Chacón y el camino de espinas
y algunas rosas
por Enric Sopena*
Carme Chacón es la ministra estrella —cada vez más ascendente— del Gobierno Zapatero. De la mesa del Congreso de los Diputados, donde era vicepresidenta primera de la Cámara, saltó en julio de 2007 —a raíz de la remodelación del Ejecutivo— a ministra de la Vivienda. Su aterrizaje fue espectacular y respondió sin duda a un excelente diseño de imagen o de marketing. Duró, sin embargo, muy poco en ese Ministerio, al que no hay manera de sacarle lustre, aunque su titular actual, Beatriz Corredor, también lo intente con denuedo. De modo que la labor frenética de Chacón pasó allí, en la práctica, más bien inadvertida.
Tras las elecciones del 9 de marzo, Zapatero decidió cambiarla de responsabilidad. Su nombramiento como ministra de Defensa se convirtió en el principal golpe de efecto del presidente al abrir su segunda legislatura. Una mujer joven, embarazada entonces, catalana/catalanista y dirigente del PSC, llegaba a ser la jefa de los militares y, en buena parte, la estratega en los conflictos armados en los que España está implicada a través de misiones de paz. En sus ocho meses de ministra, Chacón ha conocido ya el horror de los soldados muertos, ha derramado lágrimas criticadas por cierta gentuza y ha comprobado personalmente que su cargo la encumbra hacia la gloria, pero al mismo tiempo la sitúa en el ojo del huracán para la derecha.
Parece Carme frágil y no lo es. Parece que sea fácilmente quebradiza y no lo es. Es de acero y legítimamente ambiciosa. Su popularidad —conforme a la encuesta del CIS y otros termómetros— supera la de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, que siempre se había mantenido en niveles altos.
Tras la reciente muerte de dos soldados españoles en Afganistán, el huracán mediático conservador ha procurado arrollarla a fin de llevársela por delante. Desde que es ministra de Defensa, los ataques contra ella se han multiplicado. A menudo, esa ofensiva resulta espantosa. El historiador revisionista César Vidal —que es uno de los apóstoles de las teorías más ultramontanas— llegó a escribir en La Razón sobre Chacón: "Ni es hombre ni tiene honor".
Pero como consecuencia de los dos últimos muertos y probablemente por el hecho de que el presidente electo de EE UU, Barack Obama, parece haber optado por priorizar militarmente Afganistán, Chacón se encuentra en una encrucijada de dificultades y de contradicciones. Por una parte, incrementar el número de soldados españoles en ese peligroso territorio de talibanes y de Al Qaeda sería una medida nada popular. Contradeciría, asimismo, la doctrina antibelicista del Gobierno y, singularmente, de Zapatero.
Por otro lado, el lenguaje de Chacón, estos días, y en relación a Afganistán, ha sido interpretado —no sin fundamento— como una rectificación. Nos hallamos en la fase de transición de las misiones de paz a las misiones más o menos de guerra. Delicada cuestión que, de momento, se mueve en la ambigüedad, no sólo de Chacón, sino de Zapatero. Algunas frases de la ministra en su comparecencia parlamentaria después del incidente mortal en Afganistán han ocasionado alarma en Llama-zares y perplejidad en otros políticos y ciudadanos progresistas.
El camino hacia la cumbre—¿terminará siendo antes o después Chacón la sucesora de Zapatero?— no es precisamente un camino de rosas —algunas rosas— por más que a veces dé esa impresión. Las espinas abundan y son necesarias. Son una manera mortificante de no despegarse de la realidad, que no siempre es grata. •
*Director de El Plural
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