Daniel Monzón, director de 'Celda 211'
"EL MUNDO
DE UNA CÁRCEL ES EL DE
FUERA EN MP3"
El director mallorquín Daniel Monzón practica el eclecticismo cinematográfico
pasando de un género a otro con la misma pasión por los personajes, ya sean de
fantasía, cómicos, de misterio o de tragedia griega. Así es su última película,
'Celda 211', con un inmensamente malo y conmovedor Luis Tosar, que acaba de
estrenar en España y que, tras su éxito en los festivales de cine de Venecia y
Toronto, llegará a los espectadores de muchos otros países.
Por Isabel Alcázar
Daniel Monzón demostró su debilidad por el cine desde la infancia dibujando fotogramas
de películas en papel y estudió periodismo mientras devoraba películas de todos los géneros para hacerse crítico cinematográfico. Ha trabajado en diversas revistas, como Fotogramas, en los programas de radio Dos horas de nada de Andrés Aberasturi, La radio de Julia, de Julia Otero y fue ayudante de dirección de Días de cine, de Televisión Española, hasta que le llegó la oportunidad de ser coguionista en el thriIler dirigido por Gerardo Herrero Destino al paraíso. Siguió trabajando de guionista con directores como Álvaro Fernández Armero, Yolanda García Serrano y Santiago Segura. Debutó como director con el largometraje de género fantástico El corazón del guerrero, en el año 2000, que ganó premios en el Festival de Cine de Ámsterdam, en el de Fant-Asia de Montreal y el de Mejor Película Fantástica en el Festival de Fantasporto de Oporto. Su segunda película, menos afortunada, fue la comedia El robo más grande jamás contado (2002), y en 2006 dirigió la película de terror psicológico La Caja Kovak, coproducida con EE UU, rodada en inglés y protagonizada por Lucía Giménez y Timothy Huttom.
—Se han rodado muchas películas carcelarias que seguramente usted conoce, ¿quéle atrajo de la novela homónima de Francisco Pérez Gandul sobre este tema, en que está basada Celda 211 para llevarla al cine?
—Este proyecto me atrapó por distintos motivos; el primero por la cualidad de tragedia clásica que tenía esta historia, ya que a mí siempre me han sobrecogido las tragedias de los griegos sobre una persona normal, buena, feliz, con una vida plena y que de repente por un giro aciago del destino la rueda de la fortuna le aplastaba, que es lo que le sucede a Juan, el coprotagonista, que por ir un día antes a su trabajo por exceso
de celo, su vida se va por un sumidero. En treinta horas intensas le ocurre lo peor que le podía pasar a un ser humano. Después me interesó, aparte de la historia, lo que tenía de reto como director porque era un ejercicio de estilo. Yo he hecho películas con muchas localizaciones, con efectos especiales, música sinfónica, pero en esta película sólo había cuatro paredes, un grupo de actores y una trama sólida; entonces ahí es donde realmente se inicia una puesta en escena donde como siempre, yo trato de ser lo más invisible posible para que la historia sea lo que predomine, es decir, desaparecer como director para trabajar con pocos elementos pero muy puros en un ejercicio que me interesaba muchísimo.
—¿Cómo fue la colaboración de los presos y funcionarios en un ámbito de castigo cerrado y hostil?
—Cuando empezamos a visitar cárceles no nos esperábamos que nos abriesen las puertas como lo hicieron, aunque al principio había cierta desconfianza de esa gente que lógicamente estaba cumpliendo una condena y le hacía poca gracia que viniéramos de fuera a preguntarles por su vida. Pero lo primero que hicimos fue pasarles mi anterior película, La Caja Kovak, como forma de ofrecer algo a un grupo de presos que se sentaron con nosotros a hablar y fue uno de los públicos más agradecidos de los que han visto la película. Eran unos 500 y hacían comentarios gamberros como si fueran un grupo de instituto, aplaudían y empezamos a ver que estábamos tratando con seres humanos y vencimos ese miedo que entra al pisar una cárcel. A partir de ahí, todas las conversaciones que tuvimos con presos, familiares de ellos y funcionarios fueron más distendidas, generosas y sin preocuparse por lo que pudiéramos preguntarles.
—¿Hubo algún problema en el rodaje o anécdota que quiera contarnos?
—Al principio yo pensaba en lo duro que sería rodar en una cárcel que estaba cerrada desde hace algunos años, sin agua corriente ni electricidad y las condiciones de salubridad no eran las mejores, aunque lo limpiamos a fondo. Entonces, contar una historia muy negra, relacionándonos con presos en libertad condicional y otros que habían estado en la cárcel y demás durante nueve semanas allí encerrados, podía ser una olla a presión que nos estallara en la cara. La sorpresa fue que hubo un clima hasta de júbilo a veces; los técnicos, actores y figurantes, todos éramos como un grupo de presos amotinados con un objetivo común, hacer la mejor película; y fue una experiencia humana interesantísima, incluso con los funcionarios, de los cuales me gustaría recalcar que hay entre ellos gente de una humanidad imprevisible, maravillosos, que parecen casi Santa Teresa de Calcuta. Tener contacto con presos y ser el espectador privilegiado de una realidad con la que no solemos tener contacto, fue enriquecedor en todos los sentidos. Una anécdota interesante fue que el verismo de toda esa galería de figurantes que teníamos era tal que incluso la policía nos interrumpió un día para llevarse a un par de ellos que estaban en libertad condicional y no se habían presentado en la cárcel ese día que tenían señalado.
—¿Pensó dar a Celda 211 un mayor contenido político y criticar el régimen carcelario en España?
—El panorama carcelario español creo que ha cambiado mucho en los últimos años, aunque la forma de tratar y atender a los enfermos sigue siendo muy precaria y esto salió al principio de la película. Pero el componente político o sociopolítico no está en primer término. Lo interesante para mí es el retrato de seres humanos que está en la historia. Resulta conmovedora la amistad que entablan el personaje de Malamadre (Luis Tosar) y Juan Oliver (Roberto Ammann), que es una amistad al borde del abismo y la propia acción contiene como telón de fondo la carga sociopolítica. Celda 211 no es una película discursiva, a mí no me gusta el cine discursivo, pero al ambientar una película en la cárcel, como ha dicho Luis Tosar, te dascuenta de que la sociedad de fuera está reflejada allí dentro de una manera condensada, como nos dijo un preso: el mundo de la cárcel es el de fuera en mp3. La historia tiene un cierto carácter de parábola o de fábula sobre lo que sucede en el exterior, pero nos esforzamos mucho todos en que el acento no estuviera en esta carga sociopolítica, que sin duda existe y creo que es muy contundente y en ningún momento hemos tratado de soslayarla. Vemos en Celda 211 que nadie hace nada, esperan que la situación se solucione por sí misma. La película apunta, más que a los gobiernos de uno u otro signo, al poder, cómo para éste muchas veces unas vidas tienen más valor que otras según el beneficio político que puedan obtener y me gustó mostrar esa carga política, pero no en primer plano porque era algo que venía dado en sí mismo.
—¿Además del poder, critica otras cosas en su nueva película?
—En ella sale malparada también la condición humana porque cree mucho en el individuo, porque al final el sistema y demás no es una cosa que se vea con buenos ojos, pero sí la integridad de algunos personajes, principalmente el de Malamadre. Arranca la película haciendo sentir terror por ese individuo, un asesino y una mala bestia y acabas la película acercándote a él, lo ves como a un ser humano, con una ética y capaz de hacer cosas nobles.
—Sus películas son un poco extrañas y no tienen nada que ver entre ellas, ¿cómo elige los temas?
—Cada vez que me embarco en un proyecto necesito estar apasionado por él, tengo que sentir la necesidad de contar esa historia, hice una película que basculaba en el género fantástico; otram, una comedia alocada; la tercera fue una película de misterio y ahora Celda 211 es una película de personajes y una película de aventuras en un momento dado y posiblemente la próxima sea algo completamente distinta a ésta, porque a mí me gusta cambiar de géneros no quedarme en lo que ya he hecho, probarme a mí mismo, retarme. Yo como espectador he visto tantas películas diferentes, tantos géneros, que como director no me gusta limitarme, porque soy tan ecléctico como espectador como lo soy como director.
—¿Hay algo que no rodaría nunca?
—No rodaría nunca violencia real, no rodaría nada que a las personas que estén delante de la cámara les colocara en una situación humillante. • |