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| Nº 810 - 17 de noviembre de 2008 |
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El cambio
por Santiago Carrillo El presidente Barack Obama ha triunfado con la promesa de un cambio en su país y en el mundo. Con esta idea ha levantado enormes simpatías dentro y fuera de su país, pues todos los movimientos progresistas, incluidas las manifestaciones de la juventud contra las formas de la globalización han enarbolado banderas similares. El cambio se ha convertido en la gran demanda de esta época. Lo que no está suficientemente claro es en qué debería consistir el cambio. Incluso podría convertirse en una fórmula para lograr que en la práctica no cambie nada como se dice en el Gatopardo. Todo va a depender de la amplitud y la voluntad de transformación de los movimientos populares en los que ha encarnado la idea. Hoy, la crisis mundial ha puesto ya de manifiesto la necesidad de cambiar el sistema financiero de manera que la economía sea dirigida por la política y no al revés, como ha estado sucediendo. En definitiva, esto significaría que el Estado sea quien controle el sistema financiero y que los organismos mundiales que han estado en manos de los poderes finan cleros pasen a ser dirigidos por los representantes de los Estados, personas independientes de las entidades financieras y dependientes de los Gobiernos, con una actitud transigente. Pero hay un frente en que el cambio es sumamente urgente: el de las relaciones entre los Estados y, más concretamente, las relaciones entre Occidente y Oriente o Norte-Sur. La política internacional de Occidente con Bush ha sido catastrófica. Esa política nos ha llevado a la guerra de Iraq y Afganistán, que amena-za con extenderse a Irán, acercándonos a una tercera guerra mundial. Es estúpido pensar que Iraq puede ser un país "normalizado" mientras perdure la ocupación extranjera. Más absurdo es pensar que la ocupación de Afganistán va a ser posible. Históricamente en ese territorio fracasaron todos los intentos de someterlo y están fracasando los que siguen hoy en curso. El pretexto con que se consumó la operación fue la captura de Bin La-den. Pero éste continúa actuando libremente y no se conoce exactamente su paradero. Lo que se sabe es que los afganos odian cada vez más a los ocupantes y los salvajes bombardeos norteamericanos, con sus "daños colaterales", refuerzan y amplían la Resistencia. Acaban de morir dos españoles más allí. Y la pregunta: ¿qué hacen nuestros soldados allí?, carece de respuesta satisfactoria... La paz y la libertad de esos pueblos estaría asegurada si todos los millones que cuesta la guerra se dedicaran a ayudarlos de verdad a modernizar el país, a combatir la miseria y el atraso, no bombardeándoles y enviando soldados a invadirles, sino diplomáticos que, además, sería una manera de combatir eficazmente el terrorismo. El cambio tiene que ser también la marcha decidida hacia la supresión de las armas nucleares en todo el mundo. Mientras los Estados occidentales y orientales no lo hagan así, no tienen ningún derecho a impedir que Irán o cualquier otro país decida construir ésas. El cambio significa igualmente tomar en serio la política ecológica, trabajando efectivamente por la conservación del planeta. O el cambio va por ahí, o será un puro espejismo. Podemos cambiar el mundo si nos lo proponemos. ta elección de un hombre de color en los EE UU puede ser el comienzo de una Gran Revolución Cultural a nivel mundial. O puede reducirse a una ilusión. La izquierda tiene que levantar cabeza para impulsar esta ola de cambio. No será obra de un día, pero hay que ponerse a ella, con inteligencia, generosidad y amplitud de horizontes. • |
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