Nada más llegar al europarlamento, después de la derrota de los socialistas, lo que el grupo quería era que no nos dividiéramos por países, como otras veces, para mantener la posición”, explica un eurodiputado español. Pero la primera orden de Moncloa fue votar a favor del conservador José Manuel Durao Barroso como presidente de la Comisión, en contra de todos los demás socialistas europeos. “Fue todo un trago”, reconocen en las filas del eurogrupo español.

La estrategia está empezando a ser entendida ahora. Zapatero pactó con Barroso el apoyo de sus diputados en el Parlamento europeo, algo que el portugués necesitaba para presentarse como un candidato no exclusivo de la derecha y poder repetir mandato, a cambio de que el comisario español -todo país de la Unión tiene derecho a un miembro en el equipo de Barroso- fuese ascendido a una cartera más importante. El acuerdo no hubiera sido posible si el portugués no hubiese tejido una excelente complicidad con Joaquín Almunia en sus cuatro anteriores años de mandato o sin el beneplácito de Moratinos a la jugada.

“No se trata tanto de Almunia como de la  cartera económica más importante de la UE. Zapatero necesita a algún cargo español fuerte en la Unión para no sólo consagrar la posición de España en el G-20, algo crucial para Moncloa en su estrategia internacional –explica una fuente muy cercana al palacio presidencial–, sino para simplemente tener información fiable de lo que se cuece en las decisiones relativas a la salida de la crisis en el escenario de los países más potentes”.

Moratinos ha apostado,dentro de su proverbial diplomacia y aparente desinterés por  los cargos, por la “jugada Almunia” que, dentro del PSOE, ha descolocado a más de uno. “Zapatero no tenía alternativa”, aseguran fuentes cercanas a Moncloa, que añaden que lo prioritario era mantener el nivel de interlocución e información  en los próximos meses, cruciales para la salida de la crisis.

“Sólo Solana y Almunia disponían de ese nivel”, concluyen. Y como Solana nunca ha gozado de cercanía alguna a Zapatero y su equipo (Ver recuadro “Amargo retorno para Solana”), la única posibilidad era el ex secretario general del PSOE, añaden las mismas fuentes, que también señalan a Javier Vallés, director de la Oficina Económica de Moncloa, como interlocutor habitual del comisario y puente engrasado para las relaciones con el presidente.

Aunque tras la marcha de Leire Pajín, hoy número tres del PSOE en Ferraz, de Trinidad Jiménez, actual ministra de Sanidad, y de Bernardino León, fiel sombra del presidente en sus viajes al extranjero, Moratinos haya visto casi desmantelado su ministerio de pesos pesados, el bregado diplomático no descompone el gesto ni se queja de su situación. Más bien al contrario. LLega su gran momento. La presidencia española de la Unión ha venido precedida por la propuesta de su nombre para el puesto de Alto Representante, en sustitución de Solana, nada menos que por Sarkozy. Pero Zapatero le quiere a su lado. ¡Cuánto darían algunos por conseguirlo!

Todos los hombres del presidente para su semestre europeo

Por I. S.

La presidencia española de la Unión Europea, por muy “de turno” que sea, y a pesar del reciente nombramiento del nuevo presidente del Consejo, Herman Van Rompuy, y de la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Catherine Asthon, continúa figurando en la agenda de Moncloa como el hito más relevante de esta legislatura y con propiedades “curativas” sobre la deteriorada imagen del presidente como principal valor. A su exaltación, pues, se aprestan raudos quienes, en estos momentos, gozan o persiguen los favores del líder. Al margen de organigramas y estadillos, éstos son los nombres más importantes a tener en cuenta.

Después del ministro Moratinos, que parece haber conseguido salir de esa reducida imagen que se le atribuye en España tras su candidatura como Alto Representante de la UE, quien, sin duda, ya ha pasado a ocupar un puesto de relevancia sin paragón es el comisario Almunia, ascendido a la cartera de mayor empaque en el “gobierno” de la Unión, la de Competencia.

El comisario, y también vicepresidente de Durao Barroso, no podrá, no obstante, destacarse en apoyar el liderazgo de España el próximo semestre como miembro que es de la Comisión –ya vendrán meses después en los que su gestión será más crucial para el gobierno español– y, por tanto, otros nombres resultarán más rentables para el brillo de Zapatero en Europa.

Entre ellos destaca, sin duda, el de Bernardino León, secretario general de Presidencia y hombre clave en la política exterior de Zapatero desde el inicio de esta segunda legislatura. Junto a él, y enfocando  a quienes están más cerca del presidente en estos momentos, fuentes bien informadas señalan a Milagros Hernando, directora de Política Internacional del Gabinete de Presidencia, a las órdenes de José Enrique Serrano, y mujer de confianza de Moratinos y León en el anterior mandato desde su puesto en el gabinete del Secretario de Estado de Asuntos Europeos. “El presidente la escucha mucho”, señalan quienes desvelan el papel de esta diplomática tan poco conocida.

Al frente de la logística no hay que dejar de señalar a Nicolás Martínez Fresno, veterano funcionario monclovita con quien Zapatero trabó buena relación en sus primeros años de presidente y a quien nombró en abril del año pasado Alto Representante para la Presidencia española de la Unión.

El diplomático dirige desde entonces todo un equipo de funcionarios dedicados a la preparación del semestre en un “cuartel general” preparado para el evento en la madrileña calle de María de Molina.

Tras los “hombres de Moncloa” no dejará de tener su espacio el Secretario de Estado para la Unión Europea, Diego López Garrido, primer cargo en los trabajos de gestión de la Presidencia, aunque todas las fuentes consultadas coinciden en afirmar que no se trata, pese al rigor de su trabajo, de una de las personas incluídas en el núcleo duro del presidente.

Finalmente el partido y el nuevo grupo socialista del Parlamento europeo ejercerán una función relevante dadas las nuevas competencias de la eurocámara tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Sin embargo, y pese a la decidida renovación emprendida por Zapatero en los últimos comicios europeos, el liderazgo en este escenario no está aún claramente definido.

Mientras Juan Fernando López Aguilar encabeza a los europarlamentarios del PSOE como presidente y portavoz del grupo, además de presidir una de las comisiones más relevantes de la cámara de Estrasburgo, la denominada LIBE, con competencias en materia de libertades, seguridad, inmigración y extranjería, uno de los campos, precisamente, en los que la presidencia española quiere avanzar, la responsable de Internacional en Ferraz y portavoz de Exteriores en el Congreso, Elena Valenciano, no quiere que este semestre pase sin su impronta.

No sólo ha gestionado y protagonizado el pacto por la Presidencia europea recientemente firmado con el PP, CiU y PNV en el Congreso, sino que, eurodiputada antes que parlamentaria en Madrid, mantiene el control sobre el sensible área de comunicación del grupo socialista en Estrasburgo a través de su responsable, Rosa Sivianes, con despacho junto al de Valenciano en Ferraz, y de la eurodiputada encargada el área, María Muñiz, mujer de su confianza en la anterior legislatura bruselense.

Amargo retorno para Solana

El verdadero creador de la diplomacia europea se despedía de su despacho en Bruselas el pasado día 30 con la tristeza en los ojos. Como ya rebeló esta revista (Ver nº 856: “Solana vuelve a casa con tristeza”) el socialista albergaba en su interior la esperanza de que la entrada en vigor del Tratado de Lisboa no lo expulsara obligatoriamente de la cabina de mandos de la UE, o que, al menos, algunos gobiernos y, sobre todo, el español, le hubiesen requerido públicamente continuar. No ha sido así. Es más, según fuentes de toda solvencia, Moncloa no levantó un solo dedo por el ex ministro ya que la apuesta de Zapatero de cara a la nueva UE, desde el principio, fue Joaquín Almunia.

Solana sólo dijo el día de su despedida que a la mañana siguiente iría a correr, desayunaría y cogería un avión para volver a casa. ¿Y por la tarde? “No sé lo qué haré”, dijo a los periodistas que acudieron a retratar su adiós. Aún no hay decisiones tomadas, pero algunos contactos ya se han iniciado, como los de Acciona, que quiere al ex “mister PESC” como asesor internacional de su presidente. O, tal como adelantó El Siglo hace tres semanas, los encaminados a crear una escuela de diplomáticos para situaciones de crisis, con el paraguas de Caixa Catalunya y la Fundación CIDOB, ambas presididas por Narcís Serra.

Moratinos/Desatinos, según la derechona por Enric Sopena


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