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Nº
815 - 22 de diciembre de 2008 |
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De Carod-Rovira y la fascinación del nacionalismo catalán por Israel Hace aproximadamente un mes, Josep Lluís Carod-Rovira, vicepresidente del Gobierno autonómico de Catalunya, viajó a Jerusalén con el fin de agradecer al presidente del Estado de Israel, Simon Peres, su apoyo al establecimiento de la Unión para el Mediterráneo en la ciudad de Barcelona. Carod-Rovira ya había estado en Jerusalén, siendo vicepresidente, entonces con Pasqual Maragall de presidente, el año 2005, cuando se produjo aquel escándalo de una corona de espinas, adquirida como un souvenir turístico y que produjo un enorme rechazo en la prensa española conservadora, tan dada por lo demás a agigantar de manera taimada cuanto le disgusta. La derecha se sintió enojada por las bromas entre Carod-Rovira y el propio Maragall, reflejadas fotográficamente, en torno a la corona que ciñera Jesucristo en su subida al Gólgota y en su crucifixión. En esta ocasión, no se registró polémica alguna. Según sus propias palabras, Carod-Rovira se reunió con Peres “en un ambiente de cordialidad”. Peres, que tiene ahora 85 años, fue elegido hace un año presidente sustituyendo a Moshé Katsev, acusado de delitos de violación y acoso sexual. Peres, un símbolo del laborismo israelí, Premio Nobel de la Paz de 1994, abandonó su partido, cada vez más hundido por su giro constante hacia posiciones derechistas. En este proceso involucionista, Simon Peres participó activamente por lo que conviene no perder de vista quién es y qué representa en la actualidad el antaño mito laborista. Carod-Rovira no desaprovechó la coyuntura y elogió la “tenacidad” de los judíos para lograr su propio Estado, según publicó el pasado 18 de noviembre El Periódico de Catalunya. Tanto en CiU como en ERC, es decir, en el ámbito del nacionalismo catalán, existe una prolongada y notable fascinación, incluso hegemónica, hacia el Estado de Israel. Algunos de sus componentes llegan a defender incluso postulados sionistas o muy cercanos al sionismo. Jordi Pujol también viajó en más de una oportunidad allí y mostró su complacencia y admiración por la recuperación judía de la nación perdida. Carod-Rovira, tras loar la “tenacidad” judía, precisó que la digamos reconstrucción de la nación israelí había sido fruto de “una larga marcha de dos mil años”. En definitiva, vino a decir que los judíos habían conseguido su objetivo de poseer “un Estado” y de alcanzar “el reconocimiento de su identidad”. No se refirió el ex número 1 de ERC públicamente a los efectos colaterales que provocó el nuevo Estado de Israel en perjuicio creciente y dramático de los palestinos, aunque sí es cierto que Carod-Rovira asistió el día siguiente a su encuentro con Peres a la reunión en Jordania de donantes de la agencia de las Naciones Unidas para la ayuda a los refugiados palestinos. El Gobierno catalán, el tripartito, ha aportado este año a ese organismo 430.000 euros. ¿Lo hizo por solidaridad? Probablemente, sí, teniendo en cuenta además las posiciones al respecto del PSC y de Iniciativa. Sin embargo, Carod-Rovira describió su gira por Oriente Próximo como “el derecho de Cataluña a mantener una política exterior propia, tal y como establece el nuevo Estatuto”. Mientras, acontece que, como ha publicado estos días El País, “Israel –uno de los pocos países que acogieron con recelo la victoria de Barack Obama en EE UU–, está escorado a la derecha (…) Todo parece estar a punto de caramelo para que el partido conservador Likud arrase en las elecciones legislativas del 10 de febrero. Pero a la fuerza que ha gobernado durante 20 de los últimos 31 años le ha salido un quiste: las primarias del Likud han arrojado unos resultados inesperados para su presidente, Benjamín Netanyahu, en las que varios candidatos se alinean con posiciones que lindan con el fascismo. Netanyahu reclutó a Benny Beguin, hijo del ex primer ministro Menahem Beguin, y al ex jefe del Estado Mayor Moshe Yaalon. Eran estrellas rutilantes, dos halcones de tomo y lomo. También incluyó entre sus elegidos a Dan Medidor, más conciliador. Jugaba al equilibrio. Pero sucedió lo que menos deseaba. Moshe Feiglin, líder de los rebeldes extremistas en el Likud, y sus partidarios se erigieron en auténticas estrellas de la campaña y lograron posiciones que les garantizan escaños en el Parlamento (…) Feiglin es un dirigente al que muchos califican sin tapujos de “fascista”. Hace más de una década, en entrevistas a los medios hebreos, se declaró admirador de Hitler. A su juicio, el líder nazi era “un genio militar incomparable” que “dotó a Alemania de orden público y de un régimen ejemplar con un sistema judicial apropiado”. Añadía Feiglin que el sionismo es “racista” y que los palestinos son “inferiores” porque fracasaron a la hora de lograr su Estado a lo largo de la historia. Entre sus partidarios se encuentra Ehud Yatom, un ex agente de las fuerzas de seguridad que aplastó con piedras las cabezas de dos terroristas palestinos que habían sido detenidos. Se declaró orgulloso de ello tras recibir el perdón presidencial”. Este Estado isrealí, tan apreciado y envidiado por sectores
importantes del nacionalismo catalán, ha ido paulatinamente, y apenas sin
frenos, derechizándose, hasta el extremo de que el tal Feiglin, que propone
medidas como que Israel abandone la ONU, por ejemplo, enaltecía en el pasado a
Hitler, el tirano más odiado por los judíos y con toda la razón. La izquierda
israelí, representada históricamente por los laboristas, se ha suicidado en
virtud de sus concesiones estratégicas a la derecha en la guerra inacabable con
los palestinos. Los partidos ultraortodoxos y religiosos han mangoneado en los
Gobiernos de los últimos años. El futuro parece encaminarse hacia un Estado
militarizado al máximo, que ya lo es ahora, aunque formalmente no lo sea. Sería
oportuno que Carod-Rovira, en todo caso, explicara con mayor detenimiento y
precisión cuál es la identidad de la nación israelí. Experto en identidades
territoriales y étnicas, pues Israel es una muestra evidente de identidad
étnica, resultaría muy interesante conocer el punto de vista de Carod-Rovira
acerca de si la deriva ultra de Israel, más próxima esa deriva al fascismo o al
nazismo que a un régimen democrático, ha de incluirse o no en la identidad
recuperada después de dos mil años de no se sabe del todo bien qué larga marcha
del pueblo judío. Luis G. del Cañuelo |
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