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Nº 813
8/12/2008

BOMBAY, MADRID, LONDRES...

Se han comparado los sucesos de Bombay con los del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, y también con los del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Esta comparación me parece más exacta, tanto por el número de víctimas equiparable en uno y otro atentado terrorista, como en especial porque ambos no resultaron de una agresión venida del exterior o patrocinada por un tercer país, sino más bien perpetrada por elementos del interior del mismo. A reservas del descubrimiento de muchos datos sobre lo ocurrido y sus autores, Bombay en noviembre de 2008 sería esencialmente el resultado de la radicalización violenta de musulmanes indios y paquistaníes, alimentada por la larga crisis de Cachemira y Afganistán. Para India el problema del extremismo musulmán depende de sus relaciones con Pakistán y de las relaciones con su misma población. Pero que haya terroristas paquistaníes entre quienes provocaron la tragedia y que por enésima vez se denuncie la siniestra mano oculta del Inter Services Intelligence (ISI), apenas justifican las abiertas acusaciones contra el enemigo hereditario de India, con pocas posibilidades de controlar sus servicios especiales, sus fuerzas armadas, ni siquiera su propio territorio. En particular, las áreas tribales (FATA) de Pakistán son una zona franca para terroristas y yihadistas, para Al Qaeda y los talibanes.

En una etapa en que se desplazan las operaciones terroristas desde Cachemira a las áreas tribales y Afganistán, donde diversos elementos extremistas convergen y el campo de entrenamiento posibilita mejores oportunidades, hay dudas incluso en identificar a los autores de los crímenes de Bombay; Lajhkar e Taiba, Jais e Muhammed, Deccan Mujaheddin, etc. Lo que sí resulta evidente es el eleva-do nivel de entrenamiento militar en los terroristas, la preparación minuciosa de las operaciones para crear el máximo de miedo y de caos, para matar a muchos en muy poco tiempo, entablar una batalla de tres días, con capacidad de coordinar los ataques desde el interior de los hoteles y mediante desembarco en lanchas. También se habría demostrado lamentablemente la gran debilidad del dispositivo indio en prevenir el ataque y en responder, pese a que India es uno de los países mas castigados por los terroristas. En seis meses ha sufrido otros tantos ataques, con 375 víctimas. Otros notorios incidentes sangrientos se registraron en el asalto al Parlamento en diciembre de 2001 y los atentados de agosto del año pasado en el Luna Park de Hyderabad.

El éxito mas doloroso de una operación terrorista puede no situarse en la muerte y la destrucción, sino en la desestabilización política y social que acarrean. Este es justamente el mayor riesgo que padece India, que convocará elecciones generales en mayo de 2009, amenazada por tensiones extremistas que proceden del país vecino, pero igualmente del propio país. Que parezca más precisa la comparación de Bombay con Madrid viene dado por la necesidad de prudencia y sensatez al investigar lo sucedido, ya que el riesgo no estaría, o no estaría sólo, en Pakistán, sino en los descontentos musulmanes de India o en la convergencia de unos y otros extremistas, iluminados por la guerra santa, primero en Cachemira, y en Afganistán después, incómodos en su relación con los hindúes. Tampoco los atentados terroristas de Londres, julio de 2005, han derivado de una agresión exterior, sino de la radicalización terrorista entre los propios musulmanes británicos, nacidos y arraigados en Gran Bretaña. Los terroristas islámicos de Madrid no vinieron de fuera, llevaban algún tiempo residiendo en España, algunos incluso tenían nacionalidad española. La tragedia de Bombay, en definitiva, puede incrementar los ya desafortunados efectos del victimismo y la marginalización visibles en la minoría musulmana india, 145 millones.

Efectos ya detectados con anterioridad y que proceden de la misma partición de India y Pakistán, inagotable fuente de resentimiento en una y otra dirección que se renueva constantemente con Cachemira y Afganistán, donde ambos países se enfrentan, y que está dando lugar a una larga serie de actuaciones terroristas cada vez más mortíferas y mejor preparadas. Igualmente desde hace años se ha detectado la radicalización entre los hindúes simbolizada por el Bharatiya Janata Party, no desprovisto de inclinaciones fascistas y terroristas en un país que por unos y otros parece alejarse del modelo laico y tolerante de Gandhi y Nehru; pese a su sorprendente despegue económico, muestra gravísimas fracturas sociales, sigue padeciendo la vecindad del enemigo hereditario con problemas que no dejan de complicarse y alberga una numerosísima minoría musulmana. En torno al 18 por ciento de la población nacional, integrada apenas en el proyecto nacional. Dada tal constelación de riesgos, la solución más fácil, quizás inevitable pero equivocada y suicida, reside en echar otra vez las culpas a Pakistán por los sucesos de Bombay, en una posible nueva guerra, eventuales acciones punitivas en Cachemira, etc., o en sangrientos conflictos entre hindúes y musulmanes dentro de India, horror recurrente en una y otra comunidad con los nervios a flor de piel y progresivamente aferrada a su identidad contra la otra. •

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