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Internacional
Nº 859
7/12/2009
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El presidente brasileño se siente "decepcionado" con su homólogo estadounidense

FIN DE LA 'LUNA DE MIEL' ENTRE LULA Y OBAMA

Lo que había comenzado con halagos y esperanzas expresadas de modo inequívoco, se está transformando en una relación fría, no exenta de cierta tensión. El presidente de Brasil, Luis Inazio Lula da Silva, el primero en ser recibido en la Casa Blanca, tras la asunción del poder por parte de su homólogo estadounidense, Barack Obama, ha pasado paulatinamente de elogiar al nuevo mandatario norteamericano, a distanciarse de sus decisiones, y hasta a criticarlas abiertamente, escenificando una decepción sustentada en la posición de Washington en asuntos como la crisis hondureña, la próxima Conferencia del Clima en Copenhague, la instalación de bases de Estados Unidos en Colombia, el mantenimiento del bloqueo contra Cuba y sus políticas con respecto a Venezuela, Ecuador o Bolivia, o la 'injerencia' en las relaciones del propio Brasil con Irán.

Por A. S.
En tan sólo diez meses, lo que parecía una prometedora y novedosa alianza, el embrión de un eje estratégico Washington-Brasilia, se ha transformado en una relación distanciada y, en las últimas semanas, no exenta de tensión. Tras su toma de posesión, el presidente estadounidense, Barack Obama, invitaba a la Casa Blanca a su homólogo brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva. Se convertía así en el primer mandatario extranjero en ser recibido por el nuevo líder mundial. Obama transmitía un mensaje doble: Estados Unidos volvía a colocar a América Latina en el epicentro de su política internacional, y se reconocía la pujanza de Brasil como referente principal del continente y como potencia emergente, tanto por razones económicas, como demográficas, y también militares.

En esos momentos, Brasilia se deshacía en elogios hacia el flamante presidente del "gigante del Norte", que concitaba una enorme expectación en todo el planeta y, por lo declarado por los dirigentes cariocas, muchas esperanzas en su país. Entonces Lula no se recataba en asegurar que "las políticas para Brasil serán infinitamente mejores con Obama". Expresaba esta confianza porque "Estados Unidos, durante mucho tiempo, tuvo una política equivocada para América Latina. Ahora Obama tiene que mirar al continente con una visión democrática, una visión desarrollista, con la visión de un país importante, como Estados Unidos, que puede ayudar a los países periféricos, sobre todo, de América Central y el Caribe".

De aquellos prometedores comienzos bilaterales surgía pronto, en marzo de este año, el compromiso de un esfuerzo conjunto para colaborar en el impulso de estrategias compartidas en el ámbito internacional. Ambas naciones creaban un grupo de trabajo para preparar la reunión del G-20 en Londres y la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago. En plena marea de confianza mutua, Lula solicitaba a su homólogo del norte que estableciera una nueva relación con América Latina "de confianza y no injerencia", planteándole explícitamente a Obama un acercamiento a Venezuela, Bolivia y Ecuador, el fin del bloqueo y las sanciones contra Cuba, al tiempo que le sugería que dejase la lucha contra el narcotráfico en el subcontinente en manos de los propios Estados y gobiernos latinoamericanos.

Pero nada dura eternamente. En agosto de este año se conocía el acuerdo suscrito en- tre Washington y Bogotá para la instalación de siete nuevas bases militares estadounidenses en territorio colombiano (una vez que el Gobierno ecuatoriano decidía el cierre de la gran base de Manta). Pese a que la versión oficial de Estados Unidos y Colombia asegura que se trata sólo de instalaciones dedicadas a ayudar al Estado colombiano a combatir al narcotráfico, las filtraciones provenientes del propio Pentágono dejaban claro que el objeto final de estas bases militares, de uso exclusivo estadounidense, es la preparación de "operaciones que trasciendan las fronteras colombianas", reservándose sus gestores las "adaptaciones necesarias de las bases donde operará nuestro personal militar y civil" para actuaciones de inteligencia militar sobre los países vecinos.

El acuerdo entre Estados Unidos y Colombia se convertía en el eje central de la reunión de Unasur del pasado 10 de agosto. "No me agrada la idea de bases americanas en Colombia", aseguraba entonces Lula, expresando el sentir general de la inmensa mayoría de las naciones latinoamericanas. La frontal oposición a la instalación de estas siete bases no sólo corría a cargo del Eje Bolivariano –Ecuador, Bolivia y Venezuela (donde ya se están haciendo sentir los efectos, con constantes incidentes fronterizos que están haciendo subir la tensión entre Colombia y Venezuela hasta unos niveles muy peligrosos)–, sino que constituye el sentir general en el subcontinente, tal y como lo expresaba la presidenta chilena, Michelle Bachelet: "La decisión de Colombia afecta a todos los países de Latinoamérica, que están inquietos". El presidente venezolano, Hugo Chávez, sintiendo –no muy desencaminado– este gesto como una amenaza directa, elevaba de inmediato sus protestas, pero Lula no se le quedaba a la zaga en la dureza de su respuesta: "Querido compañero Obama, no necesitamos de las bases estadounidenses en Colombia para combatir el narcotráfico en América del Sur. Nosotros vamos a ocuparnos de combatir el narcotráfico en nuestras fronteras, y tú debes ocuparte de tus consumidores. Así, el mundo queda mejor".
El gesto militarista estadounidense se convertía en la primera causa de divorcio entre EE UU y Brasil, pero no en la última. A principios de noviembre pasado, el presidente brasileño volvía a expresar su decepción con la política exterior de Washington. Haciendo un repaso de las cuestiones relacionadas con Latinoamérica, recordaba que el bloqueo contra Cuba seguía en pie, que la tensión con Venezuela se mantenía en niveles inaceptables: "No sé si los estadounidenses deberían estar preocupados con Chávez, o Chávez con los estadounidenses. Un discurso justifica el otro". Y también, que nada parecía haber cambiado con el cambio de administración en EE UU: "Yo le dije al presidente Obama que estaba dando un paso inicial para establecer una relación más productiva con América Latina. El hecho es que nada ocurrió después de eso, a no ser el golpe de Estado en Honduras".

Precisamente, la cuestión hondureña se ha convertido en otro de los puntos negros en la relación Washington-Brasilia. El mandatario carioca se siente traicionado por losnorteamericanos en esta cuestión. Estados Unidos ignoraba olímpicamente la propuesta de Lula para aplazar las elecciones en el Estado centroamericano, hasta que el presidente depuesto, Miguel Zelaya, fuera reincorporado a su cargo. Por el contrario, el inquilino de la Casa Blanca, contra el criterio de la inmensa mayoría de los países latinoamericanos y de la Unión Europea, daba por bueno el proceso electoral hondureño, celebrado sin las menores garantías democráticas, y reconocía inmediatamente los resultados producidos el 29 de noviembre, en ausencia de observadores internacionales.

No termina aquí el catálogo de 'agravios' y decepciones. La decisión estadounidense de no asumir la propuesta de la Unión Europea para la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera, de cara a la próxima Conferencia del Clima en Copenhague (9 de diciembre), también ha cabreado a Lula. Al enterarse de la oferta de Obama de restringir un 17 por ciento su contaminación, el mandatario brasileño no ocultaba su decepción: "Quizá sea lo máximo que él puede hacer en función de las circunstancias políticas internas, pero está muy por debajo de aquello que es la responsabilidad histórica y el papel de EE UU en este mundo globalizado".

El último desencuentro llegaba en forma de carta. Ante la visita a Brasil del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, el mandatario estadounidense remitía a su colega brasileño una misiva de tres páginas –en un gesto que claramente se asemeja a una injerencia en asuntos internos de otro Estado–en el que le recordaba que "esperamos que todos los países que tienen contacto bilateral con Irán enfaticen las preocupaciones de la comunidad internacional con este país" por su programa nuclear y por su "apoyo al terrorismo y la situación de los Derechos humanos".

Las 'rupturas' de las que queda constancia se hacen por escrito. Lula dejaba claro que apoyaba que Irán desarrollara su programa de enriquecimiento de uranio con fines pacíficos, para que tenga el mismo trato que Brasil, que "tiene un modelo de desarrollo de energía nuclear reconocido por el Organismo Internacional de la Energía Atómica. Aquello que Brasil defiende para nosotros, lo defendemos para los otros". Fin del 'noviazgo'. •

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