Nº 812
1/12/2008

Todos contra Lukoil menos el Rey y ZP

Hay que volver a los viejos tiempos en que había que leer entre líneas para interpretar a Zapatero en el asunto Lukoil-Repsol. El presidente del Gobierno promete proteger a las empresas españolas, o sea, que promete actuar, y al mismo tiempo asegura que no intervendrá en las mismas, o sea, que no actuará. ¿Se ha hecho un lío, tiene una carta escondida o juega de farol? ¿O es que gana tiempo mientras cuadra el sudoku conjugando los intereses de Sacyr, cuya quiebra sería catastrófica, con los de sus acreedores  –La Caixa, el Banco de Santander, las cajas de ahorros–, con los compromisos del rey de España y el zar  de Rusia y con la españolidad de Repsol?

Mi nivel de zapaterología no llega al extremo de permitirme resolver el enigma pero, leyendo entre líneas, pudiera aventurar una conclusión provisional: Zapatero da a entender que sabe lo que hace pero que tiene razones para no ser explícito y que, por tanto, es preciso suplir la información con fe. “Confiad en mí”, les está diciendo con lenguaje subliminal a los ciudadanos y de forma vinculante a los suyos, que no salen de la perplejidad. Me parece significativa la respuesta que el presidente dedicó a Felipe González a través de los medios de difusión, al único de los líderes socialistas que no puede controlar y que es el más influyente; los demás le siguen como ovejitas. El ex presidente se manifestó claramente contra la operación Lukoil-Repsol pero se negó a explicar sus  razones. La respuesta del presidente, quien, como digo, tampoco aporta las suyas, fue en resumen la siguiente: “Felipe no tiene todos los datos. Yo le podría convencer con mis razones”.

A José Luis Rodríguez Zapatero, que dispone de un fino apéndice nasal avezado para detectar los estados de opinión, no se le puede ocultar que ésta, la Opinión con myúscula, está contra la intentona rusa, desde el taxista al peluquero, desde los sindicatos a las patronales, desde la intelectualidad a la calle, desde el PP a Izquierda Unida pasando por los nacionalistas y el mismísimo PSOE, desde Santurce a Bilbao. Con este propósito se han manifestado Mariano Rajoy, Felipe González, Alfonso Guerra (por fin en algo están de acuerdo la pareja histórica del socialismo español), Manuel de la Rocha, Juan Antonio Barrio, José Antonio Pérez Tapias, Álvaro Cuesta, Joaquín Leguina, Pedro Solbes, Miguel Sebastián o Alfredo Pérez Rubalcaba, entre otros.

Toda España menos el Rey y Zapatero, todos menos el jefe el Estado y el del Ejecutivo están contra Lukoil por razones de mucho peso: falta de reciprocidad con Rusia, escasa independencia de Lukoil respecto al Kremlin y, en definitiva, la conveniencia de que una empresa estratégica siga siendo española.

¿Cómo se explica que gozando Zapatero de tan buenas antenas se comprometa con una decisión tan impopular? ¿Es verosímil que de pronto renuncie a la política mantenida hasta ahora con las empresas estratégicas del país? ¿Cuándo se ha caído del caballo socialdemócrata para abrazar la bandera del mercado radical negando toda posibilidad de que el Estado se haga con las acciones de Sacyr en la petrolera hispana? Parece claro que Zapatero ha sido sensible a las seis llamadas que el Rey le ha hecho a favor de su amigo Putin, pero una vez que la intervención del Monarca se ha hecho pública provocando el escándalo correspondiente, actuar como le pide Don Juan Carlos se hace más comprometido.

En mi opinión, lo más probable es que Lukoil entre en Repsol y que Zapatero, de la mano del Rey, consiga un compromiso del Kremlin de que la compañía rusa no pretende hacerse con el control de la joya energética de la Corona española. Puesto que el Gobierno ruso manda en Lukoil, lo probable es que Zapatero intente un acuerdo intergubernamental. Pero de esta forma sólo se salvan las apariencias aplazando el conflicto, lo que para un político tan cortoplacista como ZP es suficiente pero no para los intereses nacionales de largo alcance.

Hay un hecho evidente: si Lukoil no pretendiera controlar Repsol no pagaría las acciones de esta compañía al doble de su valor de mercado. Es muy probable –manejarse entre líneas es siempre inseguro–  que la compañía rusa, “soviética” que diría Alfonso Guerra, se disfrace de lagarterana o de inofensiva campesina siberiana, o de célula dormida soviética durante tres o cuatro años  antes de dar el asalto final. En el interior del Repsol actual se da por segura la entrada de Lukoil pero cuenta con la limitación de voto al límite del 10 por ciento y con una larga lucha por el poder en las tripas de la compañía. La primera batalla, ya anunciada por Antonio Brufau, presidente de Repsol, consistiría en impedir la presencia de consejeros de la rusa al plantearse conflictos de intereses entre ambas petroleras. No es una situación que satisfaga a nadie y tampoco debiera satisfacer al presidente del Gobierno.

José García Abad


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