Nº 812 -1 de diciembre de 2008
 
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De cómo Cristina L. Schlichting tiene miedo y de cómo Antonio Gramsci pudo ser devoto de Santa Teresa del Niño Jesús

Conmovedora la actitud de la periodista Cristina L. Schlichting, que dirige el programa de la tarde en la Cadena de Ondas Populares Españolas, más conocida como COPE, frente a la decisión judicial de retirar el crucifijo de una escuela pública de la ciudad de Valladolid. Schlichting forma parte, con Federico Jiménez Losantos y César Vidal,  de una especie de Santísima Trinidad Radiofónica, sea dicho con el mayor de los respetos a la Santísima Trinidad clásica, a la del catecismo de toda la vida, compuesta por  Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Cristina escribe también en La Razón, como Vidal. Mientras, y desde hace muchos años, Jiménez Losantos publica una columna diaria en El Mundo. El artículo de la periodista mencionada se titulaba Ateísmo de Estado, donde expresaba que “lo que de verdad me estremece es la dificultad del sector católico para decir algo consistente en su defensa”.

Pobre Schlichting, que se encuentra aislada en sus profundas creencias católicas puesto que, según señala, “se ha asentado entre los que simpatizan con la religión un complejo tan hondo que nadie sabe por qué habría que tolerar una cruz en un colegio público”. Deprimida por tanto acomplejamiento católico, pues no hacen caso los creyentes de la valerosa consigna de José María Aznar, la que se resume en dos palabras: “sin complejos”, la periodista de las tardes en la COPE añade: “Se ha decidido aceptar sin más el ateísmo de Estado y la prohibición de símbolos religiosos en el espacio público, excepto los que por razones turísticas recaben el plácet de la autoridad (procesiones de Semana Santa, por ejemplo)”.

Intenta Cristina L. explicar que “la realidad constitucional es muy distinta: define España como un Estado aconfesional, esto es, sin vinculación institucional con confesión alguna, pero respetuosa del papel de todas las religiones y, en particular, de la tradición católica”. De lo que deduce, sin duda alguna, esta reflexión: “En realidad, y según la Constitución, padres y alumnos son libres de exhibir símbolos religiosos en sus aulas y, como ha aclarado la ministra Cabrera, podrían acordar o votar si se exponen o no”. Llegados a este punto, no puedo por menos que reconocer mi inmenso estupor ante el pronunciamiento de la ministra Cabrera, ministra de Educación, que luego, al parecer ha ido matizando y rectificando. Este tipo de medidas no depende de la junta de padres de cada centro por sentido común y por sentido de los poderes de un Estado, como el español, plenamente democrático, aunque atrapado cada dos por tres  en la red de los mandamases católicos de pensamiento montaraz, que son la mayoría de los clérigos. La señora Cabrera ha querido ir de centrista, como José Bono y su monja Maravillas, y se ha metido en un charco. Y lo que es peor, ha metido en el mismo charco al Gobierno.

Schlichting continúa su escrito y aprieta el acelerador del radicalismo derechista. Nada menos que suelta lo siguiente: “Que una minoría obligue a una mayoría de los padres a quitar la cruz, como ha ocurrido en Valladolid, es un acto totalitario que me recuerda a la Albania atea y comunista, donde las iglesias fueron transformadas en salas de cine y canchas de baloncesto. La de Valladolid era una escuela que llevaba exhibiéndolo ininterrumpidamente desde 1927. Lo que no consiguieron ni la Revolución del 34 ni la Guerra Civil lo ha conseguido ahora un grupo de padres supuestamente tolerantes y demócratas. A mí, la verdad, todo esto me da miedo”.

El final es patético, a pesar de que pretende ser épico y con un punto de santidad agregado. Afirma Cristina L.: “Cuando oigo a Cristina Almeida burlarse de la Madre Maravillas, o leo a Almudena Grandes escribiendo que la monja gozaría “al caer en manos de una pandilla de milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!– sudorosos” empiezo a pensar que tal vez acaben mofándose públicamente de todos nosotros o arrojándonos a los brazos “sudorosos” de los asesinos, sencillamente por haber callado en la defensa del crucifijo”.

Menos mal que Cristina L.  y otras gentes como ella podrán sacar pecho y regocijarse íntimamente con la conversión de Antonio Gramsci al catolicismo, lo que habría hecho, el fundador del Partido Comunista italiano y del periódico L´Unità, casi in extremis, a punto de fallecer y, en parte, como devoto que era de Santa Teresa, según oficialmente ha divulgado estos días el Vaticano, por medio del arzobispo Luigi de Magistris, ex responsable del Tribunal vaticano  de la Penitenciaría Apostólica. Este arzobispo asegura que en la habitación de la clínica romana, donde murió Gramsci, encarcelado por el régimen de Mussolini, el político marxista tenía una estampita de Santa Teresa del Niño Jesús y pidió los sacramentos antes de morir. Todo esto es muy bonito, pero Giuseppe Vacca, filósofo, ex parlamentario comunista y presidente de la Fundación Gramsci, ha manifestado públicamente que no hay ni rastro de esa conversión ni en documentos ni en cartas. Vacca, si fuera español, estaría quitando crucifijos de las escuelas sin parar. Que Schlichting no se deje embaucar por el tal Vacca, un comunista probablemente ateo. Luigi di Magistris debe de tener razón. Vamos a ver si comienza pronto el proceso de beatificación de Gramsci.

Luis G. del Cañuelo

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