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Nº 828 - 30 de marzo de 2009

Ana R. Cañil, autora de 'La mujer del maquis'

"LO MÁS BRUTAL DEL FRANQUISMO ES QUE NUNCA PERDONO"

 

Paco Bedoya, muerto en diciembre de 1957 por la Guardia Civil, fue la última persona en echarse al monte como maquis en 1952. La periodista Ana R. Cañil plasma su historia y la de Mercedes San Honorio, Leles, la madre de su hijo, en La mujer del maquis (Espasa), libro que ha ganado el Premio Espasa de Ensayo. En él, Cañil se interesa por el papel de los enlaces de los maquis y, sobre todo, de las mujeres que los ayudaron a sobrevivir. Los hechos se remontan a la madrugada del 31 de agosto de 1948, cuando 69 personas de la comarca cántabra del Val de San Vicente fueron detenidas. Uno de los arrestados era el adolescente Bedoya.

Por Luis Marchal

Cuál de las historias que aparecen en La mujer del maquis le ha estremecido más?
_ Por cariño, la de Leles, quien murió recientemente. Es la niña de 16 años que se quedó embarazada de Paco Bedoya y le cambió el destino. Se tuvo que marchar a Argentina. La que más me ha afectado, la del afable pastor Nicolás de Celis, Colás, que estuvo en prisión. Le destrozaron la espalda. Cuando le preguntaron qué hacía en el juicio, respondió que no sabía qué había hecho, que subir al monte y que, si acaso, dar de comer a alguno de los maquis. Por otra parte, el personaje de Julia Gutiérrez, la madre de Bedoya, me ha desbordado por completo.

—¿Los años 40 eran tiempos en los que una mentira de un vecino que estaba en tu contra te podía hacer todo el daño del mundo?
—Sin duda. A veces salía dolorida tras entrevistar a los protagonistas de mi libro, porque por una rencilla vieja podían ser delatados y escupidos durante 50 años. Por ejemplo, la familia Escobedo, que vivía en un ahondonada entre Hortigal y el pueblo de La Acebosa, del municipio de San Vicente de la Barquera, descubrió que había sido de-latada, y la madre duramente castigada, porque un primo hermano de ellos le había quitado la novia a un sargento al principio de la Guerra Civil.

—Sin embargo, parece que las víctimas no tienen rencor.
—En la promoción del libro, en las conferencias siempre te encuentras con alguien que dice "es que ellos mataron". En Santander, lo que hicieron los milicianos en el Alfonso Pérez fue una salvajada que jamás lo podrá olvidar ninguna familia de allí. (Efectuaron una matanza de unas 200 personas con los encarcelados en dicho barco-prisión). Pero tampoco pueden olvidar el bombardeo y los 300 muertos, entre mujeres, viejos y niños, que se dieron 24 horas antes, el 27 de diciembre de 1936. Nadie se puede echar nada en cara por el principio de la guerra.

—¿Había alguna diferencia?
—Que los golpistas no frenaban en absoluto ese salvajismo, mientras que el Gobierno de la República intentaba frenarlo. Es verdad que con poquísimo éxito. Acabada la Guerra Civil, el régimen franquista no tuvo generosidad como vencedor. Lo más brutal fue que nunca perdonó. Se pasó 40 años recordándonos quiénes habían sido los perdedores. No se hacía desde El Pardo, era más sutil. Se hacía desde los púlpitos, desde lasescuelas, en los confesionarios o con los c sejos a las mujeres. Preparando el libro, lo he encontrado un caso en el que había sentimiento. No lo hay por resignación y por pánico a que se repita. Sólo hay una ne sidad de reconocimiento de justicia.

—¿Se ha dado ese reconocimiento de justicia con la conocida como Ley de Memoria Histórica?
—Los nietos tienen derecho a saber. Esta ley reconoce a los "combatientes guerrilleros" y a sus familias, en el mismo apartado que el reconocimiento a los brigadistas ternacionales. En España, pocos reivindic a los maquis, pero nadie reivindica a los enlaces ni a sus familiares. Secundino Serra dice que fueron detenidos más de 20.000 enlaces. La mitad eran mujeres. Muchos los maquis lograron pasar a Francia, pero nadie se acuerda de los enlaces, que se quearon en la cárcel.

—Las mujeres de los maquis también pagaron con sangre, palizas y torturas la resitencia de ellos.
—Las mujeres eran las primeras víctimas, Julia es el típico caso. ¿Qué podía sentir ella cuando no aparecía su hijo Paco Bedoya y se llevaban detenidos a su hijo pequeño y su sobrino, que tenían 12 y 14 años, y los apaleaban?

—No obstante, para los maquis, las mujeres no fueron mucho más importantes que para los fascistas.
—Los años de República y los cambios de la mujer no habían calado en el medio rural. Los maquis utilizaban a las mujeres para las mismas cosas que los de derechas. Una madre y una hermana eran sagradas mientras que una miliciana era poco más que una compañera. Utilizaban a las mujeres porque era muy cómodo tenerlas de enlace. Respecto a los maquis, ha habido muchos en España, pero es surrealista que ofrecieran 500.000 pesetas de 195, 140.000 euros actuales, por dos mindundis en Cantabria.

—Los maquis Juanín y Bedoya, de la B gada Machado, forman parte de la memos colectiva de Cantabria, ¿son mitos?
—Sí. Me empecé a interesar por ellos cuando llegué a Cantabria, de veraneo, hace años. La infancia de todos los amigos cántabros que tienen más de 45 años está vinculada a ellos. De hecho, en las plazas se jugaba a Juanín y Bedoya. Yo prefiero llamarles "emboscados", pero la gente entiende más "maquis".

—¿Los maquis son producto de una dictadura que ellos creían que iba a ser, primero, de meses y, luego, de años?
—Había tres clases de maquis. En la primera guerrilla estaban los que a partir de 1937, a medida que iban entrando los golpistas y caían las ciudades republicanas, se echaban al monte. Estaba formada por una mezcla entre los chicos de los pueblos que pertenecían a sindicatos, a los anarquistas o a los comunistas y los soldados que volvían del frente republicano. Una segunda guerrilla es la que, desde 1940 hasta 1947, se quedó convencida de que las potencias aliadas iban a ganar la guerra.

—¿Fue la más intensa?
—Sí. El Partido Comunista de España (PCE) la tuteló en cierta medida, aunque nunca estuvo coordinada. Sus integrantes mantuvieron la esperanza hasta que Stalin llamó a Santiago Carrillo, Francisco Antón y Dolores Ibárruri, La Pasionaria, para decirles que no tenía sentido la guerra de guerrillas. Que había que cambiarla por la infiltración en las fábricas y en los sindicatos. En ese momento se quedaron abandonados y los que pudieron se fueron de España, entre 1948 y 1951.A Bedoya le detuvieron en 1948 y Juanín le indujo a la fuga en 1952.

—La tercera clase de maquis funcionó en esos años.
—Fueron los resistentes, quedaron muy pocos. Los catalanes dicen que los últimos maquis fueron Quico Sabater y Josep Lluís Facerias, que murieron a principio de los 60. Pero, eran guerrilleros urbanos. Además, entraban y salían desde Francia. En Galicia dicen que el último maquis de España fue José Castro Veiga, el Piloto, que desapareció en 1949 y le mataron en 1965. Sin embargo, desde 1940 hizo de topo hasta que murió. La característica de Juanín y Bedoya fue que estuvieron prácticamente en el monte hasta 1957. Y que Paco se hizo maquis en 1952, cuando todos se iban de España. Él sí que fue el último en ingresar como maquis.

—¿Por qué se convirtió en un maquis?
—El gran misterio está en por qué se escapó de la prisión de Carabanchel, faltándole seis meses de condena. Leles se murió sin entenderlo. La tesis más aceptable es que fue Julia, su madre, estaba muy dolorida de ver lo que hacían con el resto de sus hijos y su sobrino. Estaba totalmente enamorada de Juanín y adoctrinada por él. Fue Julia quien le indujo, incitada a su vez por Juanín. Además, debió de influir el incendio premeditado de Las Carrás, la casa familiar.

—Con el concepto que tenemos de los maquis, ¿sorprenden las cartas de amor de Bedoya a Leles?
—Pero las escribió Paco. Tenía una sensibilidad de chico grande y buenazo. Los maquis se cruzaron en su vida cuando encontró a una suegra potencial que no le dejaba ver a su hija. Todo fue un accidente para él.

—Fidel Bedoya y José San Miguel, hermano y cuñado de Paco Bedoya fueron claves en su captura.
—No tenían sentimiento de que iban a entregar a Bedoya. Creían de verdad que les dejarían pasar la frontera. La Guardia Civil y la policía engañaron a Fidel y a San Miguel. Ahí se cerró el drama final, con un hermano y un cuñado utilizados en la trampa.•

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