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| Nº 822 - 16 de febrero de 2009 |
Cartas a la madre muerta Por José María Ridao Entre los papeles que encontraron los amigos de Vasili Grossman a su muerte aparecieron diversos documentos reveladores para la historia de la literatura, y de la represión, en la Unión Soviética. Un primer documento era la copia de la carta que Grossman envió a Jruschov tras la confiscación del manuscrito de Vida y destino por los servicios de seguridad. Grossman solicitaba la publicación que la dirección de las revistas Znamia y Novi Mir le había denegado, y argumentaba en su favor que todo cuanto había reflejado en la novela, todo cuanto en ella había expresado, se correspondía a la verdad tanto de sus observaciones como de su pensamiento. El segundo documento era un resumen de la entrevista mantenida con Suslov, miembro del Politburó encargado de las cuestiones ideológicas. Se trata de unos rápidos apuntes de los que se deduce que Grossman debió de insistir en la sinceridad del relato y Suslov, por su parte, desgranó los lugares que los dirigentes comunistas habían venido manejando desde la Segunda Guerra Mundial. No basta con que un texto literario, o por mejor decir, un texto literario soviético sea sincero para que merezca ser publicado; además de sincero tiene que ser útil a la causa de la nueva sociedad. Y Vida y destino, siempre según Suslov, hacía exactamente lo contrario: presentaba nazismo y comunismo como criaturas ideológicas de la misma especie. En su conversación con Grossman, Suslov se enfrentará a la misma dificultad que experimentan los intelectuales comunistas fuera de la Unión Soviética a mediados del siglo XX. Los razonamientos en los que apoya la imposibilidad de publicar Vida y destino llevan al rechazo de cualquier crítica al comunismo y, sin embargo, la crítica es uno de los instrumentos de los que se enorgullece el Partido. Es la crítica a la sociedad capitalista la que legitima la sociedad alternativa que se propone erigir la Revolución; es la crítica al culto a la personalidad de Stalin y a sus excesos lo que está inspirando la política de Jruschov. ¿Cómo rechazar, entonces, que Grossman, un escritor reconocido, uno de los mejores de acuerdo con la opinión determinante del Kremlin, pueda recurrir a la crítica? Suslov cree encontrar ante Grossman la salida a la contradicción: el régimen no sólo tolera la crítica, sino que, incluso, la estimula. Aunque, eso sí, a condición de que se realice desde la perspectiva soviética. La consecuencia de esta cautela es que, según anota Grossman, la idea de libertad corriente en el sistema comunista es diferente de la que existe en el capitalismo. No es una libertad que permita al individuo “hacer lo que le venga en gana”, dirá Suslov, sino aquella que sea útil a la sociedad, y la decisión acerca de lo que es y no es útil a la sociedad corresponde al Partido. En atención al prestigio que Grossman había alcanzado con sus obras anteriores –en concreto, con un primer intento de elaborar literariamente su experiencia en el cerco de Stalingrado, como fue Por una justa causa–, Suslov le promete leer el libro aprovechando unas próximas vacaciones. No es su único compromiso durante la conversación: el manuscrito de Vida y destino no será destruido, sino que permanecerá bajo custodia en los archivos de la seguridad. Con ser importante, se trata de un gesto simbólico. No sólo porque, al anunciar que, por así decir, se respetará la vida del manuscrito, Suslov cree estar rindiendo homenaje al escritor que Grossman había sido; también porque, consciente de los riesgos que corría Vida y destino, Grossman había adoptado todas las precauciones antes de someterlo a la consideración de los editores de Znamia y Novi Mir. Dos amigos del escritor habían recibido sendas copias, que llegarían a Francia y serían editadas por Efim Etkind en 1980. Conociendo las precauciones que Grossman había adoptado, sus gestiones para la edición de Vida y destino en la Unión Soviética adquieren, tal vez, otro significado. Nada tiene de extraño que un autor aspire a ver publicada su obra en la lengua y el país que son los suyos, buscando un puñado de lectores capaces de comprenderla en toda su complejidad. Pero cuando Grossman escribe a Jruschov y se entrevista con Suslov es consciente de que cualquier gestión en favor de Vida y destino resultará inútil, una excursión infructuosa por los vericuetos de la burocracia soviética que, en último extremo, le devolverá al punto de partida. Su desapasionada tenacidad parece buscar algo diferente, tal vez relacionado con la nueva obra que está escribiendo y que consuma su transformación como escritor. En Todo fluye, las implícitas reflexiones sobre el totalitarismo son ya afirmaciones abiertas, descarnadas, ajenas a las conveniencias del momento y al miedo. Ante Suslov, Grossman no es el escritor de Por una causa justa, sino un autor distinto que más parece buscar confirmación de todo cuanto está escribiendo en Todo fluye que la imposible redención del manuscrito de Vida y destino, puesto a salvo a través de sus amigos. La carta a Jruschov y las notas de la entrevista con Suslov están recogidas en un volumen en el que, además, Tzvetan Todorov intenta esclarecer las razones por las que Grossman experimenta esta radical transformación. No es el único escritor que llega a ver claro en medio del totalitarismo soviético, pero sí el más significativo: admirado y reconocido por el Kremlin, renuncia a sus privilegios, que sólo le servirán, próximo ya el fin de su vida, para que Suslov indulte de la destrucción el manuscrito de Vida y destino y le ahorre consecuencias personales como la deportación o la cárcel. Todorov subraya la lentitud de esta transformación. Durante años, sus amigos escritores son perseguidos y encarcelados, y Grossman no reacciona. Miembros de su familia padecen la represión estalinista sin que Grossman tampoco alce la voz. Su silencio llegará al extremo de estampar la firma en manifiestos de clara intención antisemita, pese a ser él mismo judío y haber descubierto la importancia de sus orígenes a raíz de la cruel persecución de Hitler. Estas sucesivas concesiones ante el poder soviético no pudieron por menos que ir despertando su conciencia, alejándola cada vez más de un régimen cuya naturaleza había empezado a identificar con nitidez durante la redacción de Vida y destino, aunque sólo en Todo fluye expusiera a las claras, sin el andamiaje de la estructura narrativa, sus desoladoras conclusiones. El desencadenante de este viraje largamente gestado es, de acuerdo con Todorov, la noticia de la muerte de su madre. Fue asesinada en Berdíchev, de donde era originaria su familia, el 15 de septiembre de 1941, durante un progrom contra la población judía. Grossman no sabe de la masacre hasta 1944, con ocasión de una rápida visita a su casa natal: la encuentra vacía y sólo por una vecina sabe de la suerte que ha corrido su madre. Todorov se apoya convincentemente en que los amigos que se hicieron cargo de los papeles tras la muerte de Grossman no sólo encontraron la copia de la carta Jruschov y las notas de la entrevista con Suslov; encontraron, además, otros documentos privados. Eran dos cartas que Grossman escribe a su madre años después de que fuera asesinada y consciente ya de que nunca habría de recibirlas. El hallazgo es revelador de la manera en la que Grossman entiende en esos momentos la escritura: es un acto sin esperanza. En realidad, ¿qué diferencia había entre redactar Vida y destino o Todo fluye, sabiendo que no habrían de publicarse, o dos cartas a la madre muerta, que no podrá leerlas? Grossman concibe ambas cartas como estremecedoras y ya imposibles declaraciones de amor: “Querida mamá, han pasado veinte años desde el día de tu muerte –dice en la última–. Te quiero y te recuerdo cada día de mi vida, y durante estos veinte años el dolor de tu pérdida me ha acompañado constantemente”. Pero entre el puñado de frases que dirige a la madre muerta va dejando noticia, además, de uno de los más insondables misterios de cualquier escritor: por qué y para quién escribe. “Me parece que mi amor por ti –prosigue Grossman– es cada vez más grande y responsable, porque ahora quedan muy pocos corazones en los que vivas. Estos últimos diez años, mientras trabajaba [en Vida y destino], he pensado en ti sin interrupción; mi novela está dedicada a mi amor y devoción hacia la gente, y ése es el motivo por el que está dedicada a ti. Representas para mí lo humano por excelencia, y tu terrible destino es el destino de la humanidad en estos tiempos inhumanos”. Grossman confiesa a continuación que ha llorado releyendo las cartas que conservaba de ella, y escribe: “Lloro sobre tus cartas porque en ellas te encuentro: tu bondad, tu pureza, tu vida tan amarga, tu sentido de la justicia, tu nobleza, tu amor por mí, tu preocupación por los otros, tu maravillosa inteligencia. No temo nada –concluye Grossman–, porque tu amor está conmigo, y el mío estará contigo por toda la eternidad”. El totalitarismo soviético que, junto a su criatura simétrica, el nazismo, había puesto en jaque la vida de millones de personas, nada pudo al fin contra el amor de una madre por su hijo. |
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