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| Nº 814 - 15 de diciembre de 2008 |
Por José María Ridao Dos días después de que Estados Unidos lanzase la bomba atómica sobre Hiroshima, Albert Camus escribió en el editorial de Combat, el periódico más influyente de la Resistencia: "hay algo indecente en celebrar así un descubrimiento que, para empezar, se pone al servicio del más formidable arrebato de destrucción que el hombre ha mostrado a lo largo de los siglos". Camus salía al encuentro del entusiasmo con el que la prensa de todo el mundo había saludado la existencia de un arma todopoderosa, capaz de forzar la inmediata capitulación de los japoneses y de poner fin a la guerra. La energía nuclear había hecho su entrada en escena y, tras cinco años de matanzas y destrucción, pocas fueron las voces que advirtieron el peligro de que se siguieran desarrollando en el futuro los usos militares, aunque jugaran a favor del campo propio y contra los enemigos. No se trataba de defender a Japón —Camus, con todo, se siente obligado a señalar que le alegraba la perspectiva de que resultase derrotado—, sino de evitar que, llevados por el fragor del conflicto, se ocultase un acto cruel detrás de un murmullo admirativo, como si la imagen de Hiroshima destruida y sus habitantes calcinados perteneciera a un anodino espectáculo de ciencia ficción. "Resumiremos nuestra posición en una frase —escribe Camus en ese mismo editorial-: la civilización mecánica ha alcanzado el último grado de brutalidad". Y concluye, proféticamente: "En un futuro más o menos próximo habrá que elegir entre el suicidio colectivo o el uso inteligente de las conquistas científicas". Junto a Camus, sólo los filósofos Karl Jaspers y Günther Anders parecieron experimentar un sentimiento semejante ante el inicio de la era atómica, sin dejarse arrastrar por los odios y las lealtades que exigía la guerra. El primero, casado con una judía y, por esta razón, obligado a abandonar su puesto en la universidad alemana durante el nazismo, escribiría pasados los años La bomba atómica y el futuro del hombre. Anders, por su parte, dedicaría el grueso de su reflexión a analizar las consecuencias filosóficas de la existencia del arma nuclear, de una capacidad de destrucción que, por primera vez en la historia, podía poner fin a la existencia humana. La obsolescencia del hombre fue su obra más completa sobre la cuestión, pero no la única: decenas de artículos, ensayos y conferencias, además de un infatigable activismo civil en favor del desarme, hicieron de él un pensador de referencia durante la Guerra fría, cuando los riesgos de un apocalipsis nuclear parecían no sólo posibles sino también inminentes. El colapso de la Unión Soviética hizo, sin embargo, que las preocupaciones de Jaspers y de Anders, al igual que las de Camus, parecieran perder actualidad, como si el peligro se hubiera desvanecido con los restos del imperio soviético. Pero en el cuarto de siglo transcurrido desde entonces, los arsenales existentes se han mantenido intactos y otros países se esfuerzan, todavía hoy, por hacerse con el arma atómica. Anders escribe en 1960 un opúsculo titulado El tiempo del fin, en el que trata de recapitular los efectos que la existencia de la bomba atómica, de la posibilidad real de que el hombre destruya el mundo, proyecta sobre la filosofía y la metafísica. De manera velada en el arranque de su razonamiento, y de modo expreso en las últimas páginas de El tiempo del fin, Anders va estableciendo un paralelismo entre la visión apocalíptica del cristianismo y la evidencia de que, debido a los avances científicos, los gobiernos en posesión del arma atómica están en condiciones de provocar el fin del mundo. La diferencia indiscutible entre las especulaciones teológicas y la realidad política de la Guerra fría es queésta no se apoya sobre una metáfora o, por mejor decir, sobre una fantasía. La destrucción total de cuanto existe no es, señala Anders, una criatura de la imaginación sino una posibilidad verosímil, ya sea porque las dos grandes potencias nucleares sucumban a la tentación de un enfrentamiento, ya porque un accidente desencadene las respuestas pautadas por la estrategia de la Destrucción Mutua Asegurada. La conclusión que Anders extrae de esta amenaza, de esta fragilidad de la existencia humana frente a una de sus propias invenciones, es que el empleo de la bomba en Hiroshima y Nagasaki ha convertido lo que hasta entonces sólo era una época más de la historia en un plazo. Si este plazo concluye, esto es, si los peores pronósticos llegaran a cumplirse, el tiempo humano habría llegado a su final. No habría una época que sucediera a la anterior ni un nuevo plazo que sustituyera al que no se había logrado aprovechar, desactivando el peligro de una conflagración entre potencias nucleares. "El cementerio que nos aguarda —escribe Anders— es tal que los difuntos que reposan en él no dejan a nadie detrás de ellos". De ahí que la imperiosa disyuntiva que plantea la simple existencia del arma atómica se resuma, siempre según Anders, en evitar que "el tiempo del fin" se convierta en "el fin del tiempo". Pero es tal vez en el recorrido para llegar hasta esta conclusión donde Anders esboza algunos razonamientos cuya validez se revela independiente de la coyuntura de la Guerra fría. Bajo la rúbrica de "la ley de la inocencia", Anders describe la forma en la que el ser humano ha empezado a relacionarse con la técnica. Sus argumentos recuerdan a los de Julien Benda: si éste responsabilizaba a la ideología de ese siniestro fenómeno por el que se podía llegar a perpetrar el mal pero invocando el bien, Anders asigna ese papel a ciertas aplicaciones de la ciencia. Y evoca como "buenos tiempos" aquellos en los que "la maldad era aún la condición para los actos malvados". A su juicio, es la técnica la que, además del fanatismo al que se refería Benda, permite perpetrar las mayores atrocidades sin empañar la inocencia de quien los lleva a cabo: "la cantidad de odio que se requiere para cometer un crimen es inversamente proporcional a la importancia de este último". La técnica, y más aún, la aplicación de los conocimientos sobre el átomo a la fabricación de armas nucleares, es lo que permite esa ecuación que banaliza la destrucción y la muerte, y que, en resumidas cuentas, permite sostener, como hace Anders, que "nuestro mundo no sucumbirá víctima de la cólera o de la crueldad", sino que "se apagará como se apaga una bombilla". Si hasta este punto coincidía con Benda, a partir de él Anders parece evocar los razonamientos de Marcuse: "El objetivo de nuestro pensamiento utópico actual –escribe– ha sustituido el sueño político por un sueño técnico, ha concebido el ideal político como un ideal técnico. El ideal no es ya el mejor Estado –concluye Anders–, sino la mejor máquina". Es decir, donde Marcuse hablaba del "final de la utopía" como un estadio positivo de la historia en el que el ser humano podía realizar sus sueños gracias a la técnica, Anders entrevé la posibilidad de que, siempre a través de ella, se provoque una catástrofe definitiva. Junto a la "ley de la inocencia", El tiempo del fin enuncia una segunda consecuencia derivada de la existencia de un ingenio capaz de destruir el mundo: "la ley de la oligarquía". La comprensión de este enunciado exige detenerse en otra de las observaciones iniciales de Anders, para quien la simple posesión del arma atómica constituye de por sí una forma de usarla. "No existe arma nuclear –escribe– cuya existencia no sea al mismo tiempo una utilización". Ésa será, a su juicio, una de "las claves de la era atómica", dominada por la doctrina de la disuasión sobre la que se apoyará la Guerra fría y la condición misma de superpotencia. El simple hecho de disponer de la bomba, explica Anders, equivale a comportarse como un "chantajista", como alguien que se sabe en posesión de la última palabra en cualquier controversia. Y es por esta vía por donde descubre que "la vida del mundo técnico tiende hacia formas de dominación oligárquicas". No niega, de acuerdo con Camus y su editorial en Combat, que exista la posibilidad de un "uso inteligente de las conquistas científicas". Pero estima que ese uso se verá entorpecido por "la ley de la oligarquía" y por la conversión de cualquiera que posea el arma nuclear en "chantajista". Es decir, Anders se aferra al "catastrofismo ilustrado", una actitud que no contempla la era atómica desde el fatalismo, sino que subraya la importancia de que los Estados se comprometan en la vía de la no proliferación y del desarme. La última preocupación de Anders en El tiempo del fin es evitar que un cierto conformismo se adueñe de las conciencias, confundiendo el hecho de que el riesgo nuclear no se materialice con la desaparición de ese riesgo. O por decirlo con sus palabras, "que se tome el todavía no por un jamás". De algún modo, esa fue la evolución que experimentó el movimiento antinuclear a partir de los años 80, una vez que se fueron apagando voces como la de Günther Anders. La principal preocupación del movimiento se fue desplazando entonces desde los asuntos relacionados con la guerra atómica hacia el ecologismo y los problemas no resueltos de la energía nuclear, comenzando por la seguridad de las instalaciones y terminando por el almacenaje de los residuos. Se trata, sin duda, de causas que han cumplido una importante función, pero que no combaten de frente ni conjuran "el más formidable arrebato de destrucción que el hombre ha mostrado a lo largo de los siglos", según lo definió Camus tan sólo dos días después de que Hiroshima fuese destruida y sus habitantes calcinados mientras la mayor parte de la prensa creía asistir a un anodino espectáculo de ciencia ficción. • |
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