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Nº 809 - 10 de noviembre de 2008


El libro: capeando la crisis

Por Mauro Armiño

Por si la fragilidad del libro, sobre cuya cabeza se ciernen cada día más amenazas, fuera poca, sobre él llega ahora, como sobre todo, la tan famosa crisis, que unos ven suavizada en esa palabra común a todo género, países y mercancías, y a otros les parece la hecatombe. Las amenazas empezaron hace menos de una década, pero con fuerza cada vez más intensa: el libro digital –la Academia no admite por ahora el término “numérico, y “digital” se aplica ya para todo– está minando la edición científica y los libros de ayuda –desde los diccionarios a las enciclopedias pasando por las guías de viaje o los libros de cocina–, y se multiplican las pantallas de lectura, las diversas modalidades que el “libro” puede tener ahora; como estamos hablando de una mercancía, también hay que apreciar el impacto de la aparición en el mercado de una competencia temible para los editores: han entrado en la cadena del libro actores ajenos a ella, como lo eran hasta ahora los operadores de telecomunicaciones: el ejemplo más claro lo ofrece el enorme crecimiento anual de la librería en línea Amazon. Añádase, para un sector amplio de libros –de los literarios, los clásicos, por ejemplo–, los planes de Microsoft, de Google, etc., de poner en práctica el sueño de la Biblioteca de Alejandría: todos los libros en la Red. Nada más ser nombrada ministra de Cultura de Francia el año pasado, Christine Albanel fue visitada por los gigantes de la comunicación para plantear unos planes que parecen seguir adelante. ¿Se dignarán hablar esos gigantes con nuestra provincia?

Crisis, pero menos. Para el sector de la edición, la crisis está ahí, no ha llegado, pero se la espera; mejor dicho, el sector contiene el aliento para ver cómo se desarrollan los acontecimientos de aquí hasta el final de la campaña de Navidad para apreciar la fuerza del tsunami. El libro es, en tiempos de desolación, un gasto prescindible, “más que el café o el tabaco”, dice Antonio Mª Ávila, director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España. “Sabemos por experiencia que el libro no cae ni crece de forma drástica; las cuentas de la edición en abril y mayo eran razonables; y por lo que sé, en septiembre las ventas son las del año pasado; en los datos de la feria del Liber el mes pasado no se aprecian descensos; quizá algo el mercado exterior destinado a América; hasta el 30 de septiembre las ventas habían bajado un 2 por ciento respecto al mismo mes del año pasado; hacia Europa sólo ha decrecido la exportación de fascículos en idioma de los distintos países, pero es que en 2007 su crecimiento había sido enorme”.

Más optimista es la opinión de Rogelio Blanco, director general del Libro: “De momento no nos sentimos muy afectados por la crisis; de cualquier modo, la palabra crisis es casi connatural a la cultura; y el libro tiene una gran flexibilidad para adaptarse a las situaciones. Quizá en el futuro inmediato lleguen algunos coletazos, pero por ahora no pasa nada; las cuentas del Liber de este año han sido iguales que las del año pasado, que fue un récord”.

Sin embargo, el ambiente de la Feria Internacional de Fráncfort, que tuvo lugar del 15 al 19 de octubre, era de inquietud; las ventas habían sufrido en todos los países de Occidente un ligero descenso, una leve erosión, no giros radicales o traumáticos: en Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido o Italia, la morosidad que hace estragos en otro tipo de empresas aún no ha alcanzado a las librerías. En Europa, en las grandes superficies o librerías clave la venta va cayendo poco a poco, muy lentamente, y sólo crece la venta en línea, que hoy representa entre el 5 por ciento y el 6 por ciento del mercado: ha aumentado un 12 por ciento con el gigante mundial Amazon a la cabeza.

Tampoco las editoriales han visto recortado de manera drástica, como en otras industrias, su cifra de negocios. Dos editoriales pequeñas, pero de prestigio, como son Siruela y Valdemar, barruntan algún trueno todavía lejano mientras empieza a lloviznar: “La crisis está llegando más tarde que en otros sectores –dice Ofelia Grande, directora de la Editorial Siruela–; si durante el primer semestre las ventas habían ido razonablemente bien, a partir de verano se ha producido un leve cambio: los distribuidores son más cautos, miran más el precio; lo mismo que los libreros: en cuanto el precio de un libro pasa de los 22 euros empieza a venderse menos; nosotros, como editorial también hemos adoptado alguna medida de cautela: somos más prudentes con las reediciones, hemos bajado la tirada, muy poco, pero la hemos bajado: si antes tirábamos 3.000 ejemplares de un libro, ahora tiramos 2.800.”

La campaña de Navidad: prueba de fuego. Para José Luis González Caballero, de la Editorial Valdemar, la crisis aún no se ha notado. “A nosotros no nos afecta, en principio, porque nuestros libros van dirigidos a un público minoritario que tiene la lectura como hábito adquirido y no lee a golpe de influencias mediáticas, premios, etc.; se localiza, mayoritariamente, entre adeptos a géneros concretos, como misterio, terror y alta literatura. Quizá afecte más a los best-sellers.” Al parecer, serán las editoriales especializadas las que salgan mejor paradas, porque para su público el libro es una necesidad pongamos que laboral: estudiantes, profesores, etc., o una afición, como la de los adictos al terror, irremediable.

Para todos, editoriales, y libreros, la prueba de fuego será la campaña de Navidad, período que, junto con la Feria del Libro, aporta a las editoriales el necesario respiro; en esos dos momentos puntuales, las ventas alcanzan casi el 75 por ciento de las ventas de todo el año. La perspectiva más directa la tienen, desde luego, las librerías, que mantienen el contacto inmediato con los lectores y perciben los signos por las vueltas y preguntas sobre el precio que hacen los clientes. Son los más afectados, porque esta crisis se suma a otra particular de las librerías en España. Un estudio preparado por la firma BCF Consultors, y aparecido durante la pasada Feria del libro de junio, habla de “cierta tendencia de decrecimiento / estancamiento del promedio de las ventas anuales en libros de las librerías en el período comprendido entre 2002 y 2006”. Y ese estancamiento se ha producido pese a haber entrado en vigor la ley del precio único para el libro; no gusta ese precio a las grandes superficies, para las que el libro es una mercancía como las cebollas o las patatas; no citaremos para no molestar frases sublimes que en su momento se dijeron entre nuestros indígenas; este mismo año se han repetido sus argumentos en la vecina Francia, cuando los conservadores trataron de modificar los plazos del libro único, que en Francia es de dos años; al principal accionista de una red de hipermercados, Edouard Leclerc le parecía la ley una medida corporativista que no iba en la dirección tan correcta y tan neoliberal como lo que pretendía un diputado sarkozyano: “Poder vender a mitad de precio todos esos libros evitaría que cada año hubiera que destruir 100 millones de ejemplares”; no parece que a ese diputado, Jean Dionis, padre de la frase, le gustara demasiado la respuesta de la directora de la editorial Flammarion, Teresa Cremisi: “Una tontería digna de alguien que se ha escapado de un manicomio”.

Salvar las librerías. También entre nosotros el Partido Popular barajó, cuando estuvo en el poder, esa medida de liberalización del precio del libro; por suerte no la sacaron adelante; por suerte sobre todo y de forma más directa para los libreros, porque en los países donde impera ha supuesto una hecatombe; en Estados Unidos, las 300 buenas librerías existentes en los años cincuenta, se han visto reducidas a 30, arrasadas por la competencia de las grandes superficies, librerías de ferrocarril, etc., según el editor André Schiffrin. Las grandes superficies han intentado entre nosotros convertir el libro en vale de regalo, con descuentos relacionados con la compra de otros productos; tampoco ha salido adelante, aunque hay puntos en que los libros de texto están sirviendo de martingala comercial.

Esas librerías, grandes y pequeñas –para merecer ese título han de tener un 8 por ciento de su superficie dedicado al libro–, son las que más están percibiendo la crisis en el día a día. Isabel Romojaro, de la librería internacional Pasajes, sí ha observado el retraimiento de las ventas, “pero sólo en el libro español. Somos una librería especializada, con secciones de inglés, francés y alemán; y en esas secciones no hemos notado nada; sí en el libro no especializado, para entendernos, el libro español del lector medio”.

Cuando el cliente entra, mira más el precio de los libros; la edición española ha mantenido el libro de bolsillo, pero lo ha hecho en estos dos últimos algo mayor de tamaño; si antes era el bolsillo de la chaqueta la medida de los libros, ahora lo es el bolsillo del abrigo; se animaron a ello en un momento en que las cosas parecía ir de rama en rama, por las alturas, ya que el formato mayor, aunque fuera muy poco mayor, permitía subir el precio del ejemplar y acercarlo al del formato habitual; el gran formato hoy se vende cada vez peor y todos los sectores implicados, desde editores a libreros, han apreciado una vuelta al libro de bolsillo; la tendencia del comprador medio tiende a creer excesivo un precio que supere, por ejemplo, esos 22 euros de que nos hablaba Ofelia Grande, de Editorial Siruela, porque, empezando por la distribución, “a un precio de 22 euros los distribuidores y libreros son más cautos”. Y si estos dos grupos que toman directamente el pulso de la calle se retraen, eso quiere decir que las ventas están erosionando; no mucho, porque como también declara Antonio Mª Ávila, es un sector que “cuando las cosas van bien no sube de manera enorme, y cuando van mal, baja, pero también poco”, con tendencia a estabilizarse en una horquilla de menos de un cinco por ciento arriba o abajo. 

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