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Nº 815 - 22 de diciembre de 2008

Fin de un año horrible

Parece que este año horrible no quiere acabarse sin acumular malas noticias y peores perspectivas. El espectacular aumento del paro en EE UU, con medio millón de empleos perdidos en noviembre en la industria y los servicios, auguran que 2008 será el peor año desde 1945.

En España, la caída del precio de los activos financieros e inmobiliarios obliga al gobierno nada menos que a suspender la aplicación de las normas contables para evitar la quiebra generalizada de las empresas. Y los déficit públicos que van a producir los planes de relanzamiento económico hacen que la Comisión Europea ponga en el congelador el Pacto de Estabilidad, porque todo el mundo sabe que no se va a cumplir.

No importa, hay urgencias más importantes que la estabilidad de las Haciendas Públicas. Como dice el Premio Nobel Krugman, es posible que estemos hipotecando el futuro pero si no lo hacemos nos quedamos sin futuro. Es la hora de la expansión del gasto público, el único que puede mantener la demanda ante la desconfianza generalizada en los mercados financieros, la montaña de deudas de las empresas y el ahorro de precaución de los particulares.

La deuda pública es un refugio en estos tiempos revueltos y los gobiernos pueden financiar a tipos muy bajos sus planes de relanzamiento, 200.000 millones de euros el europeo y en EE UU un billón de dólares. Esta semana el Tesoro americano colocó bonos a tres meses a un tipo negativo, ¡lo nunca visto desde 1941! Pero empieza a preocupar la sostenibilidad del endeudamiento público, en torno al cual se puedeestar empezando a crear la siguiente burbuja financiera. La primera voz de alarma se produjo el miércoles cuando Alemania, el país con la mejor solvencia financiera y el menos dado a los excesos keynesianos, tuvo dificultades para cubrir una emisión de 7.000 millones de dólares de deuda pública. ¿Quizás también se esté terminando la fiesta para las Haciendas Públicas?

Pero, de momento, el Estado seguirá siendo la única tabla de salvación de la economía mundial en las economías occidentales y más todavía en China, afectada brutalmente por la caída de las exportaciones. China, la economía en más rápida expansión del mundo, frenará su crecimiento hasta el 7,5 por ciento, por debajo del necesario para no destruir empleo. Y ello a pesar del enorme estímulo fiscal anunciado por el Gobierno.

En la India, todavía peor, puede quedar por debajo del 6 por ciento. Excluyendo a estos dos gigantes el crecimiento de los países en desarrollo será menor del 3 por ciento el próximo año. Y un punto de crecimiento perdido en África equivale a tres veces lo que recibe en ayuda al desarrollo. A su vez, la dismi- nución de la actividad en China disminuye la demanda de materias primas, cuyos precios se hunden en picado después de los vertiginosos aumentos del último año.

Nos espera una larga y dolorosa recesión global. Según dos informes del Banco Mundial y del Departamento de Energía de EE UU aparecidos la semana pasada, el mundo se enfrenta a la peor recesión desde la Gran Depresión iniciada en el 29. Por primera vez en los últimos 30 años, la demanda global de petróleo caerá durante dos años consecutivos y el auge de los precios de las materias primas de los últimos cinco años —que elevó los precios 130 por ciento— ha llegado a su fin.

Pero lo más grave es la previsión de que el comercio mundial, verdadero motor del crecimiento de los países en desarrollo, se contraerá un 2,1 por ciento en 2009, por primera vez desde 1982. Ésta sería una pésima noticia para los países en desarrollo, que pueden enfrentarse a la mayor disminución de su crecimiento de los últimos 60 años, con caídas vertiginosas desde el 8 por ciento en 2007 hasta el 4 por ciento en 2009.

Aunque las intervenciones para sostener el sistema financiero internacional y apoyar el crecimiento en el mundo industrializado tengan éxito, las inversiones caerán y los flujos de capital desde los países desarrollados disminuirán a la mitad del pico alcanzado en 2007.

Así, desde que se intensificó la globalización de la restricción del crédito, se ha desvanecido la teoría del decoupling, según la cual los países en desarrollo podrían mantenerse al margen de los problemas del mundo industrializado. Al contrario, todo dependerá de la recuperación de la confianza en las decisiones de consumo e inversión de los países desarrollados, especialmente en Europa.

Por eso son especialmente importantes los acuerdos del Consejo Europeo del pasado fin de semana sobre el paquete energía-cambio climático y el plan de relanzamiento europeo. Estas parecen ser las únicas buenas noticias de este fin de año.

José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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