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Nº 844 - 20 de julio de 2009

Víctor Hugo en la calle de Hortaleza

 

En la calle del Clavel de Madrid, semiesquina con la calle de la Reina, a pocos pasos de la Gran Vía y sobre la fachada de un edificio levantado poco antes de la Guerra Civil, el Ayuntamiento madrileño ha colocado una placa metálica en la cual se informa de que en aquel lugar vivió Víctor Hugo.

En efecto, allí, pero con entrada por la calle de la Reina, estaba, al inicio del siglo XIX, el Palacio Masserano, que fue requisado por José Bonaparte en beneficio de su general más querido, Léopold Hugo, al que había hecho Conde de Sigüenza. Pero la llegada a Madrid de la esposa del general y de sus hijos (Abel, Eugéne y Víctor), en junio de 1811, no fue del agrado del general Hugo, que se encontraba en tierras de Guadalajara persiguiendo, inútilmente, al Empecinado.

Léopold Hugo, nacido en Nancy, militar y masón, se había casado en París (1797) con Sophie –de soltera Trébuchet– cuando ambos tenían veinticuatro años, pero no habían formado un matrimonio ni estable ni convencional. Cuando la esposa se presentó en Madrid con los niños, tras un larguísimo viaje desde París –duró casi tres meses– lleno de dificultades provocadas por la guerra de guerrillas en curso, el general Léopold Hugo montó en cólera y presentó una demanda de divorcio contra Sophie. Once páginas en castellano donde lo más suave que allí se denuncia es el "carácter inflexible de la esposa" y se propone "retirar a esta perniciosa mujer el cuidado de sus tres niños para internarlos en una casa de educación".

La pasión amorosa entre Sophie y Léopold había desaparecido tiempoatrás, pero el enfado del general Hugo provenía, seguramente, de su propio concubinato con Catherine Thomas, a quien se había traído a Madrid desde Nápoles y junto a la cual se exhibía.

Sophie viajó hasta Nápoles para recoger a sus hijos y volvió con ellos a París. Allí vivieron con su madre, las criadas... y con Víctor Fanneau de Lahorie, general de la Revolución distanciado de los Bonaparte desde que Napoleón se hizo coronar Emperador. Lahorie, amigo y valedor de Léopold Hugo, fue el padrino del futuro escritor, a quien pusieron Víctor en su honor.

Las disensiones políticas con el Emperador, contra quien Lahorie conspiraba, habían convertido a éste en un fugitivo, acosado por Fouché, el eterno jefe de la Policía política. Entre Sophie y Víctor Lahorie se había establecido una mutua devoción, pero no existen pruebas fehacientes de que Lahorie y Sophie fueran amantes.

Lahorie ocupaba en la finca de los Hugo, en Feuillantines, una pequeña casa de jardinero y los hijos de Sophie lo adoraban.

Cuando Fouché cayó, temporalmente, en desgracia y Napoleón nombró para sustituirlo a Savary, éste tendió una trampa a Víctor Lahorie, haciéndole salir de su escondite para tomarlo preso, y lo hizo delante de los hijos de Sophie. Según contó muchos años después Adéle Hugo, la hija de Víctor, fue ése uno de los acontecimientos que más marcaron a su padre, quien escribiría: "No ha sido en vano que haya tenido en mi cabeza, desde muy niño, la sombra del proscrito, y que escuchara entonces la voz de quien esperaba la muerte pronunciando la palabra que representa el derecho y el deber: libertad".

La detención de Lahorie y su presidio posterior colocó a Sophie en una situación delicada, pues la policía política podía acusarla de encubridora o de cómplice, al menos, eso pensó ella y eso la impulsó a trasladarse a España, donde se reencontró con un esposo nada hospitalario.

José Bonaparte no estaba dispuesto a que su mariscal de campo promoviera un escándalo en su corte. Un escándalo que podía dar alas ultracatólicas a las gentes madrileñas que ya lo detestaban, entre otras razones, por "revolucionario".

El 30 de enero de 1812, el rey José escribió una carta al general Hugo: "No os lo oculto. Está en mi voluntad que no deis un ejemplo escandaloso al negaros a convivir con madame Hugo, como cabe esperar de un hombre de vuestra calidad... Prefiero vuestra marcha al espectáculo que ofrece vuestra familia desde hace meses".

Parece ser que el general Léopold Hugo no sólo se exhibía públicamente con Catherine, su amante, también se hacía acompañar en el Paseo del Prado junto a ella por sus hijos, los niños Hugo, en una calesa descubierta. Pero el matrimonio, sin deshacerse formalmente gracias a la intervención del rey José, ya no se recompuso. Eugéne y Víctor volverían a Francia con su madre, mientras que Abel, el mayor, se quedaría en Madrid como paje del rey. José Bonaparte enviaría el sobresueldo al que, como mayordomo de palacio, tenía derecho Léopold Hugo, directamente a Sophie, una especie de pensión. Pero a Sophie y a sus dos hijos no tardarían en seguirlos hacia Francia las tropas francesas derrotadas en España.

El general Hugo no se divorció de su esposa en España, pero sí colocó a sus tres hijos en el internado que los Escolapios tenían en el colegio de San Antón, en la madrileña callede Hortaleza, que los ocupantes franceses habían convertido en un "seminario de nobles", ocupado apenas por una veintena de muchachos, cuando antes de la invasión napoleónica se atendía allí a quinientos pupilos.

A la cabeza del colegio estaban en San Antón dos escolapios: don Basilio, un enteco profesor de Latín, y su adjunto, el regordete don Manuel. Antes de terminar el año, Abel Hugo, el hermano mayor, como ya se ha dicho, saldrá del internado apara ocupar su puesto en el Palacio de Oriente como paje del rey, pero Eugéne y Víctor seguirán allí todo el curso, sometidos a una estricta disciplina. Diana a las seis de la mañana e inmediatamente después, abluciones con agua casi helada, luego misa, de la que los hermanos Hugo se librarían porque su madre mintió, declarándoles protestantes. Más tarde, el desayuno (chocolate con churros). Clases y un almuerzo a base de cocido. Después de la siesta, hora y media de clase (Matemáticas y Latín), una hora de recreo, vuelta a clase y a las ocho de la tarde rosario, una cena frugal (ensalada y frutas) y a las nueve en la cama.

No parece que esta disciplina molestara mucho al niño Víctor Hugo,a quien sí afectaba la soledad impuesta, la separación de su madre, a pesar de que ésta iba a visitar a sus hijos cuanto podía. En "Ruy Blas", la obra madrileña que escribiría mucho después Víctor Hugo, la desdichada reina, como la madre del autor: "va cada día a visitar a las monjas del Rosario. Ya sabes, subiendo la calle de Hortaleza". Víctor conservaría durante toda su vida algunas de las costumbres adquiridas en San Antón, como la de lavarse cada mañana con agua fría o la de rezar, él, tan anticlerical, antes de las comidas.

Las obras de Víctor Hugo están llenas de recuerdos de esa España que conoció cuando era un niño, incluidas las corridas de toros. Cincuenta años después de su estancia en España, Víctor describiría un desfile de las tropas francesas por la calle de Hortaleza: "Mientras los soldados pasaban bajo nuestro balcón, don Manuel se inclinó sobre la oreja de don Basilio y le dijo: Ahí va Voltaire, desfilando".

Quizá por eso, los escolapios, con quienes yo estudié el bachillerato, jamás nos mencionaron como antiguo alumno a quien había sido el más notable de todos ellos: Víctor Hugo.•

por Joaquín Leguina

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