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| Nº 859 - 7 de diciembre de 2009 |
Casanova: una España negra Por Mauro Armiño De las 3.991 amplias páginas que comprende la Historia de mi vida, de Giacomo Casanova en mi reciente edición (Editorial Atalanta), una quinta parte está dedicada a su malhadada estancia en España. Y si escribo –con permiso, por supuesto, del director– sobre él es porque ofrece una visión de modos, usos y costumbres de aquel vivir que todavía perviven. Casanova pasa de hecho un año entre aquellos antepasados; desde noviembre de 1767 a diciembre de 1768: está en los cuarenta y dos años de su edad, y, si pasa los Pirineos es porque ese año de 1767 ha sido expulsado de Venecia, ha pasado por las principales ciudades de Prusia, y tras pasar un tiempo en las aguas de Spa –y una estocada a un rival–, ha ido a París acompañando a una joven embarazada por el huido; mujer y niño mueren nada más nacer éste. Su pasado parisino se vuelve contra él; sus altas amistades no pueden impedir que una lettre de cachet –orden inapelable y sin explicación de motivos del rey– lo expulse: sólo tiene abiertos los países del sur; la vaga esperanza de que una antigua amante portuguesa le provea de fondos –su protector veneciano, Matteo Bragadin, acaba de morir también– le hace pasar los Pirineos a lomos de mulo para llegar a Pamplona y avanzar por Castilla la Vieja en dirección a Madrid: ahí empiezan sus sorpresas. Sorpresas de la Inquisición. Un país atrasado, un camino real casi impracticable, donde no hay posadas decentes y sí infames tugurios de arrieros; en los pueblos ha de pasar la noche con orgullosos castellanos que no le hacen lumbre para que el forastero no pueda decir que le habían servido. Poblachos que califica de “prodigio de fealdad y de tristeza”, como Ágreda, lugar de nacimiento de aquella sor María, autora de una biografía de la Virgen dictada por la Virgen misma que Casanova se había visto obligado a leer, entre carcajadas, durante su encarcelamiento en los Plomos venecianos. En la primera posada topa ya con una sorpresa: las habitaciones tienen el cerrojo por fuera; el forastero queda encerrado para facilitar los registros de la Inquisición, que vela, según el españolito que se lo explica, “continuamente en nuestro país por nuestra eterna salvación”. Entrar en Madrid cuesta lo suyo; la “aduana” o fielato instalada en la puerta de Alcalá revisaba los equipajes a la búsqueda, sobre todo, de libros: así fue despojado Casanova de una Ilíada en griego que tres días más tarde, una vez visto que tal libraco no atentaba contra la religión y buenas costumbres, le fue devuelto. No así el tabaco que Casanova llevaba: el rapé era negocio del rey, que toleraba de mala gana incluso que los embajadores extranjeros fumaran otro que no fuera el suyo, y nunca lo permitía en su presencia; aunque en España “el contrabando triunfa más que en otros sitios. A Madrid acababan de lavarle la cara, pues era la ciudad “más sucia y pestilente del universo“ antes de la llegada del italiano Sabatini, traído por el rey para adecentar la corte. Las casas son incómodas, no tienen calefacción pese a los fríos inviernos; el libertinaje y los amores venales han difundido enfermedades venéreas pese a la vigilancia inquisitorial, “y me han asegurado que las monjas mismas las sufran sin que nunca hayan hecho el menor daño a su divino esposo”. Con cartas de presentación para el conde de Aranda, entonces todopoderoso sustituto de un Carlos III casi dedicado en exclusiva a la caza, Casanova no tarda en relacionarse con los círculos ilustrados, y, tras salvar el rechazo del embajador veneciano, tiene esperanzas de medrar en un momento en que Pablo de Olavide se encarga de la colonización de Sierra Morena; algunas ideas que Casanova aporta no le recompensan con lo que pretende: un puesto oficial bien remunerado en las altas esferas cortesanas. Los escasos aires de libertad. Si los varones españoles le parecen feos, las mujeres, en cambio, “son muy hermosas, arden en deseos y siempre están dispuestas a favorecer algún enredo para engañar a todos los seres que las rodean a fin de espiar sus intrigas”. Los aires de libertad introducidos por Aranda han permitido de vez en cuando bailes públicos; en el primero al que Casanova asiste queda enamorado del fandango, que le parece de una sexualidad tan explícita, que al día siguiente busca un maestro que se lo enseñe. Como es de esperar en Casanova, lo primero que hace es buscar compañía femenina, y para encontrarla utiliza el recurso por el que Don Juan fue declarado un blasfemo: antes El burlador de Sevilla que funda el mito, ya había un romance que indica el pecado del personaje: “Pa misa d’iba un galán / caminito de la iglesia”; pero no iba a oír misa, sino para ver y requebrar a las mujeres; ése es el pecado de Don Juan, no seducir mujeres. Desde la Edad Media, la mujer, depositaria del honor familiar, estaba vigilada por padres, hermanos, tíos –véase en las comedias de Lope de Vega– y vecindario; no salía de casa si no era custodiada y su único lugar de sociabilidad era la iglesia. Eso hace Casanova, entra en una iglesia, se fija en una comulgante apetecible, la sigue a la salida y, haciendo honor al consejo de un español, se presenta a los padres y, tras dar garantías de respetabilidad y rango acomodado, pide permiso para llevarla al baile. El padre de doña Ignacia, la joven elegida, resulta ser zapatero remendón; puede recoger las botas de Casanova para arreglárselas pero, como hidalgo que es, no puede hacerle unas botas nuevas, porque tendría que agacharse y tocar los pies del cliente para tomarle medidas. Tras el baile –todos los vestidos de gala y gastos adyacentes son pagados por Casanova–, doña Ignacia terminará dejándose seducir en un enredo amoroso en el que, para empezar, no cobra, pero envía al novio a por el dinero que el seductor le ha ofrecido. Lo que más horroriza a Casanova, y por lo que jura no volver a pisar nunca más estos lares, es la Inquisición, el poder omnímodo de la iglesia: aquella España era el paraíso de los Rouco Varela, que llevaban control y lista de quienes no se confesaban por Pascua; los párrocos clavaban la lista de sus parroquianos pecadores en la puerta de la iglesia y quedaban excomulgados por algún antepasado de Martínez Camino. Los párrocos anotaban, además, la frecuencia con que sus parroquianos recibían los sacramentos, y daban unos billetes de confesión que así lo declaraban; la picaresca vendía luego esos billetes por una piastra; en casas de las cortesanas eran más caros en cuaresma, costaban dos piastras. Hay episodios divertidos, como la historia de una imagen de la Virgen amamantando a su hijo con “el esplendor del seno” de la iglesia del convento del Espíritu Santo, en la carrera de San Jerónimo, hoy inexistente; la imagen concentraba tal cantidad de devotos, con sus pingües limosnas, que se necesitaban guardias para mantener el buen orden de cocheros y carrozas. Pero un nuevo capellán ordenó ocultar con un velo el virginal pecho, que, según confiesa a Casanova, “turbaba mi fantasía”, incluso sin mirarlo; no le importaba quedarse sin las limosnas. O la del canónigo Pignatelli de Zaragoza, que presidía la Inquisición allí “y que todas las mañanas hacía meter en la cárcel a la alcahueta que le había conseguido la puta con la que la noche anterior había cenado y había pasado la noche. Se despertaba, y tras esa ejecución, iba a confesarse, decía misa, luego comía, el diablo de la carne se apoderaba de él, le buscaban otra ramera, la gozaba y a la mañana siguiente hacía de nuevo lo que había hecho el día anterior”. Los plomos españoles. Dos fueron las detenciones de Casanova en España: la primera en Madrid, delatado por su criado de tener armas; encerrado en el palacio del Buen Retiro, empleado entonces como cárcel y cuarteles, Casanova deja constancia de algunas incomodidades: “Las pulgas, las chinches y los piojos son tres insectos tan comunes en España que han llegado a no molestar a nadie. Los miran como una especie de prójimo”. Sólo estuvo unos días: las altivas cartas que escribe a cuatro ministros hacen su efecto y es el propio conde de Aranda quien se planta delante del Buen Retiro para que se le devuelva la libertad. Más adelante, una indiscreción estúpida sobre el amante del embajador veneciano le cierra las puertas de las principales casas, y, sin dinero ni posibilidad de medro, sale de Madrid, pasa por Zaragoza y llega a Valencia, ciudad desagradable e incómoda, de calles sin pavimentar, sin cafés ni sitios donde poder sentarse a tomar algo, salvo tabernas indecentes de vino detestable. Ahí conoce a una bailarina italiana, Nina, amante de Ambrosio Funes de Villalpando, conde de Ricla, capitán general del principado de Cataluña, algo más tarde ministro de la Guerra. Cuando el obispo de Barcelona permita la vuelta de Nina a esa ciudad, Casanova la sigue; reanuda sus visitas nocturnas a Nina pero no tarda en ser advertido de cómo se las gasta el conde con los amantes de su amante, Casanova hace caso omiso de la advertencia, y a las doce de la noche del 15 de noviembre, al salir de casa de la Nina, es asaltado por dos hombres; logra escapar, pero a las siete de la mañana es detenido con la disculpa de la escasa fiabilidad de su documentación y encerrado en la Ciudadela. Tras seis semanas de estancia en esa cárcel, y una vez reconocidos sus pasaportes, se le dan tres días de plazo para salir de Barcelona y ocho de Cataluña. Pasa Casanova los Pirineos, harto de este país, cuyo futuro dictamina: “¡Pobres españoles! La belleza de su país, la fertilidad y la riqueza son la causa de su pereza, y las minas del Perú y del Potosí son las de su pobreza, de su orgullo y de todos sus prejuicios. Para convertirse en el más floreciente de todos los reinos de la tierra, España tendría necesidad de ser conquistada, zarandeada y casi destruida, y renacería apta para ser la morada de los seres felices”. |
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