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| Nº 836 - 25 de mayo de 2009 |
Jorge López Alba, colaborador y amigo de Benedetti “Mario defendía la libertad de vivir, de crear y de ser”
El “poeta del compromiso”, el uruguayo Mario Benedetti, murió en Montevideo el pasado domingo 17 de mayo a los 88 años. A pesar de ello, sus millones de lectores, muchos de ellos jóvenes, no se han quedado huérfanos. Con su fallecimiento, después de una enfermedad pulmonar crónica, nace la Fundación Mario Benedetti, que velará por su obra. Jorge López Alba trabajó con él durante años. Se considera su “compañero, camarada y colega”. El Siglo ha hablado con él en Barcelona, donde reside, sobre su relación con el poeta. Por Luis Marchal No hay tristeza que no lleve en su entraña rúbricas de aleluya”. Así comienza el cuento La tristeza, recogido en El porvenir de mi pasado (2003). Y así se ha despedido, en cierta forma, Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia. Su modestia, reconocida por quienes lo conocieron, resumió su firma a Mario Benedetti. Antes de dedicarse a la escritura; Benedetti fue taquígrafo, cajero, vendedor, comercial, traductor, librero, empleado público y periodista. Aprendió tanto a leer como a escribir a máquina solo. Su carrera fue la de transmitir sus sentimientos, la de defender a la persona, la de huir de la monotonía. Benedetti vivió décadas de exilio en Argentina, Perú, Cuba, México o España por su implicación política, de izquierdas. Fundó el Movimiento de Independientes 26 de Marzo, una agrupación de la coalición Frente Amplio, en 1971, y fue un firme detractor de la política exterior de Estados Unidos. Cuando Benedetti volvió a su país, en 1983, inventó la palabra “desexilio” para acostumbrarse a vivir en el país que fue el suyo. No hay casa en la que se aprecie la lectura sin un libro de Benedetti. Su lírica predomina sobre su narrativa. Sus poesías fueron cantadas por cantautores como Joan Manuel Serrat o Daniel Viglietti. Pero, Benedetti escribió también novelas, cuentos, ensayos y guiones de cine. La tregua (1960) superó de largo las 140 ediciones y fue llevada al cine de la mano del director argentino Sergio Renán. Otras novelas que destacan son Gracias por el fuego (1965), Primavera con una esquina rota (1982) y La borra del café (1992). Además, Benedetti fue periodista y humorista. Su labor en la redacción de Marcha, un importante semanario de literatura latinoamericana, desde 1945 hasta 1974, se ha quedado en un segundo plano de su biografía. Igual que su trabajo humorístico en la revista Peloduro. Con sus poemas, Benedetti contribuyó a muchos matrimonios. El suyo fue duradero. Conoció a su mujer, Luz López, cuando él tenía 14 años y ella 12. En el año 2006, López falleció tras padecer la enfermedad de Alzheimer. El best seller uruguayo sobrellevaba la pérdida de su esposa escribiendo. Jorge López Alba destaca, desde Barcelona, donde reside, que Benedetti, 20 años mayor que él, “es un escritor que ha trascendido en varias generaciones de juventud” y que siempre “escribió desde una perspectiva de cercanía”. López no se acostumbra a hablar de Benedetti en pasado, lo intercala con el presente y con el pretérito perfecto. Y, sin duda, lo seguirá haciendo en futuro por el legado de su obra. El escritor dejó terminados e inéditos un libro de 66 poemas, Biografía para encontrarme, y otro de textos breves. —¿Se puede decir adiós al “poeta del compromiso”? —Una obra supera la no existencia de su autor. Hablamos de muchos libros, de muchos artículos y de una postura personal que hace que perviva. Su compromiso ha sido con la vida y contra la muerte espiritual de toda una sociedad. Su mensaje y su manera de vivir seguirán, por lo menos, en los millones de lectores que hemos disfrutado con él. —¿Seguirá en un lejano horizonte? —Es un escritor que ha trascendido en varias generaciones de juventud. Ésta sigue leyendo fundamentalmente sus poemas. Los ha usado en innumerables tarjetas de amor, en artículos, en cuentos y en camisetas. No es merchandising, es una trayectoria de sentimientos. —En los últimos días se ha recordado sobre todo la poesía de Benedetti; pero sus novelas, cuentos, ensayos y guiones de cine también le sobrevivirán. —Su narrativa es muy interior. Es intimista en cuanto a los sentimientos y vivencias que muestra. Su poesía, sin embargo, es más universal. Habla del amor, de la felicidad, de las esperanzas, del exilio, de no sentirse solo… —Llegaba además al alma y a las preocupaciones de sus lectores. —Hay un canto permanente en él a la solidaridad. —¿Su contacto con la realidad social de Uruguay fue determinante a la hora de encontrar en él esta solidaridad? —Él siempre escribió desde una perspectiva de cercanía. Forma parte de sus obras. Ha sido obrero de esa escritura, pero también ha sido personaje. Él es fruto de la emigración, es fruto de esos barcos que llegaron cargados de esperanza en los años duros de Europa. —¿Fruto también de sí mismo, ya que fue autodidacta? —A diferencia de otros, ha sido siempre consciente de sus orígenes. Su origen estaba en un grupo humano y vivió siempre para ese grupo. —Nació en Uruguay y murió en Uruguay, a pesar de tantos años de exilio. —Como él decía, siempre llevó el “paisito verde” en el corazón. Era uruguayo en Perú, en Cuba, en España y en donde vivió. Sufrió mucho a su regreso porque se encontró con un Uruguay que era muy distinto al que él había dejado, sobre todo la gente, antes de la dictadura militar. —De hecho, Benedetti definió su vuelta a Uruguay, en 1983, como “desexilio”. —Supongo que era como una enfermedad de la que no podía librarse. Aunque en su vida personal vivía pendiente de Uruguay, tenía otro pie puesto en los pobres, en las injusticias y en los derechos humanos. —En las conversaciones que ustedes tenían, ¿cómo le transmitía este dolor del “desexilio”? —Nuestras conversaciones eran casi siempre políticas. No eran intelectuales en cuanto a literatura. Él prefería hablar con la gente de los temas que más le preocupaban. La escritura no estaba en ellos, sino transmitir la escritura, transmitir sus sentimientos. Él sufría el tema del exilio, pero trataba de transmitir una esperanza de vida. —¿Por eso participó activamente en grupos políticos? —Siempre se mojó activamente. Fue un crítico con todos los sistemas de opresión durante su vida. Mantuvo unas posturas que en algunos casos han sido criticadas, pero de una forma modesta. Con la personalidad de Mario era imposible criticarle agriamente. —¿Se refiere, por ejemplo, a su cercanía con La Habana de Fidel Castro? —Tenía un planteamiento muy cercano a reconocer los valores que se habían transmitido a finales de los 50 y principios de los 60 desde Cuba. —A él le impacto mucho más la revolución cubana que el Mayo del 68 en París. —Tenía un concepto bastante diverso de lo que era la realidad latinoamericana antes de la revolución cubana. En una visita a Estados Unidos, volvió afectado por la situación de los negros allí. Fue un crítico acérrimo de los Estados Unidos desde la perspectiva de la Administración. —Fue dirigente de la coalición de izquierdas Frente Amplio, pero, ¿a medida que iba pasando el tiempo advirtió que no tenía la menor vocación para ser dirigente político? —Ejerció la autocrítica. Por eso, formó parte del Movimiento de Independientes 26 de Marzo, que era la izquierda más radical del Frente Amplio en los años 70. —¿Cuál era el principal derecho que defendía? —Sobre todo la libertad. La libertad de vivir, de sentir, de crear y de ser. Fundamentalmente, luchó contra la injusticia. —¿Es increíble que no guardara rencor a nadie? —Esto es el valor añadido que tenía Mario. Por eso, era muy difícil que lo atacaran. Estaba por encima del rencor. Sólo fue enemigo de las injusticias, de la falta de solidaridad o de las diferencias. —La última vez que se vieron fue en La Habana, hace seis años aproximadamente, ¿de qué hablaron? —Hablamos de líderes. Tras una cena con Castro; se me ocurrió comentarle que estábamos ante el único líder, en el sentido de carácter, vivo que quedaba en el mundo, estuviéramos de acuerdo o no con sus ideas. Él me contestó que también quedaba Yasir Arafat, quien murió más tarde, en 2004. La anécdota divertida de ese viaje fue que salíamos de una reunión en el Palacio de la Revolución y que a mí me esperaban con un Lada y a él con un Mercedes. Le señalé que “¡Vaya diferencia de protocolo!”. Y me apuntó: “No es por los valores, es por la edad”. —¿Vivió como el título de uno de sus poemas: Como si fuéramos inmortales? —Él pidió que lo enterraran con un bolígrafo. La transmisión de su obra es inmortalidad. Ahí está la base de la trascendencia de una persona y de una obra. |
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