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Nº 844 - 20 de julio de 2009

Cristina García Rodero, fotógrafa


"PREFIERO RETRATAR A LA GENTE QUE NUNCA ES NOTICIA"

Lleva 35 años entre cámaras, negativos y sales de plata. La castellano-manchega Cristina García Rodero fue la primera mujer Premio Nacional de Fotografía en 1996 y en el pasado mes de junio se convirtió en el primer miembro español que forma parte de la cooperativa de Magnum, la agencia de agencias. No oculta su emoción por culminar un proceso que empezó en 2005. Su vida es un "torbellino de ir de acá para allá", tal y como dice ella misma. Ahora se encuentra en México, por lo que esta entrevista tuvo que ser realizada por teléfono y a las tres de la madrugada
(hora española), en uno de sus pocos descansos. Su obra va más allá de la actualidad; es documentalista, independiente y clásica. La ha sintetizado en Entre el cielo y la tierra. Sus antiguos alumnos de la Facultad de Bellas Artes, en Madrid, afirman que "nada hará que pare de fotografiar".

Por L. M.

Qué se siente al ser el primer español que ingresa en la prestigiosa Agencia de Fotografía Magnum, fundada en 1947 por Robert Capa y Henri Cartier-Bresson, entre otros?
—Siento ilusión por estar con sabios de la fotografía. Es un honor. Había un vacío con respecto a España. Me alegro mucho de que hayan permitido entrar a una mujer que sea española.

—De hecho, es una de las cuatro mujeres miembro de Magnum.
—Vive Eve Arnold, pero ya es muy mayor. En la agencia están Martine Franck, que es la esposa de Cartier-Bresson; Susan Meiselas y Lise Sarfati.

—¿La fotografía es una profesión de hombres?
—No, en absoluto. Es una profesión de aquel que tenga vocación, sensibilidad y ganas de contar historias. Da lo mismo ser hombre que ser mujer. Aunque es verdad que el reporterismo es una profesión físicamente dura y que en Magnum son exigentes.

—Precisamente, usted en alguna ocasiónha dicho que hacer fotos técnicamente correctas es fácil, que lo difícil es tener algo que contar.
—La técnica es siempre importante. Uno tiene que saber cómo poder hacer las cosas. Si no partes de esa técnica, es difícil que después te puedas expresar. Pero, si sólo tienes técnica y no sabes qué contar, pues te sirve de poco. En mi caso, pretendo contar historias que emocionen a la gente y que hablen del tiempo en el que vivo.

—Le encanta fotografiar fiestas populares, ritos y costumbres.
—Comencé por España, a finales de 1973. Me quedé sorprendida de la riqueza cultural que teníamos. He escogido la cultura y las distintas formas de vida.

—¿Se puede decir que usted es una de las personas que se sienten más cómodas fotografiando esas fiestas populares de España?
—Me he sentido muy a gusto; porque la fiesta es una explosión de vitalidad, de alegría, de generosidad y de gente en la calle. Después de España oculta, llegó España, fiestas y ritos. Como yo, hay otros fotógrafos. No he sido la única. Hemos compartido conocimientos y, a veces, hemos viajado juntos. Quizá, he sido la más testaruda y la que más tiempo ha trabajado sobre esto.

—Según Gervasio Sánchez, como usted nunca tenía donde dormir cuando viajaba hasta pueblos insignificantes, se preparaba una cama entre el asiento trasero y el maletero de su pequeño coche.
—En 1973, llegaba a los pueblos y en numerosas ocasiones no había donde hospedarse. Una vez pasé como cuatro horas buscando un sitio donde dormir y terminé en una estación, tapándome con un mapa de carreteras. Dije que no me volvería a faltar un sitio donde poder descansar. Mi coche me lo compré midiendo el maletero.

—¿Cómo se encuentra ahora la "España oculta"?
—España ha cambiado muchísimo. La economía y la democracia han sido dos factores fundamentales para el cambio de España.

—¿Qué somos los españoles desde el punto de vista de su cámara?
—Tenemos sentido del humor, somos vitales. Somos un país alegre.

—En estos momentos de crisis económica, ¿percibe menos alegría?
—La alegría no se ha ido. Pero hay una gran preocupación. Por supuesto, habrán perdido la alegría las personas que se hayan quedado sin trabajo. Junto a la salud, una de las cosas más importantes es poder vivir de tu trabajo.

—¿España se le ha quedado pequeña?
—No se me ha quedado pequeña, pero fueron 18 años dedicados exclusivamente a España. Tengo curiosidad por conocer el mundo y quiero fotografiar también otros lugares. Lo primero es empezar por lo que tienes cerca y por comprender aquello donde vives.

—Ahora se encuentra en México.
—Aquí expuse hace años Rituales en Haití. Como gustó mucho, me han llamado para formar parte de un jurado (del proyecto de cultura popular El México de los mexicanos). La primera vez fue en 1983 e hice mi primera exposición de fotografía individual. Desde aquí, me iré a Cuba y posiblemente volveré a Haití. Regresaré a España en agosto.

—¿Por qué la actualidad "no es el motivo" que le hace actuar?
—Porque los políticos no me interesan para nada. Para fotografiar necesito emocionarme y no me emociono viendo a un político. Lo admiraré o lo criticaré, pero no me produce emoción. Prefiero retratar a la gente sencilla y anónima, que nunca es noticia, pero que hace el día a día de un país. Algunas veces, la actualidad y yo hemos coincidido en intereses. A veces, no he tenido el carné necesario o los medios para poder acceder a los sitios donde me hubiera gustado estar. Hablemos de la vida. Es lo que más me interesa.

—¿Qué es lo que más le ha costado fotografiar?
—El dolor. Igualmente me cuesta mucho fotografiar la violencia.

—No obstante, el año pasado estuvo en la guerra de Georgia.
—Estaba de vacaciones en Grecia, pero estalló la guerra de Georgia y no aguanté. Llegué al séptimo día.
—A pesar de que no suele cubrir guerras.

—No quiero ir a guerras. He escogido las fiestas porque quiero ver feliz a la gente. Ver cómo se divierte y disfruta. Estuve en Georgia con Médicos sin Fronteras en 1995, cuando acababa de pasar por una guerra civil. Fue un país al que tomé muchísimo cariño. Cuando volvió otra vez a estar en guerra, no me era indiferente. No podía soportar estar dándome baños en el Mediterráneo mientras ocurría lo que estaba ocurriendo. También estuve con los albano-kosovares en 1999, cuando los serbios comenzaron a echarlos.

—¿Le ha creado en alguna ocasión, especialmente en estos conflictos, inseguridad el ser mujer?
—Cuando era más jovencita e iba sola, a veces sentía miedo. Como es tu día a día, lo vas perdiendo realmente. Cada día es un esfuerzo por resolver situaciones y te vas adecuando a ello. Intentas no tener miedo, porque éste siempre paraliza. Son pequeñas victorias.

—En determinadas ocasiones, ¿ser mujer ha sido una ventaja para su profesión?
—Es más difícil tener miedo a una mujer que es pequeñita y agradable que a un hombre con barba y que es cuadrado. Ha sido un arma de doble filo. Por una parte, me ha hecho sentirme más frágil. Por otra, me ha hecho sentirme más cercana a la gente.

—Algunos de sus colegas halagan que usted casi siempre pasa inadvertida mientras toma una instantánea.
—Lo mejor es compartir con la gente las cosas. Estar tiempo con ellos, hablarles y que te vean. Entonces, se acostumbran a ti. Lo mejor de la fotografía es que te acepten y que no te posen para la cámara.

—¿Lo digital le ha ayudado a pasar inadvertida?
—La primera cámara digital que compré fue porque tenía unos problemas muy grandes de luz. Estaba trabajando sobre un culto a María Lionza. La mayoría de los rituales se hacían por la noche y algunos se alumbraban con pequeñas velas. Pasaban corriendo sobre brasas ardiendo. No llegaba la luz a las personas y tienen pavor al flash. Entran en trance y temen que con el flash les puedan dejar en ese estado continuo de trance. Lo digital me ha permitido sacar imágenes que antes, con lo analógico, era imposible.

—Como es tan cercana a la gente, le han llegado a robar material fotográfico y luego los propios lugareños le han ayudado a salir de la situación.
—El que me roben no es por ser cercana a la gente. Es que soy confiada y además despistada. Viajo cargada, por lo que es fácil robarme. Siempre digo que soy un bombón para los ladrones. En Haití, por ejemplo, me robaron y la gente me ayudó. En las procesiones, muchas personas me iban cerrando los bolsillos del chaleco y las cremalleras de las bolsas. La gente me ha cuidado.

—¿Qué ha sacrificado por la fotografía?
—Sobre todo el descanso, y poder estar más tiempo con las personas queridas.

—Por cierto, sufrió una enfermedad de la vista, que le amenazó con perder la visión, ¿cómo canalizó este problema a través de la fotografía?
—Mi enfermedad fue autoinmune, del tiroides. Pasé años malos. Nunca dejé de fotografiar. Veía doble, veía a las personas caminando por el cielo; pero por fortuna ya todo acabó. Si hubiera atendido la dolencia desde el inicio, todo habría sido más sencillo. Estaba tan preocupada trabajando que no escuché mi cuerpo. Enfermar es un lujo para mí, porque voy a países en los que no sé qué me va a ocurrir. •


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