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Nº 824 - 2 de marzo de 2009

‘Legión Áurea’ recrea la presencia alemana en la vida cultural de la primera posguerra.

EL NAZI JUDÍO

Aunque Hitler no participó directamente en el 18 de Julio de 1936 tanto la Italia de Mussolini como la Alemania del III Reich apoyaron decisivamente a los sublevados con todo tipo de ayuda militar y combatientes directos. Desde 1939, Alemania tuvo una presencia muy notoria tanto en la economía como en la cultura. Hasta la caída de Serrano Súñer, en el verano de 1942, como ministro de Asuntos Exteriores esa
impronta alcanzó su máximo apogeo. Aún así hasta 1945 los nazis gozaron de muchas facilidades y simpatías, pese a que en España se libraba una intensa batalla entre los servicios secretos nazis y británicos que alcanzaba a sectores
económicos, militares y hasta a la propia Iglesia. Ahora, el libro Legión Áurea (Ed. Corona Borealis) relata en clave de ficción uno de los momentos más oscuros de la historia española del siglo XX.

Por Manuel Espín

Entre 1939 y el final de la guerra mundial la presencia nazi se hizo notar en España en el discurso cultural y en los medios de comunicación, pero especialmente en la economía. En vista de la que la legislación española limitaba la presencia extranjera al 25 por ciento del accionariado los alemanes eligieron a testaferros y hombres de paja entre las grandes fortunas del país, algunas de ellas con sonoros títulos aristocráticos, que terminaron actuando como cómplices de los intereses nazis. Desde 1936 un antiguo comerciante alemán en Tetuán, entonces protectorado español en Marruecos, llamado Johannes Berhardt sirvió de enlace entre el III Reich y los nacionales. Este personaje controlaba gran parte de Sofindus, el grupo de empresas alemanas con ramificaciones en la Banca y las agencias de seguros (Plus Ultra), la minería, la alimentación o las materias primas.

 Uno de los terrenos donde más se hizo notar esa presencia alemana fue en el cultural. Muchos intelectuales de la época, incluidos algunos tan destacados como Manuel Machado o Pío Baroja, escribieron textos en los que asumían un lenguaje propio de los fascismos. La prensa española por lo menos hasta que el signo en los campos de batalla empezó a ser adverso para Hitler, mostró decididamente sus simpatías por el Eje. Y la embajada alemana gozó de una gran influencia social. En la mitad de los años 30, la colonia en España alcanzaba a unas 30.000 personas cifra ampliada con la anexión de Austria a partir del 38. Esos alemanes eran vigilados de cerca por los servicios secretos de la embajada. Paul Winzer, el jefe de la Gestapo en España, tenía capacidad para controlar a sus conciudadanos y en caso de disidencia, enviarles a su país donde podían exponerse a graves consecuencias personales. Otro de los personajes-clave en aquella situación fue el misterioso y siniestro Hans Lazar.

Lazar era el hombre de Goebbels en España, el jefe de prensa y propaganda de la embajada nazi. Lazar tuvo una gran presencia pública en aquella España llegando a crear una constante relación personal con los periodistas españoles de la época. Los nazis controlaban los contenidos que los corresponsales españoles enviaban a sus diarios desde Berlín y estaban al tanto de todas sus comunicaciones. Los Lazar eran fanáticos de las obras de arte, e incluso se hicieron a precios irrisorios con muchas piezas de iglesias, conventos y arruinados coleccionistas en España. Lazar compraba voluntades y se movía con una gran desenvoltura en los círculos de poder.  Lo más terrible es que siempre se rumoreó que Lazar podía tener orígenes judíos. Un probable judío al servicio de los nazis, nacido en Constantinopla (Turquía) sombra de Goebbels en España pero de quien, al parecer, Hitler desconfiaba.

Algunos de esos episodios como la visita a San Sebastián, Madrid y Barcelona del siniestro Himmler, fundador de las SS, pueden causar todavía hoy escalofríos cuando se contemplan las fotografías que se conservan o las imagenes de noticiarios alemanes de la época (No-Do no estrenó su primera edición hasta principios de 1943) en los que aparece la Gran Vía adornada con banderas nazis o la entrega de las llaves de oro de Madrid al personaje en cuyo honor se celebró una corrida de toros en la plaza de las Ventas.  

Legión Áurea parte de un argumento que se inicia en 2009. Un modelo de Bellas Artes de unos 40 años de edad, a su vez pintor frustrado, encuentra un misterioso dibujo con una leyenda lo que le lleva a investigar en la figura de un anciano catedrático de Historia que va trazando una ficción paralela que transcurre en 1941. En esa historia, los servicios de propaganda de la embajada alemana en España ofrecen a Franco la posibilidad de que venga a España a realizar una obra en homenaje al soldado falangista el escultor Arno Breker el más famoso de los artistas del nazismo, autor de las momumentales estatuas del estadio Olímpico de Berlín. Esos planes prevén una estancia en la isla canaria de Fuerteventura en un latifundio propiedad de una familia alemana sobre la que en su día corrió el rumor de que podía haber servido como una base secreta nazi, o al menos un lugar para repostar algunas de las tripulaciones en el Atlántico sur. La aventura en la que queda atrapado un joven falangista, verdadero protagonista de la novela, fascinado por la personalidad de una mujer austriaca casada con un jerarca de la embajada nazi en España y que a su vez encubre un terrible secreto, tiene un desenlace insospechado.

Cuando se inició la guerra entre Alemania y el Reino Unido, tanto Hitler como Churchil consideraron la oportunidad de ocupar las islas Canarias, asunto que habría obligado a España a tomar una decidida posición en el conflicto y quizás hubiera acarreado otro desenlace para el régimen de Franco. En 1898, después de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, se llegó a temer que el expansionismo norteamericano alcanzara también a Canarias. Durante la II Guerra Mundial Churchil tuvo muy en cuenta la importancia estratégica de las islas en el mapa del conflicto, estudiándose planes para una hipotética ocupación por los aliados.

A pesar de esa presencia notoria del III Reich en la prensa, los medios culturales, y la vida económica y social de los primeros años del Régimen hubo un elemento con el que se marcó un punto de distancia. Dentro de las esencias del franquismo aparecía un catolicismo muy conservador heredero del Concilio de Trento y de la Contrarreforma que chocaba radicalmente con los conceptos de "modernidad neopagana" presentes en los fascismos. Películas españolas de la época, incluida Raza (1941) de Sáenz de Heredia sobre historia del propio Franco, fueron escasamente distribuidas en la Alemania nazi porque, según testimonios de la época "aparecían en ellos demasiados crucifijos y sotanas". De la misma manera que la famosa Olimpiada como muchos otros documentales y películas nazis no se estrenaban en España o lo hacían con muchas supresiones por incluir escenas de desnudos en los que se exaltaba a la raza aria frente a otras "inferiores". No en vano, en la mitad de los años 50 un obispo de Las Palmas de Gran Canaria de los pocos que eran contemplados desde El Pardo como "poco simpatizantes" del Caudillo se quejó a Franco de que en el estadio de Falange se había colocado una escultura con un desnudo, que fue suprimido tras la queja.

Deslumbrados por Hitler.  No deja de causar sorpresa la fascinación que muchos de los intelectuales de la época sintieron por la figura de los fascismos e incluso por la del nazismo. Incluido un sorprendente y "casi perdido" Pío Baroja que escribió frases como: "El proletariado es el enemigo natural de los intelectuales" o "En Alemania todo está hecho para el pueblo y, naturalmente, el pueblo está entusiasmado con un régimen de esa clase, que le va sacando del pantano donde estaba hundido por la guerra mundial". Las hemerotecas ofrecen suficientes testimonios de una retórica muy presente en la prensa española del momento caracterizada por un radical tono anti-liberal (y ya no digamos anti-marxista). Muchos de esos autores se distanciaron radicalmente en los años posteriores de esas opiniones. En realidad el acercamiento al discurso cultural, no al debate que no existía prácticamente como tal, de la época sigue proporcionando hoy abundante material para el comentario o el análisis. Pensemos en el clima político y moral de los sectores más proclives a los modelos creados por los fascismos cuando después de las arrolladoras victorias del III Reich en los campos de batalla se produjo una inversión que adelanta el triunfo aliado. Con los equilibrios desesperados del régimen de Franco para ganar en imagen frente a británicos y aliados después del cambio de posición de España en el conflicto de "no beligerancia" al de "neutralidad". O el desconcierto después de la caída del fascismo en Italia y la trágica muerte de Mussolini vista desde España. Según José Luis Rodríguez profesor de Historia de la Universidad Rey Juan Carlos y experto en los movimientos de extrema derecha en España cuyo testimonio aparece en Legión Áurea "Falange buscó a la desesperada una tabla de salvación final en la Alemania nazi después de la caída de Mussolini en un "¡sálvese quien pueda!" en el que temíó que pudiera ocurrir en España lo que había pasado en Italia. No les quedaba más que Alemania".

El libro Legión Aurea con la estructura de una novela de ficción en la que se mezclan personajes reales con creaciones puramente literarias plantea la relación entre las visiones omnicomprensivas y totalizadoras tanto de las ideologías como de las religiones y la cultura, y la propia relación entre la la cultura y la vida.

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