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AGUA VA...
Ramón O'Pina
Nº 815- 22 de diciembre de 2008
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Noche Buena de amor

Erase una vez un emigrante sin papeles, carpintero, trabajador eventual, maduro, pareja de una preciosa chica joven, de piel morena, embarazada de nueve meses. José de nombre, con su María sentada al lado, a punto de dar a luz, conduciendo camino de su chabola en aquel poblado marginado, de las afueras, lleno de plásticos y desechos urbanos. Los ojos, encallados del esfuerzo por mirar a través de la niebla; aferrado al volante de la renqueante furgoneta, con la angustia de quedarse sin gasolina antes de darle cama a María y seguir esperando el parto. Podía ser en cualquier momento y le asustaba la idea de encontrarse él solo con María. Seguía pensando que había hecho mal aceptando la negativa de María a quedarse en la ciudad, al calor del metro, a la espera del parto. Una vez llegado el momento, la policía sería una ayuda para llevar a María a un hospital y ella tendría, así, todos los cuidados. Ni hablar. María, tan dulce de natural, tenía su decisión tomada y era terca como una mula: nada de policía ni hospitales. "Nosotros solos, con la ayuda de la vieja rumana, y el resto de mujeres del poblado y todo saldrá bien". Y así fue. Al calor y la luz de las hogueras, con todo el poblado chabolista en vela, pendiente de María. Al paso de una estrella fugaz dibujando la noche (sería un avión, digo yo), la naturaleza, ayudada por las mañas de la vieja rumana, repitió el milagro. Los gritos de dolor de María se tornaron en risas al primer lloro del recién parido. Un Niño Jesús cualquiera. Al igual que aquél, también nacido en el pesebre de la pobreza; abrigado de amor; arropado de alegría y cariño solidario; al calor de unos pechos rebosantes de ternura. ¿Hay algo más feliz que un parto? La Noche Buena.

Mientras los más celebramos el recuerdo de aquel nacimiento en Belén, a tope de comida, bebida y golosinas, apilando regalos, borrachos de fiesta y holganza, otros muchos, como José y María, sin patria, sin papeles, sin trabajo, sin remedio ni posibles, se preguntarán qué razón hay para celebrar, tan insultante y torpemente el nacimiento de un niño Dios, como ellos, pobre de solemnidad. No veo yo que la jerarquía eclesiástica exhorte y movilice a sus fieles en pro de una Navidad de fe evangélica, auténtica, con el mismo ardor que defiende sus parcelas de fe trasnochada (preservativos, aborto, divorcio, homosexualidad,...) o intereses mercantilistas (educación, la COPE,...). Yo sí quiero manifestarme, y no me resisto a invitar, a quien se ponga a tiro, al gozo de hacer el amor en estas fechas. Amor del bueno, con mayúscula de Caridad (también del otro, pero no sólo en Navidad). Es como el sexo y la gastronomía, la gracia está en probar y experimentar. Ahí va mi envite: al primer crío/a de ONG que te cruces pidiendo un donativo para ayudar a los pobres en Navidad, echas mano de la cartera y le sueltas unos euros en papel. Verás cómo se te pone el cuerpo y lo mucho que te quieres. Y yo. •

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