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Nº 859 - 7 de diciembre de 2009

Rafael Rubio Gómez-Caminero, autor de ' Manos arriba! Esto en un banco' (Editorial EL SIGLO)

"HAY MOTIVOS PARA ESTAR ENFADADOS CON LOS BANCOS"

Confesando que fue "prisionero de un título", Rafael Rubio Gómez-Caminero explica que "¡Manos arriba! Esto es un banco' es una llamada de atención al sector financiero, que "de puertas afuera muestran una actitud muy comprensible con las demandas de los clientes, pero de puertas adentro velan más por los intereses propios". El director del semanario 'Inversión' relata en su obra sus aventuras y desventuras con las entidades financieras durante los últimos años, partiendo de la primera persona para poder dar consejos ya que "mi propia experiencia demuestra que es muy fácil darlos, lo difícil es aplicárselos luego uno a sí mismo".

Por M.C.

Se ha sentido atracado?
—No atracado, pero a veces sí me he sentido engañado. Y la mayoría de las veces me he sentido ridículo, porque aunque muchas veces la actuación de las entidades no había sido correcta, lo que había dejado mucho que desear había sido mi propio comportamiento.

¿Cuánta parte de culpa han tenido los inversores en la crisis y cuánta las entidades financieras?
—Por lo menos la mitad, porque somos nosotros los que firmamos las órdenes y tomamos las decisiones. Y ha menudo las tomamos sin la más mínima reflexión y sin unos mínimo conocimientos.

—¿Es coherente que Emilio Botín afirme que no invierte en estructurados porque no los entiende y el Santander los comercialice?

—Es una actitud generalizada en las entidades financieras. De puertas afuera muestran una actitud muy comprensible con las demandas de los clientes, pero de puertas adentro velan más por los intereses propios. Lo que sería deseable es que ese tipo de manifestaciones, en las que muestran cierta sensibilidad hacia las necesidades de los ahorradores, se manifestaran también cuando elaboran un producto y lo comercializan. Sobre todo, sería deseable que en su estrategia hubiera más tiempo para aconsejar y asesorar y menos para comercializar.

¿Podría desprenderse algún tipo de responsabilidad penal por parte de las entidades financieras por la forma en que han gestionado estos productos?
—No creo que tanto como penal, pero alguna de tipo civil por supuesto. Hay algunas entidades que están sumidas en procesos en los que se está verificando precisamente eso. Yo hablo de una sentencia aparecida en la Audiencia de Álava en la que se condena a Bankinter a que devuelva el dinero al ahorrador, y no porque haya comercializado el producto engañándole sino porque no le ha informado de todo ampliamente. Si esta sentencia fuera adoptada por la justicia en general, el método de comercialización de las entidades tendría que cambiar.

¿Es justo que los errores de los gestores de bancos y cajas de ahorros se subsanen con dinero público?
—Ese es un debate que se está plateando en estos momentos en todo el planeta. Las entidades financieras son unas empresas peculiares, que abastecen de recursos tanto a las economías domésticas y a las empresas, lo cual es fundamental en este sistema de economía de mercado que tenemos, y, por tanto, sí que hay que velar por que este tipo de compañías no quiebren. Esto supone que debe haber una regulación especial sobre ellas, porque además tienen más riesgo de quiebra que cualquier otra empresa industrial. Es compresible que el Estado vaya en ayuda de estas entidades. Ahora, esto debe tener una contrapartida en forma de participación accionarial por parte del Estado y en un cambio de actitud ante la sociedad.

Hace unos días Dominique Strauss-Kahn señalaba que los bancos todavía ocultan pérdidas en sus balances y que es probable que nos espere una segunda crisis.
—Si no cambiamos los modos que nos han conducido hasta esta crisis, si no hay un mayor regulatorio no cabe ninguna duda de que en cuatro o cinco años volveremos a caer en una segunda crisis. Al menos aparentemente, no se están cambiando las cosas como se debería hacer para evitar ese riesgo, pero yo estoy convencido de que se va a imponer el sentido común y que de esta crisis va a salir un cambio del sector público, de los organismos reguladores y, sobre todo, de las entidades financieras. Y también del ahorrador y del inversor, porque aunque tiene motivos para estar enfadado con las entidades financieras también debería estar enfadado consigo mismo y debería empezar a adquirir una cierta cultura financiera.

¿Ha perdido muchos amigos desde el comienzo de la crisis?
—He de decir que lejos de perder, he reencontrado amigos. Hace unos días me llamó el que fuera máximo responsable de un gran banco, ya jubilado, para darme la enhorabuena por el libro, y me comentó que a él, tras estos diez años que lleva fuera del negocio, le cuesta reconocer al sector fnanciero.

¿En qué ha cambiado el sector financiero en estos diez años, según le comentaba su amigo?
—Se refería a como, en estos últimos años, en una carrera absurda por incrementar los resultados en un 20 por ciento año tras año las entidades financieras se habían despreocupado de los intereses de sus clientes. Esto es lo que explica la aparición de productos financieros que no son en sí malos, porque hasta los más arriesgados es seguro que interesan a algún colectivo de ahorradores o inversores, pero que se comercializan de una forma poco transparente. A partir de esa falta de transparencia se quiere vender ese producto a clientes que son conservadores y que nunca han salido de una cuenta corriente, sólo con el ánimo de facturar y obtener los mayores resultados.

¿Qué sintió cuando vio la fotografía de Madoff en la prensa?
—La fotografía aquella en la que aparecía en la puerta del juzgado sonriendo me pareció de una actitud tremendamente cínica, y en mí produjo un sentimiento de ridículo. Yo había caído en su engaño a través de un fondo de inversión y él, con esa risa, estabasubrayando ante todo el mundo lo listo que había sido, frente a la torpeza de quienes caímos en su trampa.

¿En qué se falló para que ocurriera un caso como el de Bernard Madoff?
—Teníamos a la SEC, la comisión reguladora del mercado estadounidense, como el ejemplo más claro de lo que debía de ser una institución de este tipo. Cuando hemos conocido que había recibido hasta cinco denuncias, que se había investigado pero no se habían molestado en comprobar las explicaciones que les había dado Madoff, cuando conocemos que una sobrina de Madoff salía con uno de los inspectores de la SEC, de lo que cabe extraer todo tipo de sospechas... Cuando vemos todo eso junto, vemos los terribles efecto que puede tener en un sistema financiero el mal funcionamiento de un organismo regulador. Sentí que poco nos había pasado. Pero con el comportamiento que había tenido la SEC cualquier bandido nos podría haber estafado.

¿Se lo pensó mucho a la hora de escribir el libro, de exponer ese sentimiento de ridículo?
—Eso no me dio ningún problema. El libro es una expresión más de mi quehacerperiodístico. Lo que habíamos vivido era un acontecimiento extraordinario, y yo creía que tenía que desarrollar esa experiencia de una forma extraordinaria, como es para un periodista escribir un libro. Siempre pensé que la única forma de llegar a la gente era escribiendo en primera persona. No entendía escribir esta obra y permitirme dar una serie de consejos si hablaba en teóricamente. Porque mi propia experiencia demuestra que es muy fácil dar consejos, lo difícil es aplicárselo luego uno a sí mismo. Yo tenía que partir de mis propios errores para poder dar esos consejos. Lo que me dio más problema es ver cómo podía tomarse la gente, los amigos que tengo en el sector financiero, un libro con ese título. Reconozco que fui prisionero de un título. Un título que refleja muy bien el contenido y el propósito del libro, que no es otro sino hacer una llamada de atención a las entidades financieras porque hay comportamientos que no se justifican ni siquiera por el loable objetivo de la obtención de beneficios. Hay comportamientos que parece que se dirigen a ganarse la desconfianza de los clientes, cuando el negocio bancario está basado en la confianza del cliente. •

 
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