F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 810
17/11/2008

¿QUÉ CLASE DE LIBERAL ES OBAMA?

En medio del torbellino económico mundial de las últimas semanas ha saltado hecha añicos la teoría laissezfaireana de dejar hacer en economía, la denominada "destrucción creadora" en la que, gracias a un mecanismo descrito como "casi perfecto", se describía al propio mercado como capaz de autorregularse por si mismo eliminando lo que queda obsoleto prescindiendo de cualquier "intervención externa". Es decir, la del Estado, al que se atribuye un papel semejante al del semáforo que evita que los coches choquen entre sí pero sin capacidad alguna para evitar que unos pocos se desplacen en limusina y otros arrastren la carga como los coolies o porteadores humanos de Indochina. Nunca como ahora lo público ha tenido que intervenir de una manera tan descarada para salvar un sistema basado en lo privado destruyendo aparentemente uno de los mitos del nuevo liberalismo de los 70. Se pone en evidencia en estos tiempos la absoluta confusión sobre lo que significa la palabra "liberal". ¿Quién le pone el cascabel al gato y empieza a llamar a las cosas por su verdadero nombre?

Por Manuel Espín

En los últimos días de la campaña presidencial norteamericana se ha dicho que Obama es "más liberal que McCain" (pero menos que Esperanza Aguirre, que en España se proclama "más liberal que nadie"). "Liberal" quiere decir muchas cosas que en nada se parecen entre sí. O, al menos, es una etiqueta socorrida para calificar líneas contrapuestas. El término jamás se ha visto sometido a tanta confusión como en estos momentos.

e tantos matices se le ha ido despojando que su sentido actual es absolutamente confuso. Todavía más desde España, empezando por la traducción literal que los medios hacen del término norteamericano, absolutamente contrapuesto al sentido con el que allí es empleado habitualmente.

El debate remite a la vieja división entre la corriente de los seguidores de Pareto, tendente a considerar que los seres humanos actúan según sus propias motivaciones con los medios que disponen para sus propios fines y su interés personal; es decir, la consagración del absoluto individualismo y la insolidaridad del "¡sálvese quien pueda!", el dominio sin cortapisa alguna de los más poderosos y los más ricos admitiendo sólo aquellas mínimas reformas que permitan que el malestar de los demás no llegue a amenazar su seguridad. Y la de Benthan, igualitarista y buscadora de la equiparación entre los ciudadanos; una igualdad que en nuestros días no sólo es concebible como meramente enunciativa (declarando un derecho que sólo es capaz de ser ejercido por unos pocos) sino participativa (los poderes públicos facilitan la igualdad de oportunidades para que todos puedan ejercitar sus derechos independientemente de su origen social).

Ser calificado de "liberal" en Estados Unidos equivale a situarse en lo que en Europa llamaríamos "izquierda" en sentido amplio dentro del mapa político. Es decir, la profundización en las libertades civiles, que, si por un lado pasan por la garantía de esas libertades contra el poder omnímodo del estado, y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, es decir, los fundamentos del Estado de Derecho, por otro lado favorecen que el acceso al ejercicio de esos derechos esté al alcance de todos.Y sólo el Estado democrático intervencionista sería capaz de garantizar esos derechos de igualdad en materias como educación, sanidad, medio ambiente, vivienda, libertades ciudadanas, etc. Lo que en términos europeos a partir de la posguerra llamaríamos Estado del Bienestar con todos su matices.

Un ejemplo de lo equívoco de la utilización del término. En Estados Unidos las fracasadas intenciones de Hillary Clinton de crear un sistema de sanidad pública calificadas de "liberales" reciben en términos castellanos la misma denominación que las de la política sanitaria de la señora Aguirre partidaria con matices de lo contrario: gestión privada de la sanidad pública. Obama no llega a tanto como la liberal Hillary Clinton que pedía seguro obligatorio para todos los ciudadanos y se contenta con que "todos los niños tengan la atención sanitaria cubierta". Mientras, McCain propugna "abaratar los seguros privados con beneficios fiscales para los contribuyentes" en un país en el que 47 millones de personas no disponen de ninguna clase de seguro (ni público ni privado), lo que significa que, en caso de enfermedad, dependerán de sus propios recursos o de la beneficencia. Liberales como la senadora Clinton piden "más intervención pública para asegurar una cobertura sanitaria para todos".

A cada cual por su nombre. Alan Greenspan, el gurú de la política económica norteamericana de las últimas presidencias desde la Reserva Federal Americana, en sus expresivas memorias (La era de las turbulencias, Ediciones B, 2008) cita repetidamente la influencia que sobre él ha ejercido su amiga la escritora de posguerra Ayn Rand, autora de El manantial (novela que en la España de los 50 tuvo varias ediciones después de rodarse en 1949 la película dirigida por King Vidor), con una filosofía "que recalca(ba) la razón, el individualismo y el egoísmo ilustrado" (sic). "Más tarde lo bautizaría como objetivismo; hoy en día la llamarían libertaria", lo califica. En El manantial, tanto novela como película, el personaje de un arquitecto iluminado interpretado por Gary Cooper se erige en ejemplo de individualismo feroz, destruyendo su propia obra contra la presión de quienes se lo han encargado. "Crea y destruye" en un mundo en el que las regulaciones son casi inexistentes. El triunfo de lo individual sin límites.

¿Habría, por tanto, que denominar "ácratas de derechas" a los partidarios del neoliberalismo, de la no intervención del Estado y de reducirlo a la mínima expresión? No deja de ser paradójico que los defensores acérrimos, como Greenspan, de que los mercados se desenvuelvan con la menor influencia de los gobiernos para funcionar con eficacia, de reducir el papel de lo público a la mínima expresión, los que defienden la "energía destructiva" que reproduce un mecanismo casi darwiniano de selección natural en la escala social y económica hayan sido los primeros en reclamar la intervención de los gobiernos para salvar al sistema económico. Son las antes despreciadas instituciones públicas las que han de resolver en última instancia los problemas con un contundente intervencionismo (que de haberse aplicado con la misma energía podría resolver en un suspiro la deuda y el hambre del Tercer Mundo).

Ese neoliberalismo neoconservador, mal llamado en España liberal, de la no intervención y de la reducción del papel de lo público a lo mínimo, se propagó desde los años 70 como si se tratara de una religión. Lo hemos visto en estos días con algunas explicaciones a la crisis de sus partidarios: lo que ha fallado, se dice, no ha sido el mercado, sino las erróneas intervenciones externas, dentro de un mecanismo casi surrealista de explicación de la debacle económica. Liberal, desde una perspectiva progresista anglosajona, es quien desburocratiza, pero no elimina las regulaciones. La acracia económica a la que a menudo se refieren los ultras del conservadurismo, que desconfían de lo público como de una plaga y el retorno a modelos Adam Smith de primeros tiempos de la revolución industrial, no deja de ser una forzada traducción de las leyes de la supervivencia a la vida económica (no podemos dejar de lado aspectos paralelos de esa acracia económica defendidos por los partidarios del neoliberalismo más acentuado como el de la no intervencion del Estado en temas como el consumo de drogas tanto legales como ilegales, asunto especialmente controvertido por cuanto la factura de los servicios públicos de salud se ha incrementado notoriamente desde los 80 con las necesaria atención a las personas con problemas ocasionados por esos consumos).

Nunca la palabra "liberal" ha querido decir cosas tan diferentes como en estos momentos. Desde los ultraderechistas y nostálgicos neonazis centroeuropeos que recurren a términos igual o parecidos a "liberal" a aquellos otros que utilizan, también en España, el término "liberal solidario" por que todavía está mal visto en ciertos ámbitos políticos conservadores palabras como "socialdemócrata". A finales del franquismo un superviviente del búnker se calificaba de "liberal en lo económico pero no en lo político". Por el contrario, ser muy liberal en Estados Unidos significa situarse a la izquierda del mapa político demandando más intervención pública para la defensa de los derechos civiles y la protección de los ciudadanos. Nada que ver entre uno y otro uso de la palabra.

Además, "liberal" alcanza otras lecturas en claves ajenas a la economía. "Liberal" en lo cultural o lo social posee un significado más allá de lo permisivo: abierto, conciliador, extremadamente tolerante, enemigo de las censuras externas... Tanto "liberal" como "liberalismo" eran conceptos inadmisibles para la Iglesia católica del XIX y buena parte del XX. Hoy se aceptan aunque con matices en lo económico, pero no en lo social ni en lo cultural pese a los esfuerzos del Vaticano II. Incluso el término se ha aplicado a algunos partidos comunistas a los que se ha añadido la coletilla "liberales". ¿Hablamos por lo tanto de una teoría, de un estilo, de unas formas, o de una ideología? Visto desde una sesgada lectura del término, como la que a veces se realiza desde España, el propio Greenspan paradójicamente sería liberal en su estilo personal y en sus costumbres (nos enteramos por su propia autobiografía que fue músico de jazz antes que economista y que su acceso a los círculos más exclusivos e influyentes lo logró a través de su relación con la presentadora de televisión Barbara Walters). Pero nadie le llamaría en Estados Unidos liberal, sino neoconservador y partidario de la desregulación de los mercados. "Las economías en crisis parecen corregirse solas inevitablemente aunque el proceso lleve un tiempo considerable", opina en su libro evidentemente con escasa capacidad premonitoria. La China actual sería el ejemplo perfecto, tanto como el Chile de Pinochet, de sociedad con una economía tendente a aplicar un modelo prácticamente "liberal" en lo económico pero nunca en lo político.

Todo esto quiere decir muchas cosas. En primer término, una reivindicación del término "liberal" con uno de los sentidos con el que se generó a partir de 1798.Y a la vez la constatación de un abandono: la izquierda ha dejado la terminología en manos de quienes representaban precisamente lo contrario a lo que el concepto significó en sus orígenes. Hoy ningún progresista debería sentirse incómodo dentro de este término, puesto que el mercado o la economía mixta la aceptan prácticamente todos. Y palabras como "libertad" o "liberal" se desprestigian a base de ser repetidamente empleadas por los partidarios del individualismo y la reducción del Estado a la mínima expresión; un Estado sin poder para intervenir en la economía (salvo en caso de crisis extrema) al que se le niega hasta su capacidad redestributiva al servicio de los más débiles económicamente. Pese a todo, el término todavía conserva una buena imagen asociado a lo sociocultural. Es precisamente esa confusión entre el modo como se utiliza en Estados Unidos o en España lo que pone en evidencia la urgencia de su rescate. Para no dejar abandonado a su suerte como un corcho a la deriva un término en manos de quienes precisamente lo utilizan en un sentido lo más contrario posible a lo que significaba cuando el concepto se creó a finales del XVIII. •

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