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| Nº 814 - 15 de diciembre de 2008 |
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Camuflaje como estrategia del disimulo por Miguel Ángel Aguilar Escribe el profesor Jorge Lozano en la presentación del monográfico de la Revista de Occidente dedicado al camuflaje como metáfora contemporánea sobre la estrategia de la desaparición, de la ocultación, de la invisibilidad, del propósito de confundirse con el ambiente, de eclipsarse mediante la modificación de las apariencias. Considera que el origen del camuflaje se encuentra en el mimetismo del mundo animal, que pretende unas veces pasar inadvertido y otras, llamar la atención. Porque uno no se disfraza sólo para esconderse, se disfraza en igual medida para hacerse ver, para aparecer bajo una cobertura espectacular y atractiva, desconcertante y engañosa. Enseguida nuestro profesor se refiere a las aplicaciones del camuflaje como una función guerrera, como disimulación estratégica, dentro de la casuística de la ilusión óptica, que va desde el espejismo al trompe I'oeil. Sostiene Patrizia Magli que el arte del camuflaje, sometido a continuas transformaciones se inicia con la Primera Guerra Mundial. Como siempre, se trata de responder a la necesidad de ver sin ser vistos, de ocultar a hombres y equipamientos, de engañar la visión del enemigo mediante distorsiones de la percepción. Hay una lista elaborada por el arquitecto y diseñador Hugh Casson, miembro de la Comisión de Camuflaje del gobierno británico durante la II Guerra Mundial, que recapitula las necesidades bélicas en el ámbito de la estrategia del disimulo, entre las que figuran: la ocultación completa, sólo apropiada para objetos pequeños; la fusión o atenuación, conseguida al eliminar las superficies que reflejan la luz o al aplicar al objetivo colores orgánicos "locales"; la disrupción-fragmentación de la imagen de superficie, mediante el uso de "colores fuertemente contrastados"; la diseminación de modelos de casas, carreteras y otros elementos creados en dos o tres dimensiones; los señuelos que imitan objetivos reales, señales luminosasfalsas, movimientos de tropas simulados y otras invenciones. Sólo un momento para presentar un caso de superficies que reflejan la luz tomado de la novela magistral La marcha Radetzky de Joseph Roth. Cuenta nuestro autor la visita al frente del joven emperador Francisco José durante la batalla de Solferino el 24 de junio de 1859. Refiere el momento en que el emperador, en primera línea del frente, se disponía a mirar con los prismáticos que le ofrecía uno de sus acompañantes. El teniente Trota sabía bien que quien observase desde las posiciones enemigas deduciría que alguien con prismáticos constituía un blanco sobre el que valía la pena hacer puntería. Temió que se produjera un disparo sobre el emperador y por ello le agarró con ambas manos por los hombros para que se agachara y lo tiró al suelo mientras una bala que hubiera podido terminar con él atravesaba el hombro izquierdo del teniente. Si de la batalla de Solferino nos trasladamos a la toma de Bagdad por los americanos el 8 de abril de 2003 nos encontramos con los periodistas José Couso deTelecinco y el ucranianao Taras Protsyuk, situados en un balcón del Hotel Palestina. Sus cámaras metálicas expuestas al sol ofrecían reflejos, que fueron interpretados como procedentes de armas automáticas y quisieron ser anuladas desde un carro M1 Abrams mediante disparos de su cañón de 120 milímietros, con resultado de muerte para ambos colegas. Por aquí deberíamos continuar la senda de los vaivenes del uniforme reveladores de que el camuflaje sirve también como una forma de distinción, de reconocimiento, de identidad: una identidad basada, más que en las formas útiles o prácticas, en las formas gratuitas de lo estético, que le otorgan una función ajena a la invisibilidad, como subraya en el mismo número de Revista de Occidente Maite Méndez Baiges. Otro día volveremos sobre los modelos de uniformes de camuflaje que competían con los de nuestras fuerzas en Iraq, en las antípodas del disimulo.• |
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