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| Nº 810 - 17 de noviembre de 2008 |
Zeno Cosini, el psicoanálisis y la guerra Por José María Ridao La representación literaria de la guerra encuentra en Stendhal y Tolstoi dos formas canónicas que perduran y siguen vigentes en la novela del siglo XIX y gran parte del XX. Mientras que el escritor ruso fijó en Guerra y paz un modelo de resonancias épicas en el que la peripecia del personaje encaja en el mosaico de los cuerpos de ejército y las poblaciones en movimiento, Stendhal no aparta el foco narrativo de la suerte individual, dejando la trascendental batalla de Waterloo en un borroso segundo plano. Fabrizio del Dongo, en La Cartuja de Parma, observa el teatro de operaciones como un ir y venir indescifrable del que no es posible extraer indicio alguno acerca de la victoria o la derrota, ni de las consecuencias perdurables del hecho de armas. De esta aproximación narrativa no sólo se desprende que, para Stendhal, la historia debe su curso al azar y la fortuna; además, sugiere que el individuo no habita ni puede habitar el mismo plano que la historia. Y cuando parece que lo hace es porque, en realidad, ha dejado de ser un individuo y se ha transformado retrospectivamente en personaje: no está a merced de la arbitrariedad que rige la vida, sino que se somete a la necesidad que impone la historia, esa narración privilegiada. La extraordinaria novela inacabada de Irène Némirovski, Suite française, se atiene al modelo de Tolstoi para describir la huida en masa de los habitantes de París ante la inminente llegada del ejército alemán en 1940, y trata con equilibrio minucioso el vasto panorama de una ciudad a punto de ser ocupada y las peripecias individuales de los fugitivos. Otro tanto hace Vasili Grossman en Vida y destino, una novela que el propio autor reconoce haber concebido, ya desde el título, como una réplica de Guerra y paz, en la que el asedio de Stalingrado sustituye a las campañas napoleónicas en Rusia. Nemirovski y Grossman construyen sus relatos como un engranaje en el que cada plano tiene sentido por sí solo y en relación con el conjunto. Al igual que Fabrizio del Dongo, sus personajes se asoman al ruido y la furia de la guerra; a diferencia de él, sin embargo, parecen reconocer en medio de la muerte y la devastación la trágica maquinaria que los mueve. Pero la representación de la guerra que se desarrolla en La Cartuja de Parma nunca ha sido enteramente desplazada por la que fija Tolstoi. Como Stendhal, otros autores mantendrán inalterable el foco narrativo sobre la peripecia individual, por más que, alrededor, el mundo parezca derrumbarse sobre sus cimientos. Es más, el contraste entre la nitidez con la que se describen los personajes envueltos en una batalla y la épica desdibujada que sirve de trasfondo al relato se suele convertir en una crítica velada de la locura bélica. No otro parece ser el propósito de Carlo Emilio Gadda en una novela como La mecánica, donde narra desde una amarga ironía la historia de una joven y hermosa casada cuyo marido es movilizado durante la Primera Guerra Mundial. Los estragos causados por el conflicto en primera línea encuentran su réplica en las minucias que tienen lugar en una población de retaguardia, a la que los ecos de la guerra sólo llegan a través de rumores apagados. Pero tal vez sea Italo Svevo uno de los autores que lleva más lejos este contraste stendhaliano entre el individuo y los hechos destinados a hacer historia. En La conciencia de Zeno, la novela con la que, gracias a los esfuerzos de Joyce, le llegó el reconocimiento en Italia y el resto del mundo, Svevo traza una particular variante del episodio de Fabrizio del Dongo extraviado en la batalla de Waterloo. El autor italiano juega de algún modo con la sorpresa: el relato se presenta como una venganza del psicoanalista de Zeno Cosini, quien decide publicar sin el consentimiento de su paciente las páginas autobiográficas que le había aconsejado escribir siguiendo la terapia. Como una venganza, pero también como un chantaje: “Sepa [Zeno Cosini] que estoy dispuesto a compartir con él los elevados ingresos que obtendré con esta publicación –confiesa el psicoanalista en la nota preliminar que abre la novela–, con tal que reanude el tratamiento”. Estas palabras inducen la lectura de La conciencia de Zeno que ha prevalecido hasta ahora, y que sitúa el relato de Svevo en la estela de obras estimuladas por las investigaciones de Freud. El justificado entusiasmo de Joyce parecía apuntar en la misma dirección, e invitaba a una interpretación de la novela de Svevo como una respuesta distinta del Ulises, distinta de la corriente de conciencia, al tratamiento literario del subconsciente. Se trata de una de las pocas explicaciones posibles para un hecho apenas observado: por más que el personaje de Svevo desgrane sus recuerdos utilizando el psicoanálisis como artificio, como coartada narrativa, La conciencia de Zeno no le debe más a Freud que a cualquier otro autor. Mediante la argucia de la terapia, Svevo recrea, en realidad, la vida cotidiana de una familia triestina, evocando una ciudad y un mundo que no volverá a ser el mismo tras la Primera Guerra Mundial. En resumidas cuentas, Svevo no escribe tanto bajo el estímulo subyacente de Freud como bajo el influjo directo de Stendhal, de manera que el psicoanálisis se convierte en el artificio literario a través del cual se introduce “el espejo en el camino”. La melancolía con la que Zeno Cosini contempla su pasado es producto de la vejez, según sus reiteradas confesiones a lo largo del relato. Pero es producto de algo más, de lo que no queda una constancia tan explícita en el texto y, sin embargo, resulta determinante para su completa comprensión. Entre las peripecias de las que da cuenta la novela y el momento en el que el narrador las evoca no sólo han transcurrido los años; además, Europa se ha desangrado en un conflicto que ha trazado una trágica frontera entre un pasado que después parecerá ingenuo, ajeno por completo a los peligros que le aguardan, y un presente en el que el miedo se ha adueñado de la vida cotidiana. Tiene razón Mario Lavagetto cuando, en el posfacio de la edición española de La conciencia de Zeno, la considera como “la novela del fin del mundo”. Para Zeno Cosini, en efecto, todo parece haber llegado a su final, pero no sólo porque se sabe anciano, sino porque la guerra ha pasado a formar parte de su realidad inmediata: “Yo que escuchaba las historias de guerra como si se tratara de una de otra época, de la que resultaba divertido hablar, pero por la que sería absurdo preocuparse, me he visto en ella, mira por dónde, estupefacto y al mismo tiempo asombrado de no haber comprendido antes que tarde o temprano me vería envuelto en una”. A la hora de inclinarse por alguna de las dos representaciones literarias de la guerra, la de Tolstoi o la de Stendhal, Svevo lo hace por esta última. Zeno Cosini es, en este sentido, un descendiente de Fabrizio del Dongo en Waterloo, un heredero que radicaliza la incomunicabilidad entre el individuo y los hechos destinados a hacer historia. Mientras que Fabrizio sabe que está en el fragor de una batalla, aunque no logre descifrar lo que ocurre a su alrededor, Zeno ignora que el anodino episodio que acaba de vivir forme parte de la guerra. Según creía hasta el momento de encontrarse con un oficial alemán que le prohíbe el paso de regreso a su casa tras un largo paseo, la única excepción a la rutina a la que creía haber asistido aquel día era su pretensión de seducir a una muchacha, casi una niña, que vivía en el campo y era la hija de un aparcero. Es al regresar de su infructuoso escarceo cuando la guerra le sorprende: “la guerra y yo –dirá Zeno Cosini- nos encontramos de modo violento, pero que ahora me parece un poco cómico”. Es el padre de la muchacha el que le habla del asunto, del que Zeno sólo tiene una impresión vaga: le señala la frontera italiana y le dice que el conflicto ha llegado hasta allí. La respuesta de Zeno no deja lugar a dudas sobre su incredulidad: “Dije cosas que no me gusta recordar. Afirmé que, aun cuando estallara la guerra, allí no se lucharía”. La aproximación stendhaliana se hace aún más patente cuando el oficial que lo ha tratado con rudeza le pide noticias de lo que está pasando. “Así, pues –exclama Zeno–, ¡ni siquiera ellos, que la hacían, sabían si había guerra o no!” La intuición de un conflicto más devastador que los demás será la última reflexión de la que Zeno Cosini deje constancia en unas páginas que su psicoanalista decide publicar como venganza y como chantaje, intentando forzarlo para que retome la terapia. El futuro que prevé no es el de su muerte, el de la desaparición de un individuo con una larga vida a sus espaldas. Zeno Cosini anticipa, por el contrario, un final colectivo y tenebroso, con el que pone fin a su autobiografía. “Cuando no basten los gases venenosos –asegura-, un hombre hecho como los demás, en el secreto de una habitación de este mundo, inventará un explosivo inigualable, en comparación con el cual los explosivos existentes en la actualidad serán considerados juguetes inofensivos y otro hombre, hecho también como todos los demás, pero un poco más enfermo que ellos, robará ese explosivo y se situará en el centro de la tierra para colocarlo en el punto en que su efecto pueda ser máximo. Habrá –concluye Zeno– una explosión enorme que nadie oirá y la tierra, tras recuperar la forma de nebulosa, errará en los cielos libre de parásitos y enfermedades”. Parece como si Svevo quisiera recordar que, de llegar a ese
punto de locura, ni Tolstoi ni Stendhal servirían ya como modelo para la
representación literaria de la guerra. |
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