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Nº 813
8/12/2008

No confundan crucifijos obligados con Jesús de Nazaret

por Enric Sopena*

Ha dicho el obispo Juan Antonio Martínez Camino, portavoz y secretario general de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que "el crucifijo es un signo de garantía de libertad frente al totalitarismo". Martínez Camino ha hecho una carrera eclesiástica fulgurante. Tiene 55 años y fue investido obispo recientemente, gracias a la propuesta de su padrino, el cardenal Antonio María Rouco Varela. Martínez Camino es uno de los hombres de la máxima confianza del cardenal madrileño, el todopoderoso presidente —por segunda vez— de la CEE. Ambos dirigen el sector más radical y reaccionario de los monseñores.

Andan clérigos y católicos tradicionales irritados —siempre, por cierto, acostumbran a estarlo— a causa de la sentencia emitida por el juez Alejandro Valentín Sánchez del número 2 del Tribunal Contencioso-Administrativo de Valladolid, que falla a favor de retirar los crucifijos de "las aulas y otros lugares comunes de colegio público". La España de mantilla y de peineta teme que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, liquide el cristianismo. Su pesadilla es que un día Zapatero proclame lo que ya intentó Manuel Azaña: "España ha dejado de ser católica".

El semanario Alba —propiedad del Grupo Intereconomía, que preside Julio Ariza, un católico de la derecha sin fisuras—compite con Alfa y Omega, otro semanario ultracatólico, éste dependiente del Arzobispado de Madrid. O sea, en último término, dependiente de Rouco Varela, el ángel custodio de la COPE. En el editorial de Alba se aboga por la tesis de que "los crucifijos de la sociedad no son del Estado". Y se arremete contra Zapatero.

"Hasta la llegada del Gobierno Zapatero —asevera el editorialista— no había 'cuestión religiosa' en España. La frívola demolición de la Transición parece haber abierto una veda sectaria, un permiso impune del regreso al peor pasado (...) con una resurrección de la 'vieja cuestión religiosa'. Y ese cáncer —que crece agarrado al actual Gobierno— hay que extirparlo en nombre de la libertad religiosa de las personas y de la sociedad española".

Es tan falso decir, según Martínez Camino, que el crucifijo es "signo de libertad", como que "hasta la llegada del Gobierno Zapatero no había 'cuestión religiosa' en España, lo que sostiene Alba. El crucifijo ha sido, a lo largo de los siglos, signo de lo contrario a la libertad. Es decir, un signo a veces represor. De modo que, para ser precisos, habría que subrayar que esos crucifijos amparaban a la Inquisición, acompañaban a los Cien Mil Hijos de San Luis o presidían las Cruzadas y todo género de guerras. Esos crucifijos fueron impuestos al paso alegre de la paz.

Habría que señalar que tales crucifijos no deben necesariamente vincularse a Jesús de Nazaret. Y menos aún a su mensaje de libertad, de rebeldía frente a poderosos, ricos e hipócritas y de justicia social. Por esto lo crucificaron. Ese mensaje, pues, nada tiene que ver con la instrumentalización que se ha hecho —desde el Edicto de Milán— del catolicismo. Y convendría puntualizar, además, que la cuestión religiosa no se la ha inventado Zapatero. Ha estado presente desde tiempos inmemoriales, a pesar de que miles y miles de herejes murieran en la hoguera, condenados por el Tribunal del Santo Oficio, y algunos prebostes pensaran que así el problema religioso estaba resuelto. No hay que confundir el ruido con el sonido. Ni los crucifijos obligados con el Evangelio. Ni el ámbito del Estado con las legítimas creencias de cada ciudadano, incluidos agnósticos o ateos. •

*Director de El Plural

 
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