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Nº 825 - 9 de marzo de 2009

La desigualdad en el origen de la crisis

La crisis tiene causas estructurales mucho más graves y profundas que las hipotecas subprime americanas; una de ellas es el crecimiento de las desigualdades sociales.

No es la primera vez que así ocurre. El que fue presidente de la Reserva Federal de EE UU entre 1934 y 1948, M. S. Eccles, diagnosticaba las causas de la crisis de 1929 diciendo que si la renta nacional se hubiese repartido mejor, la economía hubiese sido más estable. Y que si las fortunas dedicadas a la especulación se hubiesen distribuido, en forma de precios más bajos o salarios más altos, la crisis se hubiese podido evitar o atenuar.

La actual crisis también tiene su origen en un mal reparto de la renta, en el crecimiento de las desigualdades en el interior de los países desarrollados y en la supremacía de la especulación financiera sobre la economía real.

Esta crisis es en buena medida la crisis de un modelo basado en el crecimiento de las desigualdades. El capital acumulado por excesivos beneficios y salarios extravagantes alimentó la especulación bursátil con apalancamientos cada vez más arriesgados. Salarios demasiado bajos impulsaron un consumo a crédito hasta la explosión de las deudas, en vez de que una demanda socialmente extendida y económicamente solvente justifique la inversión en nuevas capacidades de producción.

Desde principios de los 80 los salarios han retrocedido en el reparto de la renta y ha aumentado la tasa de beneficio. Han resistido mejor los países con sistemas de protección social desarrollados, y peor los EE UU donde el decil superior ha pasado de recibir el 27 por ciento al 55 por ciento de la renta. A principios de los70 el director de General Motors, empresa de referencia de la época, ganaba 88 veces el salario medio de sus trabajadores, 40.000 en dólares constantes. El director de la empresa de referencia actual, la cadena de distribución Wal Mart, gana 1.300 veces el salario medio que hoy no llega a 20.000.
Eso ha ocurrido porque la liberalización financiera consagró exigencias de rentabilidad del 15 por ciento que sólo podían obtenerse con la compresión salarial. Las economías exportadoras de la talla de un continente crearon un mercado de trabajo mucho más amplio con un exceso global de mano de obra, un aumento de la competencia en el mercado de bienes, una mayor exigencia de rentabilidad del capital bajo " la amenaza de deslocalizaciones y una fuerte presión a la baja sobre las rentas salariales.

Se rompió así el compromiso entre el capital y el trabajo construido en la posguerra. La evolución de los salarios reales se desconectó de la productividad, el consumo se desconectó de la renta y el crédito se convirtió en el gran estimulador de la demanda. Las empresas substituyeron capital por endeudamiento, cuando no se lanzaron a operaciones corporativas fuertemente apalancadas dando como garantía el valor de lo que se compraba. En España, algunos han generado fortunas y otros han acabado, o acabaran, muy mal.

El resultado ha sido un espectacular crecimiento del endeudamiento privado, de familias y empresas, y una caída de la tasa de ahorro. En España especialmente: en el 2006 la deuda de familias y empresas no financieras era el 188 por ciento del PIB, tasa solo equivalente a la del Reino Unido pero 50 por ciento mayor que la de Alemania y Francia. El modelo del crecimiento americano, basado en el consumo financiado a crédito y en la especulación inmobiliaria, ha tenido en Europa dos buenos alumnos, España y el Reino Unido. Mientras todos estábamos tan contentos con la reducción del déficit publico, el sector privado acumulaba una montaña de deudas financiada con ahorro externo.

Las crisis que fue provocando el aumento del endeudamiento, fueron sofocadas por los Bancos Centrales, sobre todo la Reserva Federal, bajando los tipos de interés, lo que acelero el endeudamiento .Y la innovación financiera permitió a los bancos transferir el riesgo, y por lo tanto a valorarlo con menos rigor, liberando capital para seguir dando más crédito.

Ahora la recesión se alimenta por la interacción de la caída de las rentas y del crédito. Sólo el Estado puede tomar el relevo para mantener la actividad y una nueva reglamentación financiera es indispensable para evitar nuevos excesos.

Pero ello no será suficiente para generar un crecimiento estable. Si el endeudamiento no puede ya dopar el crecimiento vía el consumo a crédito, hará falta que las rentas salariales vuelvan a crecer de acuerdo con la productividad. Y que los sistemas fiscales vuelvan a redistribuir la renta corrigiendo la desfiscalización del capital que se ha acelerado en los últimos años, también en España.

Para ello hay que acabar con los paraísos fiscales, como parece que por fin han comprendido los gobiernos europeos. Sin ello no hay regulación financiera que funcione ni distribución de la renta que nos permita salir de esta crisis de desigualdad.•

José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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