Manuel Rivas, escritor
"HE QUERIDO HACER UN
'ARCA DE NOÉ' DONDE LAS
PALABRAS CONVIVAN"
El escritor gallego Manuel Rivas estuvo firmando en la Feria del Libro de Madrid,
que tuvo lugar del 29 de mayo al 14 de junioa ejemplares de su último libro, La
desaparición de la nieve (Alfaguara). Es un poemario editado a la vez en castellano,
gallego, catalán y euskera en el que las palabras conviven "en vilo". Tímidamente,
Rivas defiende que la diversidad cultural "enriquece", a la vez que lucha en contra
de la destrucción del planeta. Para él, la "verdadera historia"a reflejada en la
literatura, descubre "las cicatrices de la tierra". A este coruñés se le ve pendiente
de su teléfono móvil, lo que le acerca, esté donde esté, a sus amigos y a su familia.
Por Luis Marchal
La desaparición de la nieve ordena y desordena el mundo?
—Es una reacción de la poesía y del escribir, tal y como los entiendo, ante la visión de un mundo en añicos. Ante una sensación de un desorden, pero un desorden que te interpela. Hay una voluntad de expresar la historia, lo que te estremece y, al mismo tiempo, luchar contra esa historia.
—¿Una historia provocada por los humanos?
—Cuando hablamos de historia, siempre pensamos en el almanaque histórico. La verdadera historia, que es la que puede contar la poesía y la literatura, tendría que ver con las cicatrices de la tierra. Sería la historia ecológica, la de los cuerpos. Cuando se pone en marcha esa energía que te lleva a escribir un libro en vilo, que es lo que es para mí la poesía; hay una especie de prosa con conciencia exaltada. Es una reacción después de escuchar un grito. En este caso, el grito primero es el de la naturaleza.
—¿Para buscar el orden?
—El orden dicho en boca anarquista. De acuerdo con el geógrafo anarquista Eliseo Reclus, el anarquismo es la máxima expresión del orden. Sería la búsqueda de un orden de la conciencia. Hay un gran paralelismo entre las heridas de la piel de la tierra, de la piel humana y lo que ha pasado con la piel del lenguaje.
—¿Publicar un libro de poesía en cuatro idiomas es el mayor ejemplo de multiculturalismo?
—Hacer esto no abunda mucho. Una de las cosas más brutales que oímos en la pasada campaña de las elecciones al Parlamento Europeo, desde el punto de vista cultural, fue cuando Jaime Mayor Oreja se enorgulleció de que su bisabuelo prohibiese a su familia hablar en euskera. Declaró que así habían podido salir del granero. Yo siempre entendí que con el euskera también se podía hablar con Dios y con el cosmos. Venimos de tiempos muy tristes, donde existía una visión espinosa de las lenguas. Se veían como un problema. Por suerte, uno de los grandes giros copernicanos que ha habido en el mundo es la idea de que la diversidad
cultural no es una maldición. Ésta enrique. ce. Modestamente, en La desaparición de Ia nieve intenté hacer un arca de Noé y que las palabras convivieran.
—¿Y que se hagan visibles?
—Las palabras son seres vivos. La poesía tiene que intentar que las palabras encuentren un espacio donde hacerse visibles. La literatura tiene una parte fundamental de información sobre el ser humano a través de las diferentes generaciones, que es muy difícil transmitir de otra forma. Por ejemplo, La Odisea de Homero es la gran historia de la reconstrucción de la memoria. Como decía Calvino, los clásicos son aquellos libros que siempre nos están diciendo algo nuevo. Otra parte es la dimensión estética, de adorno erótico, de plumaje, que tiene sobre todo la poesía.
—¿Qué opinión le merece el Manifiesto por la lengua común, promovido por Unión Progreso y Democracia (UPyD)?
—Parece más bien un manifiesto por la lengua única.
—En él se escribe que "todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas", pero que "sólo una de ellas –el castellano– es común a todos".
—Tendríamos que hablar de qué es lo común. Cada una de las lenguas, hasta la más minoritaria, es común. Hay que romper con el concepto geopolítico y jerárquico de las lenguas. Las lenguas suman, no restan. Habría que emplear la energía en aquellas lenguas que han sobrevivido cojeando y que han estado heridas durante siglos. Habría que potenciar la pluralidad y hacer comunes los espacios de convivencia. Son raras las universidades donde se pueden compartir las lenguas que conviven en España. Ese manifiesto parece de antiguos burócratas preocupados en cómo colocar la jerarquía de las lenguas y no de gente que busca la mirada fértil o los espacios de convivencia.
—De hecho, su atracción por el gallego se debe a que, cuando usted era joven, ésta era una lengua prohibida, "de pecado verbal" según sus propias palabras.
—A mí me sustrajeron la lengua en los espacios oficiales. Precisamente, mi relación con el castellano no tiene que ver con esa historia del poder. Es una relación de amor libre. Cuando pienso en el castellano, pienso en la gente. Tener una lengua es un don y, asimismo, es muy complicado el que nazca una nueva.
—Más bien se produce un proceso de extinción.
—A veces no es un proceso de extinción natural. No se mueren de viejas, se mueren porque las matan o las asfixian.
—¿Es un retroceso en cuestión idiomática el que haya ganado Mayor Oreja las europeas?
—Los retrocesos son globales. Al final, la mirada de los que siempre hablan contra nacionalismos excluyentes es local. Es una mirada castiza. Les interesa el poder del Estado y, en algunas ocasiones, no hay nada más provinoriano que el Estado. Es un retraso para la propia cultura de la derecha. En toda formación política nos encontramos con el toorino y con la fibra. Dentro de la derecha, se impone el tocino. Independientemente desimpatías políticas, lo que está pasando en España y en Europa es muy preocupante. Siempre pensamos que el tiempo conlleva un progreso y comprobamos ahora, con cierto pavor, que todo es bastante frágil y que puede imponerse un pensamiento obtuso.
—En ese sentido, la extrema derecha holandesa se ha alzado como segunda fuerza política en estas elecciones.
—Es tremendo. Holanda fue el país de las libertades individuales y del movimiento situacionista, previo al Mayo del 68. Por otro lado, está también lo de Italia, el país del neorrealismo y de la creatividad. Lo que sucede en los palacios del poder no es un asunto privado de las élites –en clara alusión a los múltiples escándalos personales alrededor del primer ministro Silvio Berlusconi–. Es como el humo de las hogueras. No se va. Hay gente que prefiere no percibir su olor.
Piensa que ese humo nunca le va a intoxicar. Y sí, lo está intoxicando.
—En tiempos de crisis económica, ¿la voz de la literatura es necesaria?
—Muy necesaria. Expresa una lucha contra la contaminación del lenguaje. Al mismo tiempo, la boca de la literatura no está sólo en los libros. Es la boca de lo más extraño. En El coro de Antígona de Sófocles se dice que andan por ahí infinidad de cosas extrañas, pero lo más extraño es el ser humano.
—Y en estos momentos de crisis, ¿nada merece el hurto?
—Mi poema "El valor de las cosas" significa que hay una recuperación del valor de las cosas. En los tiempos del jolgorio o del casino, lo más valioso era el sonido de las tragaperras. Ahora vuelve a tener sentido el sonido de las campanas.
—Usted recuerda el olor a tierra de su primera paga en Historia del dinero, ¿los niños de ahora podrán tener ese recuerdo?
—Sí. ¿Qué chaval estudiante no sabe cuál es el valor de su primera paga? Las manos, las vas llenando de memoria. El olor es buscar la humanidad. Los ricos nunca llevan pasta suelta en los bolsillos. Al Rey siempre le pagan todo. Voy a decir algo que puede sonar un poco a una ilusa compensación: la poesía, al igual que la pobreza, protege a los suyos.
—"Encontré de nuevo la cara del hombre feo, Franco era su nombre", ¿una crítica sutil al franquismo en Historia del dinero?
—Eso nunca aparece en los libros de historia. Por eso hablo de información esencial básica, sobre todo porque estoy pensando en un tipo feo. Franco solía ir en verano a A Coruña. Una vez, cuando yo tenía unos siete años, me acerqué con unos amigos a un desfile en el que estaba él. Al final iba un soldado que llevaba un caballo solo. Se había rezagado. La gente aplaudió durante el desfile, pero no cuando pasó aquel caballo maravilloso. Entonces, un paisano dijo que había que aplaudir al caballo. Era lo más bonito que había. Historia del dinero es una poesía que no renuncia a nada. Hay gente que le parece que hablar del boxeador Cassius Clay en un poema es raro. Para mí, forma parte de un mismo hábitat mental que Orson Welles. Es recomponer los hilos invisibles entre la cultura popular y la cultura literaria.•
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