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Nº 824
2/3/2009

En torno al 23-F

ESPÍAS: LA VENGANZA SE SIRVE FRÍA

Por Javier Camacho Barrientos

Lorena, Diego y Javi se sorprendieron al descubrir la noticia de que su padre no dormiría esa noche en casa, ni la siguiente. Le habían arrestado y no volvería hasta pasado un mes y quince días. ¿Era su padre un delincuente?, ¿había hecho algo malo? Su madre, Isabel, les advirtió de la posibilidad de que hubiera micros por la casa. Desde ese momento todos medían mucho sus palabras y a veces se comunicaban por escrito para evitar que los cotillas de los espías se enteraran de las novias que tenía Javi (el menor de los hermanos) en el cole.

Durante la campaña electoral de 1996, José María Aznar prometió, en nombre del Partido Popular (PP), que si ganaba llevaría a cabo la regeneración democrática de España, la desclasificación de los papeles del Cesid y la limpieza del Servicio Secreto de aquellas personas que habían participado en los GAL, las escuchas telefónicas y el manejo ilegal del fondo de reservas. Victorioso en las elecciones y aconsejado por Fraga Iribarne (presidente fundador del PP) puso al frente de los Servicios Secretos y de la seguridad nacional a los antiguos miembros de este Servicio, que en 1981 habían planificado, coordinado y dirigido el intento de Golpe de Estado.

Javier Calderón, que en 1981 era secretario general del Cesid y hombre fuerte del mismo, fue nombrado en 1996 director de este Servicio, a pesar de encontrarse jubilado. Jo-se Luis Cortina, que en 1981 era el jefe de los equipos operativos de Misiones Especiales, directo colaborador de Armada, reclutador de Tejero, planificador y coordinador de las diferentes fases del intento de golpe de Estado, empezó a trabajar como asesor sobre temas de seguridad nacional en Moncloa, a las órdenes directas de José María Aznar. Es necesario mencionar que estos dos militares, junto con otros dos (Florentino Ruiz Platero y José Ortuño) conformaron en 1973 un gabinete de asesoramiento a Fraga, con el nombre de Godsa, que le permitió, la formación de Alianza Popular (AP), antecesor del PP.

Una vez tomado el poder se expulsa del Cesid a 28 agentes a los que se presenta ante los medios de comunicación social como la limpieza que se había prometido en la campaña electoral. Lo cual queda de manifiesto en varios artículos y entrevistas. Los más destacables son el de Alejandro Muñoz Alonso, portavoz de Defensa en el Congreso de los Diputados (publicado en el ABC el 28 de diciembre de 1996) y la entrevista que Pilar Urbano le hace al presidente Aznar el 30 de diciembre de 1996, en el diario El Mundo. La realidad era diferente. "Ni uno de los implicados en los hechos más terribles de la guerra sucia aparecía en la lista", asegura Pedro J. Ramírez en su libro de investigación El desquite, publicado en 2004.

En 1981, el capitán Diego Camacho y el sargento Juan Rando se encontraban destinados en la Agrupación Operativa de Misiones Especiales (AOME). En esta unidad ostentaba el mando el comandante José Luis Cortina, que dependía directamente del secretario general del Cesid, Javier Calderón, alias Colodrón.

A partir del 23 de febrero Camacho y Rando empiezan a descubrir, gracias al constante flujo de información en su unidad, la implicación del Cesid en el intento de golpe de Estado. Una vez confirmada la veracidad de la información que había obtenido, Camacho la puso en conocimiento del secretario general, Javier Calderón, saltándose el conducto reglamentario ya que su jefe directo, Cortina, estaba implicado en dicha acción. Para su sorpresa, Calderón le ordena que abandone la investigación y la deje en sus manos, le pide que no lo comente con nadie por el bien del Ejército, para tocar la fibra moral. Posteriormente, al observar que el capitán seguía investigando, emprendió acciones para obtener su silencio y el de Rando. Trataba de tapar la implicación, en vez de investigarla. Él también estaba manchado.

El 25 de febrero, agentes de la Guardia Civil pertenecientes al Grupo Operativo de los Servicios Secretos de Información (Gossi III), cuyo cometido es realizar los trabajos por encargo del Cesid, acorralaban la vivienda de Rando. Este huele el peligro instintivamente y logra escapar por la terraza. Más tarde le dirán que iba ser secuestrado por orden de su jefe, Cortina. "Seguramente fuera una exageración y sólo querían meterme miedo en el cuerpo ", explica Rando a Jesús Palacios en su libro 23-F: el golpe del Cesid. Ambos reciben presiones con amenazas verbales y símbolos mafiosos. Una mañana el capitán Camacho encuentra un pájaro muerto sobre el capó de su coche, estacionado en un parking subterráneo. Rando se topa con una escena similar: un chorro de sangre sobre el capó de su vehículo. Días más tarde, éste se caerá de su moto al tener ésta los radios serrados. Les estaban avisando, sabían demasiado y no debían hablar.

El último intento de Calderón para conseguir el silencio de Camacho fue ofrecerle el puesto de jefe de Operaciones del Cesid, que era el tercer puesto de importancia dentro del Servicio de Inteligencia, después de director general y secretario general. Al rechazar la oferta, el mando del Cesid se vio obligado a abrir una investigación de carácter no judicial que tanto Camacho como Rando habían estado reclamando. El documento que recoge esta investigación interna se conocerá con el nombre de informe Jaudenes, y servirá para esclarecer la participación activa de varios miembros del Servicio de Inteligencia en la planificación, coordinación y ejecución del golpe. Aunque sería posteriormente mutilado y nunca llegaría al conocimiento de las defensas de los procesados en el juicio de Campamento de 1982.

Calderón se esforzó en hacer creer a los que le escucharon que el informe se remitió desde el Cesid al juez instructor García Escudero. Si esto hubiera sido así, "el juez tendría que haberlo reflejado en el sumario. Incluso en el caso de que lo hubiera rechazado tendría que figurar la diligencia de no admisión", argumenta Juan Alberto Perote en su libro Ni Milans ni Tejero. Pero ninguna de las partes tuvo acceso al informe, ni en la fase sumaria) ni en el plenario. En el Cesid, a partir de aquel día nadie volvió a ver el informe. En el juicio, Cortina fue absuelto, tras haber efectuado unas llamadas en el receso para comer. Calderón nunca fue procesado. Fueron condenados numerosos agentes, que no pudieron respaldar con dicho informe que las órdenes venían de arriba, de sus jefes Cortina y Calderón. La información del informe fue encapsulada por todos los flancos. En el Congreso, un diputado de Izquierda Unida (IU) pidió a Oliart, ministro de Defensa, que señalara cuál había sido la implicación del Servicio de Inteligencia en el golpe de Estado. El ministro aseguró que la actitud del Servicio durante el golpe había sido ejemplar y que no hubo ninguna participación institucional. Sólo caben dos interpretaciones. O el ministro era engañado por su propio Servicio o mintió en sede parlamentaria. "Es imposible que Oliart no conociera el informe Jáudenes", aseguran fuentes cercanas a La Casa.

Quince años después del golpe fracasado de 1981, los responsables del mismo se toman cumplida venganza de aquellos que defendieron la legalidad constitucional por encima de sus intereses profesionales. Camacho y Rando fueron expulsados junto a 26 agentes bajo el sello de la limpieza del Cesid.

De los 28 agentes expulsados, Diego Camacho, Manolo Rey y Juan Rando, denunciaron en varios medios de comunicación, más insistentemente los dos primeros, la falsedad que había rodeado a su expulsión. Repitieron que las manifestaciones de Aznar y las informaciones lanzadas en varios medios de comunicación no eran ciertas en base a varios argumentos:

Ninguno de los expulsados había estado implicado en los GAL, ni en las escuchas telefónicas, ni en el manejo ilegal de fondos reservados, ni en cualquier otro acto de corrupción.

Personas que sí habían estado implicadas en el GAL, en las escuchas telefónicas, o en la corrupción, habían sido ascendidas por Javier Calderón nada más hacerse cargo de la dirección del Cesid en 1996.
Dos agentes expulsados se habían negado a encubrir en 1981 la participación directa del Cesid en el intento de golpe de Estado.

Por último, el PP pretendía trasladar la idea de que el Cesid estaba siendo limpiado de gente indeseable con personas que no habían participado en esos hechos y a la vezprotegía a los verdaderos responsables de esa serie de desmanes.

El Gobierno ordenó la apertura de un expediente disciplinario por falta grave a Camacho y Rey. "El no permitir que el Gobierno del PP y su presidente engañaran a la opinión pública a nuestra costa, sólo se consideró una falta de disciplina", recuerda el coronel Camacho. Esta falta se justificaba por las declaraciones, de estos dos agentes, formuladas a la prensa en contra de la disciplina, no por manifestaciones calumniosas, ni injuriosas, ni siquiera por faltar a la verdad. "Fue un castigo por no obedecer de forma silente una imputación injusta y contraria a nuestro honor".

En el momento de entregárseles el oficio por el que se comunicaba el arresto, el gabinete del ministro de Defensa, Eduardo Serra, les envió otro impreso que certificaba que el castigo de los dos oficiales se basaba en una falta grave por realizar, sin autorización, manifestaciones contrarias a la disciplina a través de los medios de comunicación social y rechaza la justificación de haber actuado en el ejercicio de su derecho al honor. Asimismo, reconoce que ninguno de los dos estaba implicado en ningún tema de GAL, ni de escuchas, ni de corrupción. Destaca también la ausencia de antecedentes disciplinarios en ambos militares y su limpia trayectoria militar.

"Ninguno de los veintiocho expulsados había participado en un solo capítulo de corrupción", asegura Manolo Rey. Sin embargo, sólo dos fueron exculpados por el Gobierno, aunque tuvieron que pasar más de un mes arrestados en las bases de Cuatro Vientos y de Arturo Soria. "Si el ministro de Defensa hubiera hablado antes no tendríamos que haber salido a los medios a limpiar nuestro honor".

La primera noche que el coronel Camacho dormía fuera de casa, debido a su arresto, sonó el teléfono. Era su suegro: "Isabel, tu marido en vez de salir a la prensa lo que tenía que haber hecho era pegarle dos bofetadas a Calderón", así comenzó la conversación con su hija. Un mes y quince días después, Camacho ponía el pie en la calle, pero sabía que nunca volvería a trabajar para el Cesid. Por esas fechas, en La Casa se comentaban, en tono humorístico, las palabras del suegro de Camacho, que fueron únicamente pronunciadas en una conversación telefónica.•

Cano
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