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Nº 813 - 8 de diciembre de 2008


DOS GRANDES CLÁSICOS NUEVOS EN LA PLAZA

Por Mauro Armiño

Son estas fechas de fin de año, según los editores, las que, junto con la celebración catalana de San Jordi y la Feria del Libro, salvan los trastos en sus balances. En este país donde casi está prohibida la lectura –en un spot televisivo, una señora se levanta de su asiento en el metro cuando un caballero bien aseado y apuesto se sienta a su lado con un libro de Nietzsche abierto; óigase y véase también en multitud de programas para bobos cómo el hecho de leer es motivo de befa–..., digo que, por eso, en este país conviene recordar de vez en cuando algún título que no sea del montón ni del amigo –hábito y abuso de suplementos culturales–. Casi está prohibida la lectura, y también la cultura general, desterrada incluso en quienes se supone que ostentan los más altos niveles culturales: botón de muestra, esos diputados que preguntados por reporteros de Caiga quien caiga dónde está Lesoto (diputado del PP) o quien es Joseph Biden (Llamazares) no lo saben; personajes de todos los partidos, a los que se supone, sin fundamento alguno, como se ve, mínimos conocimientos de su oficio; esperemos que el diputado popular que no sabía donde estaba ese Estado carezca de aspiraciones a ministro de Exteriores.

Sólo elegiré dos libros, de cierto volumen pero de entidad excelente que acaban de salir a librerías y que, si alguien está' interesado en divertirse pensando puede comprar para sí mismo o, aprovechando el ritual de estas fiestas, para amigos. Además, en el primero de ellos, Teatro escogido de William Shakespeare (Espasa), se incluye por primera vez una obra a medias shakespeariana nunca traducida a español. En dos tomos se recogen 22 piezas de teatro de quien sigue siendo el autor más llevado a los escenarios de todos los tiempos; podríamos disentir de la afirmación de Harold Bloom, recogida en el prólogo por Ángel Luis Pujante, según la cual Shakespeare no es sólo "el centro del canon literario occidental, sino del canon occidental mismo", porque hay visiones y géneros que el dramaturgo no aborda, pero la aseveración sí puede servir para subrayar la capital importancia que para el pensamiento y el arte tuvo y tiene esta obra, más que la de ningún otro, Cervantes incluido.

La excelencia del pensamiento. No es sólo que Shakespeare aborde todos los géneros teatrales, de la comedia a la tragedia y el drama, de fragmentos bufos a nuevas formulaciones de las ideas de los Antiguos, griegos y latinos; Shakespeare resume y remoza esas ideas sobre la vida del hombre y sus relaciones, sobre sentimientos tan diversos como el amor y el odio, la fidelidad y los celos, la venganza, el apasionamiento y la crueldad, la dulzura o la guerra; todo un catálogo de situaciones en las que el hombre del siglo XXI todavía vive inmerso. Las 22 obras, más de la mitad de las suyas, suponen un repaso por todos esos géneros y una selección en la que no falta nada de lo fundamental: Hamlet, Macbeth, El rey Lear, La tempestad, etc., que suelen verse en escena: pero las gentes del teatro no se atreven con las Enrique, por ejemplo, que requieren cuarenta o más intérpretes: el costo lo impide; se atreven, y hay que agradecérselo, con lo más conocido: Ricardo III, Julio César y Coriolano.

En los dos tomos de este Teatro selecto aparece, por primera vez en español, Los dos nobles parientes, que Shakespeare escribió en colaboración con Fletcher a partir de varias fuentes basadas en la leyenda griega de los Siete contra Tebas; Shakespeare y Fletcher unen lo maravilloso con el realismo, lo legendario con lo cotidiano para subrayar una lección moral: el honor es preferible a la vida; hasta asfixiar incluso cualquier sentimiento humano. La lectura produce un efecto curioso, porque no son los dos primos del título los que mejor han resistido el paso del tiempo, sino las dos heroínas: por un lado, Emilia, cuyo amor enfrenta a Palamón y Arcite; por otro, la hija del carcelero; ambas encarnan dos visiones distintas del amor, y en la expresión de sus sufrimientos es la verdad hecha carne lo que se impone.

Tiene la edición un valor añadido, además de cubrir en parte la necesidad de unas nuevas Obras completas de Shakespeare: de este Teatro selecto se ha encargado Ángel Luis Pujante, el shakespeariano español más importante, que recoge sus traducciones publicadas en la colección Austral, y que se completan con Enrique V, vertido por otro shakespeariano importante, el catalán Salvador Oliva, colaborador al alimón con Pujante en la traducción de Los dos nobles parientes. Con estos nombres, Ángel Luis Pujante y Salvador Oliva (que ha vertido a lengua catalana a Shakespeare) la calidad de la traducción y la correspondencia del texto español y el inglés está asegurada.


El segundo libro que merece la pena es Cuentos esenciales, del francés Guy de Maupassant (Mondadori), traducido, bien, por José Ramón Monreal; son más de 1260 páginas que recogen lo fundamental de quien, detrás de Chejov, ostenta el título de mayor y mejor autor de relatos de la historia de la literatura; también aquí la selección responde a diversos criterios, porque en los más de 300 relatos de Maupassant se puede escoger de todo: relatos de terror, de magia y realismo, de amor y misterio, que ponen al desnudo la vida y la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Maupassant aborda hechos cotidianos y sentimientos en su momento más agudo, y analiza la angustia de la mente, haciendo ver, por ejemplo, a sus protagonistas (él mismo sufrió la experiencia) algo que existe y no existe; tienen estos cuentos por héroes a personajes de todo tipo y condición, de baja laya o de sentimientos puros; en esta selección, como en todo Maupassant, sobresalen de manera especial los tipos de mujeres, creados a partir de la realidad: amorosas, aventureras, abandonadas, violadas, monstruosas, sacrificadas... y un largo etcétera.

Desinformación para informar. Por desgracia, el volumen ha salido mal acompañado por la prensa, demostrando lo que ya es sabido conocido; un artículo de la agencia EFE, recogido por varios diarios –leído en El País digital– es una sarta de disparates que tal vez induzcan a un lector atento a no comprar el libro, lo cual sería injusto para este volumen: en el subtítulo, por ejemplo, se indica que Cuentos esenciales traduce al castellano todos los relatos del autor, lo cual es ya un conrasentido expreso que hasta en el cuerpo del artículo se explica; quizás el anónimo redactor de EFE no haya tenido a la vista el volumen y no haya escrito ni de oídas (véase Cómo hablar de los libros que no se han leído, del francés Pierre Bayard, Anagrama) ni de leídas; un apartado del artículo titula "Antología de narrativa breve" –si es antología ya no son cuentos completos– y en él se ofrecen títulos que "por primera vez se publican en español", lo cual es también mentira e ignorancia supina: los citados figuran en distintas antologías de relatos de Maupassant, las preparadas, por ejemplo, por Ester Benítez, por yo mismo, etc; por no hablar de que hay una edición de Obras completas traducidas por Luis Ruiz Contreras en los antiguos y famosos clásicos de Aguilar. Esperemos que la desinformación no haga daño a la buena traducción de José Ramón Monreal.

Y sobre Maupassant, una idea: el año pasado, la televisión francesa empezó a emitir una serie de nueve cuentos de Maupassant en programas de 30 y 60 minutos, dirigidos por hombres del cine tan prestigiosos como Claude Chabrol y Denis Malleval entre otros: La cabellera, Dos amigos, La herencia, Miss Harriet, etc. La serie tuvo un éxito de audiencia inmenso, hasta el punto de que la pasada primavera se repitió la idea con una segunda serie de telefilmes rodados en 35 minutos; para los próximos años preparan textos de Zola, Mérimée, Bardey d'Aurevilly, Daudet, Tristan Bernard, Simenon, Pagnol, etc. Secuela del inmenso éxito de la primera emisión: un 30 por ciento más de ventas en librería de las obras de Maupassant. Se demuestra que. con una televisión pública con un mínimo de sentido común y un levísimo vislumbre de lo que es el servicio público, la idea podría aplicarse aquí, con clásicos indígenas o extranjeros; no es la primera vez que se haría, porque, aunque sin proyecto definido, TVE sí hizo en el pasado algo, pero a salto de mata y de pascuas a ramos: Los gozos y las sombras, Fortunata y Jacinta, algunos cuentos de Boccaccio, y un etcétera que no sirve para justificar la difusión de la cultura a que está obligada la televisión pública; y saldría más barato que programas como ése donde unos tales y cuales llamados famosos hacen el ridículo bailando a cambio, según cifras publicadas, de un pastón indecente, con la disculpa obscena, además, de entregar un dinerillo a instituciones benéficas, ONG, etc. Y tómese el ejemplo del planteamiento de calidad en las emisiones francesas de Maupassant. •

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