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Nº 809
10/11/2008

¿Manos mojadas de agua bendita?

por Enric Sopena*

El 18 de julio de 1937, un año después del llamado Alzamiento Nacional, el ABC de Sevilla publicaba una entrevista de Juan Ignacio Luca de Tena, marqués de Luca de Tena —director entonces del periódico monárquico por excelencia—, con el general Franco. Esa entrevista se puede leer en el libro El rey de los rojos, escrito en 1996 por Rafael Borrás, en el que el autor desenmascara la leyenda de que Don Juan de Borbón fuera un acérrimo antifranquista. Ubica al padre de Juan Carlos I más bien en el oportunismo propio de cada coyuntura.
Luca de Tena fue el impulsor, auxiliado por su corresponsal en Londres, Luis Bolín, de alquilar la avioneta Dragon Rapide. La operación fue financiada por el financiero/filibustero Juan March, al que le costó 2.000 libras esterlinas, una fortuna para la época. Se trataba de trasladar sin sospechas a Franco desde Tenerife —donde se encontraba como máxima autoridad militar de Canarias— hasta Marruecos para desde allí encabezar el golpe de Estado.

Luca de Tena, pues, era un acreditado monárquico, que gozaba de una gran confianza por parte de Franco y del entorno del dictador. Le inquirió al jefe de los sublevados: "Mi general, ante la posibilidad de restaurar en España un régimen secular que afirme la unidad y la grandeza de la patria, he de preguntarle si encierra una promesa, lo que muchos ansían". Obviamente, Luca de Tena se estaba refiriendo a la restauración de la monarquía.

Franco le contestó con estas palabras: "He hablado, en efecto, de una posibilidad. Esa posibilidad habrá de estar sujeta a las circunstancias del momento y al ambiente. Sobre este tema, mis preferencias son conocidas [Franco era un declarado monárquico]. Si el momento de la restauración llegara, el nuevo Estado tendráque ser muy distinto al que cayó el 14 de abril de 1931".

Puede afirmarse, por tanto, que Franco en plena Guerra Civil ya pensaba que España tendría que regresar a una monarquía. Pero, atención, esa monarquía no tendría que ser en absoluto de carácter digamos liberal, como lo fuera en cierto modo la regentada por Alfonso XIII y que desembocó en la II República. Naturalmente, el general faccioso soñaba con una monarquía absolutista, en las antípodas de una Constitución y del parlamentarismo. Estaba el Caudillo mucho más cerca de la monarquía de Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto, que de la moderna monarquía británica.

Viene a cuento este episodio para recordar que cuando, en 1969, Franco designó a Juan Carlos I sucesor suyo a título de rey lo hizo —que nadie se llame a engaño— aplicando su modelo de monarquía feudal en el mejor de los supuestos. Ocurrió que el heredero del dictador se dio cuenta de que la vía franquista hacia la restauración de la Corona no conducía a ninguna parte. O, peor aún, conducía al desastre. Cambió de carril y se convirtió en un rey constitucional de un régimen parlamentario.

¿Qué esta ocurriendo aquí para que de pronto la reina —más o menos instrumentalizada por su camarilla y probablemente o no por su periodista de cámara? haya quebrado su tradicional mutismo y se haya puesto a hablar de temas y cuestiones políticamente polémicas? ¿Cómo se entiende que doña Sofía se haya trasmutado de forma súbita? ¿Quién o quiénes están jugando a desestabilizar la Corona? ¿Qué manos, al parecer mojadas de agua bendita, se dedican a mecer la cuna de la convulsión? A río revuelto, ganancia de pescadores. •

*Director de El Plural

 
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