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| Nº 842 - 6 de julio de 2009 |
El final de una ilusión
Existe en la política una norma no escrita que prohíbe: 1) hablar palio de la luz crepuscular, que se publicará en breve y en la cual del pasado y b) ajustar cuentas. Como no estoy de acuerdo con hablo del pasado y ajusto cuentas con otros y conmigo mismo. Lo las prohibiciones, he escrito una novela autobiográfica: Bajo el que sigue es un pasaje de esa novela. Ya fuera por las prisas por afianzar su liderazgo, ya fuera a causa de la pulsión freudiana de matar al padre, el caso es que una buena mañana de lunes (día de la semana en que se reunía la Ejecutiva) de 1997 Joaquín Almunia nos sorprendió con una ocurrencia: la de convocar una elección interna para, mediante el voto directo de los afiliados, elegir al candidato que encabezaría las listas del partido en las próximas elecciones generales. En aquella reunión no se nos dio ocasión de opinar, se nos impuso aquella iniciativa –a todas luces irregular, pues no estaba prevista en los estatutos– que fue recibida por los medios de comunicación con grandes alharacas de aprobación, no en balde se les ofrecía un largo periodo de entretenimientos. Por su parte, el PP recibió la noticia con la sonrisa de quien espera contemplar un destrozo en las filas del adversario. No he conseguido averiguar si la ocurrencia nació en la mente de algún asesor o salió motu proprio de la cabeza de Joaquín Almunia, hombre que –por otro lado– tiene bien ganada fama de reflexivo y de discreto. José Borrell vio la ocasión propicia, se lanzó al ruedo, encandiló a la gente... y ganó la elección contra "el aparato". Un "aparato" que nunca mereció tal nombre porque Almunia puso su candidatura para la elección interna en manos de unosaficionados bastante incompetentes, y así nos lució el pelo. Si hubiera existido un "aparato" de verdad, Borrellphotoshop drivers no hubiera ganado, porque nunca se hubieran celebrado unas elecciones internas con tanto riesgo para el mando. La noche de la derrota, mientras nos lamíamos las heridas en la sede de la calle Ferraz, Juan Manuel Eguiagaray pronunció una sentencia certera: "éste es el final de nuestra generación", dijo, y, en efecto, así fue, pero fue una muerte lenta, y no precisamente la solicitada por Brassens ("morir de amor, pero de muerte lenta"). Almunia quiso dimitir aquella misma noche, pero Borrell le pidió que se quedara. Joaquín aceptó y aquello fue un error y también un horror. Así comenzó lo que se vino a denominar bicefalia, con Almunia de secretario general y Borrell de candidato. Y pronto se pudo comprobar que aquel vehículo sólo funcionaba con la marcha atrás puesta. Con la llegada del candidato, la sede de la calle Ferraz se llenó de prisas. En lo tocante a mi Secretaría, me pidieron múltiples reuniones con "gente de la cultura". Baños de popularidad del candidato que de nada sirvieron. Pepe Borrell se llevó el primer tropezón cuando, convencido de su propia superioridad dialéctica respecto a José María Aznar, se enfrentó a él en el Parlamento con ocasión de un debate de los que la prensaviene llamando "estado de la Nación". Aznar realizó su intervención inicial cansino y aburrido (lo hacía siempre así, y lo hacía premeditadamente, a fin de que quienes cargaran con el debate fueran otros, reservándose para el turno de réplica, en el cual el Gobierno siempre tiene ventaja) y cuando Borrell salió a la tribuna, los diputados del PP, simplemente, no le dejaron hablar. Montaron un guirigay que el presidente, Federico Trillo, no pudo o no quiso atajar. Borrell, que no venía preparado para la tangana, no supo cómo hincarle el diente a los hooligans y acabó por perder los papeles. Alguien tendría que haberle informado de que los millones de personas que lo estaban viendo y escuchando a través de las televisiones y de las radios no oían los gritos de sus adversarios (los servicios de la Cámara eliminan los ruidos hacia el exterior, dejando nítida la voz de quien ocupa la tribuna), pero esos mismos espectadores sí veían sus titubeos y sus protestas. Fueron meses de confusión interna... hasta que llegó lo peor: se descubrió que dos funcionarios de Hacienda que habían sido colaboradores de Borrell cuando éste era secretario de Estado de aquel Ministerio (colaboradores empeñados, seguramente, en acabar con el fraude fiscal a base de sentar en el banquillo, por ejemplo, a Lola Flores) se habían llevado a un paraíso fiscal unas abultadas bolsas de plástico llenasde billetes, dinero procedente de varias coimas obtenidas en sus nuevos destinos en Barcelona. Acosado por ello, Pepe Borrell -que no sabía nada del asunto- decidió dimitir... y quienes lo habían acompañado formando parte de su gabinete no tardaron en lanzar la especie de que aquel embrollo de las bolsas llenas de dinero había salido a la luz pública a impulsos del "aparato", lo cual, hasta donde yo sé, era mentira. Siendo yo miembro de la Ejecutiva Federal y contando con el apoyo de la Ejecutiva de la FSM, a cuyo frente estaba Jaime Lissavetzky, teniendo, además, buena prensa y ganas de triunfo, pensé, ingenuamente, que no tendría problemas para, encabezando la candidatura socialista, reconquistar la Alcaldía de la capital, cuyo alcalde era Álvarez del Manzano, quien, como candidato del PP en las próximas elecciones de 1999, era asequible, o al menos eso decían las encuestas. Es más, pensé que Pepe Borrell, de cuya amistad personal no dudaba, me avalaría... pero me equivoqué: en cuanto anuncié mi candidatura, quienes giraban en torno al "candidato" -incluidas las disminuidas huestes de Izquierda Socialista y los siempre resistentes guerristas- se pusieron a buscar a una persona "de relumbrón" que me disputara la primogenitura o, quizás, tan sólo un plato de lentejas... y la encontraron: el ex-ministro de Exteriores Fernando Morán, quien acababa de cumplir los setenta y dos años. "La misma edad que Paul Newman y más joven que Churchill cuando ganó sus últimas elecciones", - aclaró el hombre, cuando algún periodista mal educado le preguntó por la edad. Aunque mis adversarios se desentendieron de cualquier proyecto municipal y huyeron de un posible debate conmigo, sí hicieron bien las cuentas y cuando contrastaron que tenían perdida la partida se dedicaron a "convencer" a un jefe de facción, quien por entonces formaba parte de la Ejecutiva madrileña. Era aquella una cuadrilla de arribistas a cuyo frente movía el rabo con gran autoridad sobre su tropa un tal José Luis Balbás, quien una vez "convencido" para que apoyara a Fernando Morán siguió fingiéndome lealtad hasta que el sábado por la tarde, víspera de la elección, dio la orden de cambiar de chaqueta y consiguió -aunque por muy poco- volcar la elección en mi contra. Quise conocer cómo se había producido la conversión de aquel Saulo camino de Damasco y quién le había hecho la "oferta que no pudo rechazar" y, dado que tenía -y tengo- amigos entre los guerristas y también entre los de Izquierda Socialista, conseguí saber los detalles del enjuague. Resulta que Borrell, en su afán de sumar peras y manzanas, había "recuperado" para su causa a un buen puñado de catalanistas del PSC, partido al que él pertenecía como diputado que era por Barcelona. Borrell ha sido -y supongo que lo sigue siendo- más jacobino que federalista y, desde luego, detestaba los nacionalismos en todas sus expresiones, pero eso no impidió que acogiera en su entorno a un personaje como Miguel Iceta, profesional de la política desde su temprana militancia en las Juventudes Socialistas y que era ya el paradigma de lo que había de venir después: no haber cotizado nunca a la Seguridad Social fuera del partido y haberse destetado mientras aprendía todas las triquiñuelas internas. Quien había sido su jefe, Narcís Serra, decía de él que tenía una lealtad con una fecha de caducidad más limitada que la de los yogures. Fue Iceta quien se entrevistó con Balbás para comunicarle que el "candidato" sabría recompensar cualquier apoyo que me dejara fuera de juego y a eso añadió el argumento definitivo: "A Borrell -anunció- le vendría muy mal que Leguina fuera alcalde de Madrid, además de tener que soportar en Barcelona a Pascual Maragall". Vamos, que era preciso cortar el árbol para que no diera sombra. Cuando me lo contaron me costó creerlo y sólo se me ocurrió decirle a mi informante: "Con procedimientos así, Napoleón no hubiera pasado de teniente"... y, en efecto, la vida de Borrell como candidato socialista a la Presidencia del Gobierno se extinguió -ya lo he escrito- un par de meses después de que ocurrieran estos hechos. No mentiré diciendo que me lo tomé con filosofía, no. Me sentó fatal y poco consuelo obtuve al contemplar desde la barrera el revolcón que Álvarez del Manzano le propinó a Morán en las urnas. Ya se vio que la cosa no iría bien cuando, nada más comenzar la campaña electoral, un periodista malintencionado le preguntó al candidato socialista a la Alcaldía en cuántos distritos municipales estaba dividida la villa de Madrid y, como no acertó con el número, el periodista volvió a la carga y quiso saber si el ex-ministro había estado alguna vez en Entrevías. Todo el mundo supo, al oír la respuesta, que el aspirante socialista no sabía de qué vías le estaban hablando. Me tragué el sapo, no sin amargura, comprobando que el patriotismo de partido se viene abajo con gran facilidad y estrépito. En efecto, mis enemigos internos, conscientes de que con Morán irían a la derrota, prefirieron perder ante el PP a darle cancha a un "renovador de la Ejecutiva de Joaquín Almunia". Churchill lo había señalado muchos años antes a propósito de las quejas de uno de sus ministros, el cual, señalando a los bancos laboristas, había dicho: "Mis enemigos me odian". "Se equivoca usted -le corrigió Churchill-, ésos que se sientan enfrente son sus adversarios; sus enemigos, quienes de verdad le odian, los tiene sentados detrás de usted y son los nuestros".• por Joaquín Leguina |
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