César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura
"COMO MINISTRO,
SOBREPASÉ MI DEBER"
Virgilio, Joyce, Lampedusa, Visconti o Antonioni son algunos de los escritores y
artistas que acompañan a César Antonio Molina en su viaje hacia el pasado en Lugares donde se calma el dolor (Destino). Este libro también tiene una parte en la
que el ex director del Instituto Cervantes transita libremente, sin referencias, por su
propio devenir. Molina, quien fue ministro de Cultura durante dos años hasta el
pasado mes de abril, abandonó su escaño de diputado en septiembre. Siempre
entendió su paso por la política como un deber temporal y, en su opinión, hizo "más
de lo que se podía hacer" y "en el menor tiempo posible".
Por Luis Marchal
Une grandes pasiones como la literatura, la pintura, la música y el cine en Lugares donde se calma el dolor.
—Es un libro que se escribe después de una vida dedicada a la cultura y llena de viajes por todo el mundo. Es como un compendio de muchas lecturas, de muchas visitas a museos y exposiciones, de un conocimiento bastante grande del cine y de otras muchas pasiones.
—¿Es una guía espiritual cargada de cultura?
—No se podría escribir si uno no hubiera ya cumplido los 50. Es un libro de la experiencia, del saber, del conocimiento, de la arqueología, de la historia, de lo oído y de lo visto. No veo el pasado como algo ajeno, sino como algo contemporáneo.
—¿Usted busca el pasado para meditar sobre el presente?
—El pasado es contemporáneo de nosotros y el futuro no existe. Sólo existe el presente. Convivimos con el pasado y dialogamos con lo que nos ha llegado. Las obras de los escritores y filósofos del pasado, que yo nombro en el libro, han permanecido porque son intemporales. Estamos en un siglo en el que llevamos a nuestras espaldas muchos miles de años y somos partícipes de todos ellos. Nuestra civilización es un palimpsesto, es como una excavación arqueológica donde hay cientos y cientos de estratos que nos sirven para hacer el mapa de esa geografía cultural.
—¿Esos miles de años pesan?
—Son el reflejo de que el ser humano sigue haciéndose las mismas preguntas y sigue tratando de responderlas. Son muy complejas, sobre la existencia y sobre el destino del hombre. Es curioso, sabemos más sobre el final de la obra que sobre el principio. Es como si una novela empezara por el desenlace.
—¿El desenlace es la muerte?
—Por supuesto. Aunque además es el destino final. Es un poco explicar la motivación del existir. Nadie ha logrado hacerlo. De lo contrario, no existirían ni la literatura ni la filosofía ni la creación. Precisamente, la creación artística está movida por esa inquietud del final.
—¿Qué lugares, de los que habla en el libro, le conmueven más?
—Todos tienen sus características propias y originales. Me he sentido muy bien bajo la columna de San Simeón el Estilita, en el desierto pétreo de Siria; bajo los pinos de algún templo de China, donde la gente ataba a las ramas sus deseos; o en la India, cruzándome con los jainistas, que casi desnudos pasean sin rumbo por las ciudades y campos.
—Hay muchas ciudades italianas en Lugares donde se calma el dolor. Incluso, parece que le gustaría reencarnarse en italiano.
—Me gustaría reencarnarme en Dante, en Petrarca, en Leopardi, en Quasimodo,... Italia siempre ha estado presente en mi vida. He pasado grandes temporadas allí y lo considero como un país propio. Así se me ha reconocido hace poco, con la condecoración de Caballero de la Gran Cruz de la Orden al Mérito de la República Italiana, concedida por el presidente Giorgio Napolitano. Italia es el origen de nuestra cultura. Nuestra lengua procede de allí, del latín. Nuestros artistas, nuestros escritores, nuestros arquitectos y nuestros músicos siempre pasaron por Italia. Velázquez, Goya o Cervantes no se entienden sin este país. Lo único que he hecho es tomarlos a ellos como ejemplo y seguir su camino.
—De España, sólo habla del Palacio de la Trinidad, sede del Instituto Cervantes.
—España está en los tomos anteriores de mis memorias de ficción –Vivir sin ser visto, Regresar a donde no estuvimos y Esperando a los años que no vuelven–. Mi referencia al Palacio de la Trinidad en esta ocasión es por-que allí se produjo esa ilusión infantil que tiene todo niño de descubrir un tesoro alguna vez en su vida: ese Georges de la Tour maravilloso, que representa nada menos que a San Jerónimo, el patrón de los escritores y de los traductores. Pensé que era un cuadro importante al verlo en la sede del Cervantes y es uno de los 50 únicos cuadros que hay de De la Tour en todo el mundo. San Jerónimo se ha salvado de un lugar en el que lo veían muy pocas personas y está ahora colgado en el Museo del Prado.
—¿La virtud debe desearse más que el premio a esa virtud?
—Sí. A mí el premio me da igual. Creo en el trabajo y en el deber. Siempre he tenido esa máxima de Nelson a sus soldados que dice que "Inglaterra espera que cada uno cumpla con su deber". Yo he cumplido siempre con el mío.
—Como ministro, ¿cumplió con su deber?
—Creo que sobrepasé mi deber, hice más de lo que se podía hacer, en el menor tiempo posible. Traté de tener un ministerio fuerte, con una importancia de nuestra cultura en el mundo; liderar a los países iberoamericanos; estar muy presente en Bruselas; y llevar la imagen de España, que es la de la cultura. Estoy tremendamente satisfecho y orgulloso tanto de mi labor como de la de mi equipo, al igual que en el Instituto Cervantes. Así lo he visto reconocido por la opinión pública.
—Declara que "en el menor tiempo posible", ¿le habría gustado que hubiera sido más tiempo?
—Siempre hay que hacerlo bien y en el menor tiempo posible. La política está condicionada por la temporalidad de los cargos. Pasa como con la vida, nadie puede pensar que va a vivir 100 años y esperar a hacer las cosas pensando en ese tiempo.
—¿Qué es para usted la política, ahora que la ha abandonado?
—Es el servicio a tus conciudadanos, que en mi caso siempre lo consideré temporal. Yo he sido un profesional de la cultura, llevado a la política. En la política debería haber más profesionales y quizá menos políticos.
—El Gobierno actual de José Luis Rodríguez Zapatero es sobre todo técnico, ¿echa de menos más profesionales?
—De esas cosas, ya no opino.
—¿Por esa temporalidad renunció a su escaño de diputado en septiembre?
—Antes de pilotar el Cervantes había dirigido el Círculo de Bellas Artes, había sido director adjunto de periódicos y revistas, ya era profesor universitario y ya era doctor. Yo fui ala política con dote, que es mi trabajo. No se me dio ningún cometido en el Parlamento y siempre he querido ser una persona útil a mi sociedad. Por lo tanto, pensé que tenía que seguir mi camino en la Universidad, con mis libros y con mis conferencias. Con Lugares donde se calma el dolor hago también una labor a favor de nuestra literatura, de nuestra cultura y de nuestro saber.
—De sus palabras se concluye que no hay crítica a Zapatero en su retirada de la política, como algunos sectores sí han interpretado.
—Llamé al presidente y hablamos durante bastante rato. Estuvo muy afectuoso conmigo. Entendió perfectamente que si uno es un profesional tiene derecho a volver a su profesión. No podía estar en el Parlamento, siendo una persona de la cultura, sin poder estar en la Comisión de Cultura. Era un gasto inútil para el Estado y un gasto inútil, físico y mental para mí.
—En su libro usted hace constantes referencias al cine. ¿Qué sentimiento le provoca haber sido sustituido en la cartera de Cultura por una cineasta como Ángeles González-Sinde?
—Uno es sustituido por otra persona siempre. El cine ha sido una de mis grandes pasiones. Soy un gran conocedor, he hecho mucha crítica de cine y todos mis libros están llenos de referencias a él. Me he criado con Visconti, con Pasolini, con Fellini, con Godard, con Ford, con Huston, con Buñuel y cientos y cientos. He visto miles de películas y traté de ayudar al cine español de una manera equitativa como a los pintores y a los escritores.
—Por cierto, ¿se ha marchado un siglo literario con la muerte de Francisco Ayala?
—Los primeros días de noviembre fueron malos con su muerte y la del actor José Luis López Vázquez. Ayala fue un gran maestro y un gran amigo durante más de 20 años. Lo acompañaba mucho al cine. Una de las últimas películas que vimos juntos fue Napoleón, de Abel Gance. De alguna manera, sí se ha marchado un siglo literario. Era un símbolo, había sido un intelectual comprometido con la República. Asistí a los actos de su centenario como ministro. Una de las primeras cosas que hice al entrar en el Gobierno fue ir a verlo y decirle que la cultura española estaba representada en él y que yo asumía su delegación. •
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