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Nº 859 - 7 de diciembre de 2009
Los poderes de Obama

por Santiago Carrillo

La catastrófica gestión de Bush abrió el camino a la sorprendente e ilusionante victoria de Obama. Pero la terrible herencia que ha dejado aquél al nuevo presidente puede ser un lastre fatal.

Porque, a medida que transcurren los meses, van comprobándose las dificultades existentes para salir de los problemas que dejó pendientes la anterior Administración, además de otros que vienen de más lejos y que son una responsabilidad compartida del sistema bipartidista norteamericano. Las complejas estructuras de poder de ese país pueden llegar a ser un freno a los intentos de corrección del pasado.

El presidente de los EE UU tiene mucho poder cuando su política va en la dirección que conviene a los poderes fácticos que han impreso carácter a dicha Administración a lo largo de los años: el complejo militar industrial, el enorme poderío de los servicios secretos, la política de la mayor parte de los grandes medios de comunicación e, incluso, cuanto ha habido de común en la política de los dos grandes partidos que se han alternado en el Gobierno.

Toda esa enorme máquina ha estado orientada a imponer lo que se ha llamado púdicamente el liderazgo mundial, el mundo unipolar, es decir, a garantizar la prepotencia de los EE UU sobre el planeta.

Y cuando llega a la presidencia un hombre consciente de las nuevas realidades mundiales –que se pronuncia por un nuevo tipo de relaciones mundiales, por el multilateralismo, por el respeto a otras culturas y la convivencia, por el desarme nuclear y el predominio de la diplomacia sobre la fuerza, por cambios sociales en el interior de su país–, frente a ese aparato de poder, sus posibilidadesya no son tan grandes. Bush tuvo las mayores facilidades de ese aparato de poder y pudo llegar a provocar dos guerras absurdas sin encontrar resistencia; pudo violar los derechos civiles en su país e incluso en otros sin obstáculos mayores. Pero cuando llega Obama queriendo cambiar, las resistencias surgen por todos lados.

Obama debe sentirse a menudo muy solo en la Casa Blanca. Dadas las características de su partido, ni siquiera estará seguro de que le apoyen los parlamentarios del mismo. Ni tampoco que el partido movilice a las masas en la calle para sostener sus propuestas de cambio.

Lo sucedido con Afganistán, una guerra cuyos efectos para EE UU muchos comparan ya con la de Vietnam, es significativo. Hace tiempo se anunció una ofensiva iniciada con 20.000 hombres del Ejército de Pakistán reforzados por aviación americana que iba a desalojar a los talibanes en la frontera. Al segundo día ya no se habló más de esta operación, lo que indica que debió ser un fracaso.

El Pentágono pidió ya hace semanas que se enviaran 45.000 soldadosa aquel país, además de los 100.000 que ya están allí. Obama se lo ha estado pensando y al final sólo ha aceptado enviar 30.000, rebaja que podría revelar su escepticismo. Tiene todo el aire de una concesión arrancada.

Algo aparentemente menos importante ha pasado con Honduras. En el primer momento EE UU se unió contra el golpe de Estado militar a toda América Latina y a Europa, rompiendo la tradicional política de sostén a las oligarquías del Sur. Pero, de la noche a la mañana, cambio radical: los Estados Unidos apoyan a los golpistas y reconocen un Gobierno y unas elecciones hechas por el Gobierno y el Ejército golpista.

¿Cuál debería ser la posición de Europa ante las dificultades de Obama?

Desde luego, en cuestiones tan graves como la guerra de Afganistán, negarse a aceptar los compromisos que Obama contraiga con los poderes fácticos de su país. Negarse a enviar sus tropas a una derrota anunciada. Quizá, en el fondo, ésta sea la única manera de apoyarle de verdad a imponer el golpe de timón para el que fue elegido por su pueblo.•

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