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Nº 840 - 22/6/2009

José Miguel Ortí Bordás, autor de 'La Transición desde dentro'


"SUÁREZ NO TRAICIONÓ AL FRANQUISMO,

FUE FIEL A SU TIEMPO"


Es el único español en la historia de la democracia actual que ha conseguido un acta de diputado —en 1977— sin haber formado parte de la lista de un partido. El reformista José Miguel Ortí Bordás rememora su paso por la política en La
Transición desde dentro (Planeta). En él, no esquiva hablar de su etapa en el franquismo, en el que llegó a ser vicesecretario general del Movimiento. También explica que, como el eje fundamental de su posición política era "el centrismo", se
acabó integrando en el Grupo Parlamentario de Unión de Centro Democrático (UCD). Años después, Manuel Fraga lo introdujo en Alianza Popular (AP), luego Partido Popular (PP). Precisamente, Ortí Bordás, ya jubilado, ve a Fraga como "un
buen ejemplo de político vocacional".

Por Luis Marchal

Fue usted el eterno ministrable.
—Ciertamente. Una vez publicado el libro, me han confirmado que todos estaban seguros de que yo iba a formar parte del primer Gobierno del Rey.

—Además, puede que Jordi Pujol le quitara la oportunidad de ser presidente del Senado cuando llegó José María Aznar al poder.
—No sé realmente por qué no fui presidente del Senado. Entonces, era el portavoz del Grupo Popular en la Cámara Alta. Entiendo que pude ser objeto de la oposición del Grupo Parlamentario de Convergéncia i Unió y, en definitiva, de Pujol.

—En La Transición desde dentro, queda patente la admiración que siente por Fraga.
—Es un buen ejemplo de político vocacional. El inicio de mi actividad política coincide con el conocimiento de dos personas que luego han sido muy importantes en la historia política de España. Uno de ellos es Fraga, a quien yo conocí siendo estudiante. El otro es Torcuato Fernández Miranda.

—¿A su juicio, Fernández Miranda tenía ambición política?
—Evidentemente. Lo que no tuvo nunca, y eso le honró muchísimo, fue codicia. Fernández Miranda alcanzó, al menos, un doble mérito: el de haber sido la inteligencia estratégica de la Transición y el de haber sido coherente con sus ideas políticas básicas.

—Fernández Miranda promocionó a Adolfo Suárez y, luego, su relación se resquebrajó.
—Lo que le pasó con Suárez es algo que suele suceder muy a menudo. Entre personalidades políticas, hay fases de acercamiento y de colaboración íntima y fases de distanciamiento. Esto mismo ocurrió poco después entre Suárez y Fernando Abril Martorell, quien fue su vicepresidente. Otro ejemplo es el de Felipe González y Alfonso Guerra.

—"En política, no hay nada irreversible", ¿está de acuerdo con esta frase que le dijo Fernández Miranda?
—Es una de las frases más sabias de Fernández Miranda. En política, todo es reversible. Cuando me lo dijo –a finales de los 60–, parecía imposible que la situación política del momento pudiera cambiar. ¡Y cambió!

—En ese sentido, ¿qué le gustaría que se revirtiera de su actuación política?
—He cometido muchos errores políticos en mi vida. Revertiría el no presentar a Felipe González en su primera conferencia en el Club Siglo XXI, después de las primeras elecciones generales. Otro error que no cometería a toro pasado sería el de ingresar en el Grupo Parlamentario de la UCD. Más que nada, por haber mantenido la independencia política. No era miembro de la UCD ni le debía el acta. Le regalé mi voto y mi posición durante la legislatura constituyente.

—El que Luis Carrero Blanco le considerase un "rojo" y un "revolucionario", según indica usted en el libro, le enemistó de los tecnócratas del Régimen. ¿Le perjudicó en su carrera política de aquel momento y le benefició en la posterior?
—Es cierto que me perjudicó en ese momento, mientras que me benefició cuando la situación de Carrero y los tecnócratas fue superada por la formación del Gobierno de Carlos Arias Navarro. No obstante, creo que esto no se me valoró demasiado. Con el inicio de la Transición, mucha gente que no tenía el menor interés en hacer valoraciones morales empezó a circular en la vida pública española. Mi conciencia me llevó a dimitir de subsecretario del Ministerio de la Gobernación e irme a cuerpo limpio a las elecciones. Eso era una especia de reválida para la democracia.

—¿Fue una forma de romper con lo anterior?
—Era una cuestión, sobre todo, personal. Uno necesitaba que las urnas le dieran la credencial democrática.

—¿Por su trayectoria política hasta el momento?
—Tenía necesidad moral de pasar por las urnas y de obtener mediante votos la credencial democrática que otros se esforzaron en obtener por otros medios. Me gustaría saber cuántos dimitieron de sus puestos en el primer Gobierno de Suárez para irse a las elecciones. Al menos, ningún ministro lo hizo por ese motivo.

—¿Por qué opina que estaban equivocadas las fuerzas políticas que configuraban la oposición cuando creían que la ruptura era posible?
—No tenían en cuenta la situación del país ni el equilibrio de fuerzas ni lo que los españoles querían políticamente en ese momento.

—¿Quizá los españoles, tras 40 años de dictadura, no sabían lo que querían políticamente?
—La Transición fue posible gracias a una base fundamental, al generalizado sentido común de la sociedad española. Esa sociedad era ya de clases medias. Hasta entonces, por desgracia, España había carecido de ellas. La sociedad española, ya con clases medias, dijo a los políticos que no hicieran tonterías.

—El mayor sobresalto de la Transición fue el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y usted no escribe sobre este episodio en el libro.
—El 23-F no tuvo que ver con la Transición y el núcleo del libro es la Transición.

—Pero hay quien sitúa su final en octubre de 1982, cuando deja de gobernar UCD, o incluso después, y en La Transición desde dentro incluye un capítulo sobre su trayectoria en el PP, posterior al golpe de Estado.
—En el libro describo la Transición desde mi propia participación personal. Y no estaba en la vida política en el momento del 23F. Incluí el capítulo sobre el PP porque debía situar al lector en lo que yo fui después de la Transición. Igualmente, ubico en los dos primeros capítulos lo que yo fui antes.

—Usted afirma que el rey Juan Carlos fue "el cambio mismo", más que "el motor del cambio", ¿tenía otras opciones cuando encima le denominaron el Breve?
—Lo denominó así la oposición en el exilio. Eso provino del desconocimiento de la realidad interna. Los socialistas de la generación de Felipe González, del interior, tenían mucho más sentido de la realidad que los del exilio. Un González sabía más de la España de su tiempo que un Rodolfo Llopis, por muy dirigente histórico que fuera. Entre los comunistas, Ramón Tamames tenía mucho más sentido de la realidad de lo que se cocía aquí que Santiago Carrillo.

—¿Calificar al entonces príncipe de "breve" era desconocer la realidad de España?
—Demostraba la falta de información que tenía el exilio comunista sobre la situación política y social real del país. Fue trascendental que el PSOE tuviera un núcleo rigentes jóvenes que no habían hecho la guerra. Los reformistas del Régimen tampoco habíamos hecho la guerra. El que González y compañía no hubieran hecho la guerra, el que vivieran en España y el que formaran parte del entramado de la sociedad del momento fue un activo importantísimo para el PSOE y para España en su conjunto y su futuro inmediato.

—¿Suárez traicionó al franquismo?
—No creo. El franquismo no tenía posibilidades políticas objetivas para perdurar después de la muerte de Franco. Suárez y tantos otros como él fueron fieles y consecuentes a su tiempo. El primer Gobierno de Suárez abrió España al pluralismo político y a la legitimación de la oposición. En definitiva, a la posibilidad de contar con una verdadera democracia.

—Por otra parte, usted, que ha sido del PP, ¿qué evaluación hace del reciente resultado de las elecciones europeas?
—Lo más notable, y a la vez lo más negativo, es la abstención. Ésta empieza a ser des-legitimadora de los procesos. Los políticos europeos tienen que abrir un período de reconsideración de cómo se está realizando el proceso europeo. No se puede llevar adelante un proceso político desentendiéndose de que una gran mayoría de la población con derecho a voto está de espaldas. No sería democrático echarlo en saco roto.

—¿El dato de la abstención va en contra de Europa?
—Evidencia que hay muchas cuestiones no resueltas en el proceso actual de construcción de Europa y muchos problemas latentes que están ahí. Hay que analizar por qué los extremismos afloran. Hay cosas que necesitan una dirección política clara, pero con cobertura popular.

—¿Ha sido positivo el que Jaime Mayor Oreja encabezase la lista de los eurodiputados del PP?
—Ha favorecido en un sentido clarísimo, el de fijar al electorado propio. El PSOE también lo ha intentado, aunque no lo ha conseguido. Técnicamente, el PP y el PSOE han hecho lo mismo en esta campaña para movilizar al electorado propio. No han ido a intentar convencer al adversario o al electorado fluctuante. Mayor Oreja en eso ha estado bien. •


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