Nº 810
17/11/2008

Si Marx levantara la cabeza

A la vista de lo que estamos viendo uno piensa que Carlos Marx ha sido enterrado prematuramente. Si levantara la cabeza disfrutaría del éxito, al menos parcial, de sus profecías, del maravilloso espectáculo del caos financiero y de la apelación al Estado como ejército de salvación en los países más capitalistas de la Tierra. Le haría especial ilusión lo que está ocurriendo en Inglaterra, la patria de acogida de este judío alemán errante, donde sus restos descansan visitados por millones de turistas en el cementerio londinense de Highgate. Deslizaría su mirada irónica sobre este país, el de la revolución industrial, el del capitalismo sin límites ni piedad que él conoció, así como sobre las antiguas colonias americanas que, quién lo iba a decir, desplazaron a la Rubia Albión al museo de cera.

Marx y Engels iniciaban El Manifiesto Comunista advirtiendo: "Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo"; ahora tendrían que reconocer que es un espectro endeble que en países como China y Vietnam ha devenido en capitalismo de partido único y que en Cuba, el único que lo mantiene en toda su rigidez, ha mostrado su fracaso y la dependencia de un dirigente de edad avanzada y salud precaria. El fantasma del comunismo se desvanece pero ha aparecido otro, el de la nacionalización de la banca, que no procede del espíritu revolucionario de los parias de la tierra, sino de sus enemigos más encarnizados: los capitalistas sin cara ni patria que, para mayor escarnio, le han robado el concepto transformándolo en "socialismo financiero". 

El marxismo democrático europeo, en realidad el verdadero marxismo, pues el marxismo-leninismo y, sobre todo, el estalinismo fue una aberración, se tomó con calma la nacionalización de los medios de producción, pero no renunció al control público de la banca y de la energía hasta los tiempos modernos, los del paradigma de la privatización plena. Pero, mira por donde, la nacionalización de la banca ha vuelto a surgir cuando menos se esperaba y por razones que nadie pudo prever; y es que los economistas y los sociólogos sólo adivinan el pasado.

En España la nacionalización de la banca no sólo la reclamaba la izquierda –estaba en el programa del PSOE en el momento de su legalización–, sino también por los falangistas. De hecho la banca tembló temiendo que Suárez, imbuido de cierto radicalismo populista de inspiración joseantoniana, procediera a este expediente. Cuando llegó Felipe González sólo nacionalizó la red eléctrica de alta tensión y, en su última fase de Gobierno, privatizó parcialmente el único banco público, Argentaria, que procedía de la unión del Banco Exterior y de otros bancos de predominio estatal como el Hipotecario, el de Crédito Local, el Agrícola y el Industrial. En el ámbito público sólo quedó el Instituto de Crédito Oficial (ICO), la agencia financiera del Estado. Cuando gobernó Aznar concluyó el proceso iniciado por los socialistas privatizando plenamente Argentaria, a la que integró en el BBV.

La nacionalización de la banca fue excluida de los programas de la izquierda y de la agenda política y ahora, Zapatero, cuando algunos gobiernos vuelven a plantearla como contrapartida a la salvación de ciertas entidades, opta por ayudas incondicionales, avales y compras de activos, con admirable elegancia, evitando la grosería de vincularlas a que den crédito a los ciudadanos en lugar de destinarlo a sus deudas y dividendos. El caso del Santander es paradigmático: Emilio Botín, para quien hablar de nacionalización es como mentar la soga en la casa del ahorcado, se cura en salud con una ampliación de capital de 7.200 millones de euros. Es una reacción coherente.

Si Carlos Marx levantara la cabeza se felicitaría del acierto de su análisis sobre la dinámica del capitalismo globalizado y engordaría su ego por su nueva popularidad, tal como muestra una encuesta de la BBC en la que fue seleccionado como el mejor filósofo  de todos los tiempos por encima de Aristóteles, Descartes, Kant, Confucio y compañía. Sin embargo, se moriría de vergüenza al contemplar cómo China es el paraíso de los mayores capitalistas, cómo apuntala el capitalismo global, cómo sus proletarios sufren como los camaradas del capitalismo manchesteriano y cómo en el país más ortodoxo, Cuba, el Estado expropia sin pudor la plusvalía de sus trabajadores, un concepto éste de la plusvalía que acuñara Marx para evidenciar la explotación capitalista.

Yo me quito el sombrero ante este formidable pensador que ha recobrado vigencia como profundo analista de las leyes del capitalismo pero, sobre todo, me quedo con su apelación a la acción: “Hasta ahora –sostenía– los filósofos sólo han interpretado el mundo de diversas formas. De lo que se trata es de cambiarlo”. Evidentemente, la solución no está en el comunismo pero sí en un mejor equilibrio entre el Estado y los negocios.  

José García Abad


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