El año 2008 no es 1996
por Enric Sopena*
Asevera José Luis Rodríguez Zapatero que, en el caso Repsol, "el Gobierno no es parte". "Estamos en una economía de libre mercado y son empresas privadas", puntualiza el presidente, aunque haya sostenido —desde el principio de este nuevo y abrupto debate de carácter energético/político— que la dirección de Repsol tendría que ser española. ¿Expresaba un razonable deseo o, como sería desde luego encomiable, el Gobierno ha tomado cartas legítimas en el asunto? El modelo a seguir podría ser el actual de Cepsa, a pesar de que el principal accionista de esta empresa sea Total, la potente petrolera francesa.
Lo cierto es que se ha generado una creciente confusión. Sintetizaba el otro día la situación creada la periodista Pepa Bueno -directora de Los desayunos de TVE— en su columna de El Periódico de Catalunya: "Probablemente me equivoque (...) cuando pienso que en la polémica en torno a la presunta compra de casi el 30 por ciento de las acciones de Repsol por parte de la rusa Lukoil nos estamos perdiendo algo. El Gobierno, que sucesivamente nos ha dicho que se opone, que no opina, que el mercado es libre, pero que Repsol es española; la Casa Real, que desmiente cualquier intervención del Rey; el episodio del viceprimer ministro ruso, que dice con todas las letras que Gazprom estaba interesada en Repsol, y horas más tarde dicen que es un malentendido... y Aznar, que según informaciones periodísticas, habría aconsejado precisamente vender el paquete de acciones a Gazprom".
¡Menudo embrollo! Al cual habría que agregar la realidad y la fantasía sobre las mafias rusas, el régimen vigente tras el hundimiento de la antigua URSS —con el pérfido Vladimir Putin ejerciendo de autócrata, más zar que soviético— y el hechoobjetivo de que nos hallamos, para mayor dificultad, en plena crisis económica internacional, la más devastadora desde la Gran Depresión del 29. No ha de extrañar que la oposición pepera haya visto puerta y busque meterle unos cuantos goles a Zapatero. Y tampoco debe sorprender el estado de cierta insatisfacción que se palpa en territorio PSOE. El primero que criticó el aterrizaje ruso en Repsol —aunque de forma enigmática— fue Felipe González. Otras voces han expresado dudas y perplejidades. Mientras, continúa circulando, como una leyenda más de la Villa y Corte, que hay divisiones internas en el Ejecutivo y en el propio partido.
Zapatero mantiene su optimismo antropológico: "El Gobierno sabe bien lo que hace. Sabe muy bien lo que hace. Y las cosas por cierto saldrán bien". Es posible que termine siendo verdad lo que subraya porque el presidente —experto en meandros y pantanos— acaba por lo general saliendo airoso de todos los jardines o laberintos por los que ha transitado. Le beneficia la enorme dosis de catastrofismo, mezclado de demagogia, que emplea —como casi siempre— el PP y su entorno mediático. Rajoy patrocina el intervencionismo gubernamental y veta la solución rusa —con lo que además se desmarca de Aznar— advirtiendo: "Si esta operación sale adelante se habrá producido un enorme fraude. Y yo le acusaré de ser responsable, en contra de los intereses generales de España, de un escándalo mayúsculo".
Podrá errar Zapatero, pero el intento de garantizar el futuro de Repsol y de que, Sacyr Vallehermoso no se vaya al vertedero, empezando por sus trabajadores, no tiene por qué transformarse necesariamente en un "fraude" y en un "escándalo mayúsculo". Al PP le pierde la nostalgia. El año 2008 no es 1996. Así de sencillo. •
*Director de El Plural
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