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Nº 815
22/12/2008

No nos gustan los rusos

Las reacciones de todo tipo, y más bien negativas, sobre la eventual entrada de Lukoil en Repsol se acumulan a las que se han venido produciendo casi siempre que empresas rusas, petroleras o no, han pretendido invertir en Occidente. Diversas consideraciones han influido para que sus movimientos no sean bienvenidos, resumiéndose por el sector estratégico del sector que eligieron y por la duda ante la preponderancia directa o disimulada del Kremlin tras las actuaciones de empresas que no serían exactamente privadas. La sombra de Gazprom, el control de oleductos y gaesoductos, la amenaza de represalias energéticas y el monopolio de tales suministros se ciernen sobre estas operaciones; al intentarse hacen recordar los malos tragos y desalentadores precedentes relativos a empresas occidentales que operaban en Rusia. Por ejemplo, los de la Dutch Shell, obligada a relacionarse en situación de inferioridad con Gazprom, o de la British Petroleum-TNK, compañía que fue objeto de una conspiración por parte de sus socios rusos para quedársela en su totalidad. Objeto de discriminación y de arbitrariedades legales en Rusia éstas y otras compañías, también lo han sido, al menos de desconfianza, las compañías rusas en Occidente, como ahora lo es Lukoil.

No consiguió sus propósitos la acería Severstal en sus maniobras para fusionarse con la empresa occidental Arcelor, ni tuvo éxito la pretensión de Gazprom de colocar sus representantes en la administración de la compañía EADS, la que fabrica el Airbus, pese a la sustancial compra de acciones por parte del gran banco ruso Vneshtorgbank, Aeroflot fue rechazada de Alitalia, etc. En 2006 las compañías rusas intentaron por doce veces, ninguna admitida, comprar acciones en compañías europeas, cinco de las que lo pretendieron tenían relaciones con Grazprom. Una razón de tal discriminación o desconfianza, repito, reside en esa incertidumbre por conocer si el socio ruso actúa por interés comercial o en realidad lo hace siguiendo directivas políticas y comerciales cuyo origen hay que buscar en el Kremlin. En cualquier caso se trata de un precio y un malentendido generados por la escasa atención y el reducido respeto que en Rusia se muestran hacia la seguridad jurídica y las normas de comportamiento comercial entendidas al modo de Occidente, sin excluir la alarma por lo que en la Rusia de Putin se ha hecho con los mismos empresarios rusos que han resultado díscolos; renacionalización de Yukos en 2004, persecución de los magnates Vladimir Gusinsky y Mikhail Khodorkovsky, muerte misteriosa de Vadim Schmidt, etc.

Rusia necesita inversores internacionales, pero éstos son reacios a colocar su dinero en un país que ven caracterizado por un ambiente legal inseguro y por los intentos del Kremlin para recuperar y fortalecer sus empresas estratégicas caiga quien caiga. Esta política, sostenida por los altos precios del petróleo y el gas natural, ha sido llevada a cabo por Putin desde que fue nombrado primer ministro en 1991 colocando a Rusia y Grazprom en una posición frente a Occidente de una solidez que nunca se había conocido antes. Dada la alta disponibilidad inversora y la agresividad de determinadas compañías rusas, sea comercial, política o ambas cosas, no es fácil oponerse a sus ofertas, ni siquiera en los Estados Unidos. Precisamente Lukoil pudo adquirir la red de gasolineras de Getty Oil y controlar la Stillwater Mining, la única productora en los Estados Unidos de platino y paladio, a través de la compañía rusa Norilsk Níkel. La situación crítica en que se encuentran muchas empresas occidentales, aunque sean de naturaleza estratégica, contribuye indudablemente a la rebaja de los controles del dinero que se ofrece desde fuera, aunque sea ruso.

Posiblemente a medida que compañías rusas se proyectan en Occidente se conviertan a su vez en rehenes, en el buen sentido. Es decir, se verían obligadas a adaptarse a las normas de comportamiento jurídico y comercial de los países en que se mueven. Lo que igualmente puede forzar a que en Rusia se actúe con mas lealtad jurídica y comercial ante las compañías occidentales que operan en su territorio. Pero al revés de lo que ocurrió en los años deYeltsin, en los años de Putin se han venido generando en Occidente buenas descargas de desconfianza y estupor compuestas por los malos ejemplos que proporcionan las empresas occidentales y los malos ejemplos de las empresas propias, las represalias energéticas contra terceros países, etc., a las que por si fuera poco se añadirían las descargas provocadas por esa voluntad del Kremlin para devolver a Rusia la condición de superpotencia y de recuperar los ámbitos perdidos, puesta brutalmente de manifiesto en la guerra de Georgia del pasado mes de Agosto. Por las rentas petrolíferas, la riqueza en gas natural, el control de oleoductos y gaseoductos, Rusia ha adquirido una capacidad política y económica sin precedentes. Queda por ver que ese gran país, y sus empresas, alteren el comportamiento y modifiquen la mentalidad de esos rusos que llaman a Occidente, y que no nos acaban de gustar.•

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