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| Nº 813 - 8 de diciembre de 2008 |
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Una Constitución progresista
por Santiago Carrillo La Constitución de 1978, que ahora cumple treinta años, es uno de los grandes logros de la Transición. Fue obra de todos los partidos que estaban en las Cortes Constituyentes y es, sin duda, una Constitución progresista. Desde UCD hasta los nacionalistas periféricos, pasando por socialistas y comunistas. Si tuviéramos que hacerla hoy no sería posible llegar a un texto tan progresista. Entonces el neoconservadurismo no había logrado todavía la influencia máxima que ha conseguido más tarde. Y los escaños de la derecha estaban ocupados casi íntegramente por un partido reformista: la UCD. La extrema derecha estaba representada por los siete magníficos, antiguos ministros de la dictadura, de los cuales buena parte votaron contra el texto. Sólo Fraga, que participó en la ponencia aunque no le gustaba el Título Octavo, se distinguió aprobándola. La UCD de Adolfo Suárez, que tuvo a su lado políticos como Abril Martorell, Landelino Lavilla y Miguel Herrero de Miñón, captó los votos mayoritarios en ese periodo en que el agotamiento de la dictadura ya había quebrado el bloque tradicional de las derechas. Fue un momento breve de la historia de este país, en el que Adolfo Suárez, con gran sentido político, pudo montar con diversos retales un partido reformista, abierto a los cambios necesarios y capaz de entenderse con la izquierda en cuestiones sustanciales para montar un régimen democrático homologable a los que funcionaban en el resto de Europa. Ahora que el jefe de aquel partido se halla enfermo e incapacitado para opinar, cabe repetir que fue él quien, con apoyo del Rey, consiguióel milagro de que la derecha sostuviera a un partido reformista. Nadie en ese campo lo hubiera hecho con el acierto y el coraje político que él demostró en la Transición. Cierto que la derecha terminó provocando su caída, ayudada a veces por la impaciencia de los socialistas por alcanzar el poder. La Constitución ha presidido el periodo de libertades más largo que ha conocido España. Hoy sería conveniente incluir en ella alguna reforma referida principalmente al tema de las autonomías, entre ellas la transformación del Senado en una Cámara territorial. Pero el PP, antes con Aznar y ahora con Rajoy, lo impide. El bloque de derechas que es el PP, con posiciones muy extremas, no está por la labor e incluso un sector tradicional del PSOE sería reticente como la discusión del Estatuto catalán en las Cortes ha puesto de manifiesto. Tengo por principio no hacer mío aquel dicho de que "todo tiempo pasado fue mejor". Pero es cierto que durante el periodo en que Fraga dirigió el Partido Popular realizó una oposición parlamentaria constructiva y apoyó entusiasta la política antiterrorista de Felipe González. Aznar cambió radicalmente la posición del PP, y le llevó al terreno de la extrema derecha, provocando la crispación política. Y retrotrayendo aún más allá, no puedo olvidar la importancia del papel de UCD y del Partido Comunista que existía entonces en acuerdos que fueron cruciales. Es verdad que al final de aquello, Suárez y Rodríguez Sahagún terminaron juntos conmigo, Horacio Fernández Inguanzo, López Raimundo y Pérez Royo, en un grupo parlamentario de lujo en el que también figuraban el vasco Bandrés y el catalán Vicens, que llevó a cabo una labor que puede conceptuarse de izquierda. Al principio he dicho que la Constitución fue obra de todos los partidos que estaban en las Constituyentes. Quizá éste es un momento oportuno para recordar al profesor Tierno Galván. Aunque fue excluido injustamente de la Ponencia Constitucional, cabe recordar que el preámbulo excelente de este documento fue redactado por él y aprobado en el debate parlamentario. Pero la nostalgia, el ensimismamiento en el pasado, no llevan a ninguna parte. Hay que mirar hacia adelante, hacer frente a los problemas de hoy y lo claro es que la Constitución es buena, hay que desarrollarla, lo que sigue siendo una tarea pendiente. • |
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