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Nº
809 - 10 de noviembre de 2008 |
La ‘era Obama’ comenzará oficialmente el 20 de enero Elegido por la historia “El cambio ha llegado a América”, anuncia el nuevo presidente electo, que barre a su oponente John McCain y entra en la historia al convertirse en el primer presidente negro del país. Un júbilo sin precedentes se desata en las principales ciudades del país. Por Eloy Parra (Washington) El 4 de noviembre de 2008 marca un antes y un después en la historia de los Estados Unidos. Con datos aún por confirmar definitivamente, Barack Obama se impuso en la elección presidencial con 349 delegados superando con creces los 270 que le aseguraban la victoria. McCain se quedó en 162. En el voto popular los demócratas también vencieron con una ventaja de más de siete millones de votos, un abismo que se debe en parte al éxito de Obama entre los nuevos votantes y que representa un vuelco radical si se recuerda que Bush aventajó a Kerry con tres millones de margen. El triunfo de Obama supone también un descalabro de elefante para el Partido Republicano, en el que se prevén transformaciones de calado que les sitúen en condiciones de luchar por la presidencia en 2012. Desde Wisconsin, el congresista republicano Paul Ryan declaraba que su partido habrá de volver a ser el partido reformista encarnado por Ronald Reagan, y teme que en los años de gobierno demócrata se dé “una europeización de Estados Unidos” en referencia al modelo de convivencia de corte social que se avecina con Obama. Esta arrolladora victoria se produjo también gracias a una participación récord –al menos 120 millones de ciudadanos acudieron a las urnas– y a las conquistas electorales de Virginia (primera vez desde 1964), Florida, Ohio, Nuevo México y Nevada, territorios donde Bush se impuso en 2004. Un analista de la cadena CNN veía en este giro de 180 grados la “flexibilidad del pueblo americano para aprender de sus propios errores”. Desde Phoenix John McCain demostró elegancia en la derrota y declaró su respeto al ganador por su “habilidad y perseverancia”. McCain pasa a formar parte de la lista de ex combatientes que han visto truncada su ambición de alcanzar la presidencia, con Bob Dole y John Kerry como ejemplos más recientes. En una campaña sin precedentes en lo que se refiere a expectación levantada a escala mundial, tanto Obama como McCain han desafiado el statu quo dentro de sus propios partidos, y tuvieron que ganarse la confianza de sus compañeros batiéndose con los barones de los respectivos partidos, como el poderoso binomio Clinton, en el caso de Obama, o del adinerado Mitt Romney, en el de McCain. La principal clave de su victoria hay que buscarla en su mensaje de cambio que con gran fuerza ha calado entre la población. Esta consigna ha encontrado campo fértil en los millones de ciudadanos contrarios a la gestión del aún presidente George W. Bush, entre los más impopulares de la historia según muestran diversas encuestas. Obama ha recibido un apoyo masivo de demócratas, de la clase media de ideología moderada y, sin duda, de las familias más amenazadas por la crisis económica. Además, su discurso –extremadamente emotivo, integrador, casi espiritual, reminiscente del que dio fama mundial a Martin Luther King– ha dado voz a numerosas minorías que se han identificado con su idea de convivencia pacífica y constructiva. Esta extensa lista de minorías incluye a la comunidad negra, latina, asiática, pacifista, gay o ambientalista, entre muchas otras. Considerado por los medios y por gran parte de la sociedad como una figura cercana y sensible a los problemas de los más necesitados, durante su campaña Obama ha redefinido el concepto de sueño americano, recuperando una filosofía de “manos a la obra” y de espíritu unificador que recuerda a la visión de Franklin D. Roosevelt en los años 30 y 40. Su compromiso por cambiar el país, y la serenidad mostrada en estos meses de descalabro financiero acabaron de convencer al electorado indeciso. Según el editorial de The New York Times del día 5, “Obama ha ganado porque ha visto dónde estaba equivocado el país: en el absoluto fracaso del gobierno de proteger a sus ciudadanos.” Resulta evidente que la sociedad norteamericana ha reaccionado con la elección de Obama a la política de Bush de ignorar las necesidades de la mayoría y de gobernar para unos pocos. De las apuestas de 2000 y 2004 a favor de un gobierno light en casa, y heavy en el exterior - y multiplicador de diferencias económicas - se pasa con este vuelco a una administración intervencionista que promete llevar a cabo profundos cambios estructurales. Celebración de color. La victoria de Obama tiene una importancia sin precedentes para la población negra del país. Una voluntaria de la campaña demócrata en Washington DC comentaba que “ya ningún profesor de enseñanza elemental verá diferencia entre los sueños que podrá perseguir un alumno negro y uno blanco”. Así, cae la histórica barrera racial que divide al país desde su fundación e, indirectamente, la población negra logra ganarse el respeto de una sociedad que hasta hace 45 años le negaba la igualdad de derechos. El propio Obama narraba en su discurso de victoria el caso de Ann Nixon Cooper, una anciana de 106 años que el día 4 votó en Atlanta. En su siglo largo de vida, esta señora ha visto los progresos de una sociedad que le prohibía votar por doble motivo: por ser mujer y por ser negra. La primera barrera cayó con el sufragio para las mujeres en 1920, la segunda, en 1964 al aprobarse la ley que acababa con la discriminación institucionalizada hacia la población de color. En 1902 lo acontecido esta semana cabía en la mente de muy pocos, y con mucha imaginación. Las noticias que llegaban de Florida al caer la noche en la costa este de EEUU auguraban una noche favorable a las aspiraciones demócratas. Un par de horas más tarde, la holgada victoria en Ohio sugería con casi total certeza que Obama sería presidente, ya que jamás un republicano alcanzó la presidencia sin la victoria en este estado, considerado un barómetro bastante exacto de las preferencias políticas del país. La mayor fiesta se vivió en Chicago, donde Obama realizó su primer discurso como presidente electo. Centenares de miles de personas abarrotaron el parque Grant para recibir a quien será el nuevo emblema de EE UU en el mundo. Allí, Obama declaró: “Éste es nuestro momento para ponernos a trabajar de nuevo, para restaurar la prosperidad, promover la paz y para recuperar el sueño americano. Aunque esta noche estemos de celebración, sabemos que a partir de mañana los desafíos que tendremos son los más grandes de nuestras vidas: dos guerras, un país en peligro, la peor crisis financiera del último siglo, escuelas por construir y alianzas que reparar.” Mientras, en la iglesia Ebenezer de Atlanta, cuyas paredes albergaron innumerables discursos de Martin Luther King en los años 50 y 60, la fiesta duró hasta bien entrada la madrugada. En este templo, símbolo de la lucha por los derechos civiles, la victoria traspasó lo meramente político y alcanzó la categoría de justicia histórica hecha realidad. La elección de Obama marca un cambio de rumbo en la política estadounidense y sirve para equilibrar el dominio de los republicanos en los últimos 28 años –Reagan, Bush padre y Bush hijo–, con la única excepción de Bill Clinton entre 1992 y 2000 . Principales retos. El mayor desafío de Obama, además de la urgente necesidad de aportar propuestas a la crisis económica y de reestablecer el liderazgo americano en el mundo, será el de rebajar las enormes expectativas que se han creado en torno a su persona. A sus 47 años se ha convertido en un auténtico icono del cambio y es percibido por muchos sectores de la sociedad como un redentor de los males que asolan al país. Todo el trabajo efectuado por su equipo de campaña para enaltecer sus virtudes y su persona requerirán de unas cuantas líneas de letra pequeña ahora que es presidente. De lo contrario, la decepción podrá apoderarse de los millones de almas que ven en él un salvador del planeta, una imagen que él mismo ha contribuido a crear al prometer que cambiará el país y el mundo. En su discurso de Chicago apeló a los americanos a unirse en la tarea de reconstruir la nación. Los problemas del país, señaló, no se solucionarán “sin un nuevo espíritu de servicio y de sacrificio” por parte de todos. “Habrá reveses y falsos comienzos”, añadió Obama. “Habrá muchos que no estarán de acuerdo con las decisiones que tome como presidente, y sabemos que un gobierno no puede solucionar todos los problemas, pero seré honesto con vosotros sobre los retos que afrontemos.” Pero el presidente poeta, como ya le conocen algunos, no es sólo retórica. Para Ryan Lizza, de la revista The New Yorker, “con su mensaje de esperanza Obama ha logrado confundir a muchos, cuando en realidad es una mano de hierro en guante de terciopelo.” El largo camino de Hawai a Washington “Mi historia solamente es posible en los Estados Unidos de América”, ha dicho Barack Obama. El comienzo de esa historia es la de un hombre nacido en Hawai, hijo de un keniata y una mujer de Kansas, que pasó su infancia en EEUU y en Indonesia. Un ciudadano del mundo que sería criado por sus abuelos y educado, a golpe de beca y talento, en las prestigiosas universidades de Columbia y Harvard. Ya en esta última marcó un hito en la historia de la institución al convertirse en el primer editor negro de la revista de la Universidad. Un logro que mostraba su intención de alcanzar metas mucho más altas. Un “sí quiero” de Obama a cualquier firma de prestigio de Nueva York le habría bastado para hacerse rico en poco tiempo. Pero sus intereses iban por otro lado. Quería ayudar a las comunidades desfavorecidas a encontrar su lugar, voz y voto en la competitiva sociedad norteamericana. Y se fue al sur Chicago, donde la vida no es fácil para sus habitantes. Sus méritos como coordinador de programas sociales serían conocidos pronto en la “ciudad del viento”, como se conoce a la capital de Illinois. Su salto a la política local no tardó en llegar. Y los éxitos tampoco. No obstante, Obama tuvo que trabajarse, paso a paso, a cada segmento de ese rompecabezas demográfico que compone la sociedad estadounidense. Empezando por la propia población negra. En 2000, la pregunta que circulaba a orillas del lago Michigan era si este abogado de color “era suficientemente negro para ganarse el voto negro” de los ciudadanos de Chicago. Y en aquellas fechas la respuesta fue no, a juzgar por su derrota en su carrera hacia el congreso frente al candidato, también negro, Bobby Rush. Para muchos de sus vecinos y votantes en potencia, Obama era considerado “un hombre blanco de cara negra”. Sus títulos universitarios y su retórica elaborada hacían desconfiar a la población negra local, que cambiaría de idea en 2004 y sería clave para llevarle al Senado del país. Hoy, tras su fulminante paso por el senado americano, es el idolatrado nuevo presidente del país. Conciliador, dinámico, y de contrastada capacidad intelectual, Obama no está dejando huella solamente entre los ciudadanos de su país. En su visita a Europa el verano pasado fue recibido como una auténtica estrella. Desde Kenia hasta el Vaticano, los líderes del mundo hacen cola para hacerse la foto con el nuevo presidente. Primero, la crisis Por E. P. (Washington) La actual crisis financiera no da señales de ir a remitir pronto. Tampoco en EE UU. El nuevo presidente llega a la Casa Blanca en un momento de incertidumbre mundial sobre el destino de la economía. Tanto mercados como consumidores fijan su mirada en Obama y en las propuestas que de su mano puedan relanzar la economía nacional y global. En su libro La audacia de la esperanza, Obama escribe que “la historia americana nos da la seguridad de no tener que elegir entre una economía opresiva conducida por el gobierno y un capitalismo caótico que no perdona.” Al firmar estas líneas en 2006, el senador de Illinois no imaginaba que su estreno como presidente estaría tan condicionado por este último y preocupante escenario. La actualidad económica manda, con especial urgencia cuando la llegada de la recesión parece inminente. Las justificadas ansias de la sociedad estadounidense por encontrar soluciones a la crisis obligan a Barack Obama a tomar medidas económicas de carácter inmediato. Aunque su mandato no comenzará hasta el 20 de enero de 2009, Obama creará en estos dos meses de interregno un gabinete temporal y trabajará con Bush para coordinar esta transición. Aunque el aún presidente le deja en herencia unas arcas del Estado raquíticas por las dos guerras en curso, la agenda que ambos compartirán estos dos meses estará copada por las prioridades económicas. Además, Obama entra en escena en un momento en que el PIB americano ha bajado un 0,3% en el tercer trimestre del año y con la confianza de los consumidores en clara línea descendente. Las reuniones de Washington del día 15 deberán indicar la dirección que tomarán los gobiernos del G-20. A día de hoy, los mercados extranjeros cometerán un error si confían en la proyección internacional mostrada por Obama a lo largo de su campaña. Difícilmente pueda sacar el nuevo presidente una receta mágica de su laboratorio de expertos, ya que sus primeras medidas de choque miran claramente hacia una reestabilización de la economía nacional y de la clase trabajadora americana. Sólo con tiempo y combinando sinergias lograrán tener sus primeras medidas un efecto directo beneficioso sobre las economías de la aldea global. Lo cierto es que tendrá espacio para legislar sin prácticamente oposición. Mark Corallo, estratega del Partido Republicano, expresaba en CNN su acuerdo con la necesidad de una clara victoria por parte de uno de los dos partidos. “El país claramente necesitaba una victoria clara, que permita legislar y avanzar juntos como nación. Ha sido una victoria pacífica y recibida con buena voluntad por ambas partes.” Una victoria justa, cuestionada, o ensombrecida por las sospechas –como la acontecida en 2000 con la polémica victoria republicana en Florida– habría dificultado la toma de decisiones, ahora un aspecto crucial para revitalizar la economía del país. Obama ha dejado claras sus prioridades en materia de inversión económica: “Las inversiones que pueden hacer a América más competitiva en la economía global son las que se hagan en educación, ciencia, tecnología y en independencia energética”. Para Sharon Lockwood, antigua profesora de Economía en la American University de Washington, “el país necesita un plan de rescate como el que hizo Franklin D. Roosevelt tras la Gran Depresión. El hecho de tener no sólo a Obama como presidente, sino al congreso y senado con una amplia mayoría demócrata hará posible este cambio de dimensiones titánicas.” Sobre el efecto que la elección de Obama pueda tener en el ámbito internacional, Lockwood no tiene dudas: “Su llegada ha tenido una acogida muy positiva, como ya se vio en su visita a Europa en verano, y dará confianza al mundo y a los mercados.” Una preocupación existente entre los dos principales socios comerciales del país llega desde México y Canadá. La opinión de Obama y Biden, apoyados por los principales sindicatos del país, es que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), vigente desde 1994 con estos dos países, dejó en desventaja a los trabajadores estadounidenses, y han prometido revisar el acuerdo para nivelar lo que consideran un tratado desigual. Esta propuesta –a la que en el Partido Demócrata evita etiquetar de proteccionista, por el tono negativo que el concepto ha adquirido, especialmente en la era de la globalización– no sería la primera que Obama apoyase en esta línea. En 2007, como senador de Illinois, propuso una ley que ofrecía recortes de impuestos a aquellas compañías que mantuvieran o incrementaran en Estados Unidos el número de empleados a tiempo completo, que fijaran su sede en el país y que dieran seguro médico y pensión a sus trabajadores. Por otro lado, se comenta que los demócratas no dejarán salir indemnes a los culpables directos de la crisis financiera, según recoge en su artículo la columnista de Financial Times, Christya Freeland. “En palabras de un destacado abogado de Wall Street”, escribe, “la crisis incluirá juicios al estilo del caso Enron, y algunos banqueros saben que irán a la cárcel.” La gente de a pie también reclama algún tipo de justicia que repercuta positivamente en los trabajadores y que al mismo tiempo restaure la maltrecha fama del país. Un militar retirado de San Diego comentaba estos días que “Obama subirá los impuestos a los codiciosos de la grandes empresas y de Wall Street. Está listo para hacerlo y servirá para pagar la deuda que este país tiene con China. Si no saldamos nuestras cuentas con el mundo este país nunca volverá a ser el mismo.” Tras ocho años de espaldas a las opiniones ajenas, la mayoría de los americanos se muestra sensible con la imagen proyectada hacia el resto del mundo. La llave del Tesoro. La pregunta sobre quién formará el equipo económico de Obama tiene seguramente respuesta, pero sólo él y sus colaboradores más cercanos parecen saberla. Si algo ha caracterizado a la campaña de Obama –además de la gran organización con la que ésta se ha llevado a cabo– es la ausencia de filtraciones de información a los medios de comunicación. Pese al guiño lanzado durante la campaña al actual secretario del Tesoro, Henry Paulson, la rumorología del momento apunta que el nombre del próximo secretario del Tesoro saldrá del cuarteto formado por Larry Summers, Robert Rubin, Timothy Geithner y Paul Volcker. Las promesas económicas El nuevo presidente no se ha quedado corto en promesas sobre las medidas económicas que llevará a cabo al comenzar su mandato. Sin embargo, las debilitadas arcas del Estado podrían llevarlo a retrasar o suprimir algunas de las muchas leyes que pretende introducir para reactivar la economía del país. Algunas de estas promesas electorales incluyen: Inyectar 50.000 millones de dólares a la economía con los que confía evitar perder un millón de puestos de trabajo. “Restaurar la justicia en la política fiscal dando a 150 millones de trabajadores la reducción de impuestos que necesitan”, según explica en su página web. Reconstruir la infraestructura nacional de transporte venida a menos y deficiente en muchos casos. Lo hará mediante la creación de una institución independiente –el Banco de Reinversión en Infraestructuras Nacionales– que recibirá 60 mil millones de dólares para construir autopistas, red ferroviaria, puertos y puentes, entre otros, en un plazo de 10 años. Su equipo estima que esta medida creará hasta dos millones de nuevos puestos de trabajo y estimulará la economía con más de 35.000 millones de dólares al año. Invertir 15.000 millones de dólares anuales en energías renovables con las que se esperan crear hasta cinco millones de empleos al año. Suprimir el impuesto de la renta a los ciudadanos ancianos con ingresos menores a los 50.000 dólares anuales. Crear una ley para aquellas familias que estén en serias dificultades económicas debido derivadas de deudas contraídas por gastos médicos. Como primera medida urgente, Obama ha prometido dar mil dólares a cada familia para hacer frente al incremento del precio del petróleo y gas. Para quien no acabe de creerlo, en su página web se ha puesto a disposición del usuario una calculadora para que las familias hagan sus cuentas y sepan cuánto ahorrarán en impuestos bajo su administración. Cambiar el mundo Por Pedro Antonio Navarro El recién elegido presidente de Estados Unidos ha confeccionado un discurso diferenciado acerca de las relaciones internacionales y del nuevo papel de su país, exponiendo en alguna ocasión una visión cercana al multilateralismo. Son conocidas sus posiciones con respecto a la Guerra de Iraq, su disposición al diálogo, sin condiciones previas, con los dirigentes de los países incluidos en ese Eje del mal inventado por la Administración Bush. Sin embargo, también persiste un tono abiertamente imperialista en su diseño para Afganistán –donde planea incrementar en 10.000 el número de sus tropas-. En todo caso, su elección ha sido recibida con alivio y esperanza en el resto del mundo y, especialmente, en Europa, donde ha despertado las expectativas de una recomposición de unas relaciones maltrechas por la posición crítica de muchas naciones del Viejo Continente hacia la invasión de Iraq. En la sede del PSOE de Ferraz y en el Gobierno español no ocultan su plena satisfacción con la aplastante victoria de Barack Obama en las recientes elecciones presidenciales en Estados Unidos. El candidato demócrata era la apuesta de toda la estructura socialista, como han puesto de manifiesto las numerosas declaraciones al respecto de varios pesos pesados de la dirección de esta organización, como su vicesecretario general, José Blanco, el cabeza de lista para las próximas elecciones europeas, Juan Fernando López Aguilar, o la responsable federal de las relaciones internacionales de esta formación, Elena Valenciano (ver el número anterior de El Siglo). La llegada de Obama a la Casa Blanca va a suponer, sin duda, una inmediata recomposición de las maltrechas relaciones diplomáticas entre nuestro país y la nación más poderosa del planeta. Ya en la recta final de la campaña electoral norteamericana, el ahora presidente reprochaba a su contrincante, el republicano John McCain, el no saber si estaba dispuesto a reunirse con el presidente del Gobierno español, un “aliado”, en un claro guiño a José Luis Rodríguez Zapatero. No en vano, ambos fueron de los pocos líderes políticos que ya se opusieron a la invasión de Iraq en 2002. La reacción del presidente español, sabedor del cambio positivo que esta elección representa para los intereses nacionales, no se hacía esperar, y llegaba en forma de mensaje claro y directo: “Estados Unidos cuenta con muchos aliados y con muchos amigos deseosos, como España, de trabajar juntos en las grandes cuestiones internacionales”, declaraba el pasado 5 de noviembre. Pero los resultados electorales norteamericanos no sólo supondrán un giro en las relaciones entre ambos países. El ya presidente electo llevaba tiempo anunciando que, en caso de alcanzar el triunfo introduciría cambios sustanciales en la política exterior de Estados Unidos. “Después de perder miles de vidas y de gastar miles de millones de dólares, muchos estadounidenses pueden estar tentados a concentrarse en sí mismos y ceder nuestro liderazgo en los asuntos mundiales. Pero este es un error que no debemos cometer. Estados Unidos no puede enfrentarse sólo a las amenazas de este siglo, y el mundo no puede enfrentarse a ellas sin Estados Unidos”, escribía Obama a finales del pasado mes de julio en la revista Foreign Affairs, abriendo la puerta a una suerte de multilateralidad, aunque sin renunciar, al menos formalmente, a la hegemonía de su nación en el planeta. Y proseguía: “Debemos liderar al mundo, con hechos y con ejemplos. Tal liderazgo exige que recurramos a la visión fundamental de Roosevelt, Truman y Kennedy, que es más verdadera ahora que nunca: la seguridad y bienestar de todos y cada uno de los estadounidenses depende de la seguridad y bienestar de quienes viven más allá de nuestras fronteras”. Las diferencias entre el programa exterior del flamante presidente y las políticas de su antecesor, George W. Bush, no se limitan a la invasión de Iraq. Barack Obama ha mostrado su disposición a un diálogo sin condiciones previas con los dirigentes de los países que mantienen contenciosos con Estados Unidos en estos momentos, incluidos aquéllos que los halcones de Washington habían incluido en su inventado Eje del Mal. El próximo inquilino de la Casa Blanca confirmaba su disposición a sentarse en una misma mesa con los mandatarios de Irán, Corea del Norte, Cuba o Venezuela, en lo que supondría un giro ostensible del modelo de relaciones exteriores estadounidense. Del mismo modo, nadie duda de que cumplirá –más pronto que tarde– con su compromiso de proceder al cierre definitivo del centro de detención ilegal que su país mantiene en la base militar que, contra toda norma legal internacional, y contra la voluntad del Gobierno de La Habana, Estados Unidos mantiene en la bahía cubana de Guantánamo. Sin embargo, existen elementos en las propuestas de política internacional del nuevo presidente que no se diferencian tanto de los desarrollados por sus predecesores. En cuanto al otro gran frente bélico que Washington mantiene abierto, Afganistán, Obama ya ha declarado su disposición a incrementar en unos 10.000 el número de sus efectivos militares desplegados en ese Estado asiático (actualmente ya combaten allí más de 36.000 soldados norteamericanos), y ya ha adelantado que pedirá a sus aliados en la zona –incluida España– que hagan lo mismo. Afganistán y Pakistán se convertirán, así, en el nuevo eje central del despliegue bélico estadounidense. El recién elegido presidente ha declarado en diversas ocasiones que es partidario de intervenir unilateralmente en territorio paquistaní, y sin contar con la aprobación de las autoridades de este país, al que considera la mayor zona de protección y abastecimiento de Al Qaeda. Durante la campaña electoral, Obama también manifestó su disposición a “eliminar” por cualquier medio a Osama Bin Laden. Con respecto a Irán, aunque ha quedado expresada la disposición a un diálogo directo, el hombre que regirá los destinos de la mayor potencia planetaria en los próximos cuatro años también ha dejado bien claro que “no podemos tolerar armas nucleares en las manos de naciones que apoyan al terror. Prevenir que Irán desarrolle armas nucleares es un interés vital de seguridad nacional de los Estados Unidos. Usaré todos los elementos del poder norteamericano para presionar al régimen de Irán, empezando con una diplomacia directa y agresiva, de principios, una diplomacia apoyada con sanciones fuertes y sin precondiciones…. la medida de cualquier iniciativa es si llevará a cambiar el comportamiento iraní. Haré todo lo que tenga en mi poder para impedir que Irán obtenga armas nucleares”. Tampoco parece que habrá muchas diferencias en la futura posición norteamericana en el eterno conflicto palestino-israelí, ya que el nuevo presidente no ha dejado de proclamar su “compromiso inquebrantable” con Israel. Sí habrá diferencias importantes en el diseño estratégico con respecto a Rusia (“colaboraremos con ese país en áreas de interés común”) y a China, a la que Obama desea integrar el nuevo diseño internacional, aceptando su condición de gran potencia económica y su inevitable papel preponderante, como ha admitido públicamente el próximo presidente norteamericano. Par ala mayoría de analistas, las relaciones con América Latina permanecerán en una posición secundaria, aunque con cambios importantes. Según Robert Matthews, experto de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FIDE), el nuevo mandatario se ha comprometido a establecer una relación con Latinoamérica “basada en el apoyo a las democracias, a la defensa de los Derechos Humanos y a la justicia social”, abandonando el “patrón estadounidense de apoyo a los regímenes que favorecen a sus propios intereses nacionales”. Un ejemplo: pese a que Obama se muestra partidario de mantener las inversiones multimillonarias del controvertido Plan Colombia, es el único dirigente mundial que ha enviado una carta al presidente colombiano, Álvaro Uribe, reprochándole su “vulneración de los Derechos Humanos”. |
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